INMÓVIL
Por un instante fue consciente del loco latir en su pecho. Allí había alguien más. Pegado a su silla, pegado a su espalda, había algo invitándole a girarse y, al mismo tiempo, obligándole a permanecer imperturbable, por más que pensase que el corazón se le saldría del pecho de un momento a otro.
Miedo. Terror. Pavor.
Sabía que en casa no podía haber nadie más. Hacía al menos media hora que los otros se habían largado a una fiesta de disfraces. No le apetecía sumarse a la fantasmada de vampiros beodos y brujas con piercings en vez de verrugas. No, aquello no le llamaba lo más mínimo. Por eso había preferido quedarse en casa navegando por la red, actualizando su blog personal y, con suerte, chateando con algún que otro conocido.
No había nadie en el piso, pero algo se le acercaba cada vez más. Una gota de sudor logró, por un brevísimo segundo, abstraerle de lo desesperante de su situación y transportarle hasta la calidez de la playa en que pasó las dos últimas semanas de agosto. "¡Hay alguien aquí!", volvió a gritarle, en medio del atronador silencio, la misma gota, serpenteando ya sobre su mejilla izquierda.
"¡No es posible! ¡Tienen que ser imaginaciones mías!", pensó. Y un océano de imágenes volvió a tronar por su asustada mente:
El vaso llenándose bajo el grifo... Los típicos grititos de Olga, con ganas de juerga... Raúl volviendo a recordarle a todas que se diesen prisa, que ya era tarde... Demasiado cloro..."Que no, en serio, que prefiero quedarme. Si eso, luego me pego un salto hasta allí"...El dulzón aroma a gardenias de la colonia de Ana alejándose por la acera...Los niños del vecino, tirando petardos a diestro y siniestro...El click del interruptor de la luz de su cuarto, al apagarlo para obtener la intimidad que tanto le gustaba.

Y de pronto, sin más, esa presencia. Ese algo que se arrastraba a su espalda. Este roce inaudible pero concreto que se le iba acercando desde la otra punta del dormitorio. Tras suyo. A su espalda, algo o alguien se agitaba. Como en la más patética película de terror que hubiese visto era incapaz de mover ni un sólo músculo y mucho menos se sentía capaz de gritar.
Pavor. Terror. Miedo.
Y aquello, fuera lo que fuera, estaba allí. Aquello existía. Aquello vivía tras él.
Miró su antebrazo. El vello estaba de punta y la carne de gallina. Miró el reloj del monitor. Faltaban 18 minutos para la medianoche. Miró la cortina. Ningún movimiento. ¡Qué lejos quedaba ahora el maldito interruptor de la luz!
"¡Se acerca! No tiene prisa. ¡Sabe que sé que está ahí! ¡Aquí! ¡Conmigo! ¡Pegado a mí!"...Se dio cuenta de que sus ojos se abrían más y más, aterrorizados, cuando lo que más deseaba era cerrarlos para no ver nada, para no sentir nada, para creer que no escucharía nada.
Pero ahí estaba. ¡Claro que estaba! Tras suyo. A su espalda.
Aquello se acercaba despacio, muy despacio. No tenía prisa. Aquello difrutaba oliendo el pavor que se manifestaba en el huésped del pequeño habitáculo frente al abeto.
¡Cuántas veces le había espiado entre las sombras, agazapado en la oscuridad, oculto entre la negritud de la noche, esperando el momento adecuado! Y ahora le tenía ahí, aquí, al lado. ¡Cómo le enajenaba de placer el horror sentido por aquel joven!
Sudor. Terror. Desesperación.
¡Dios mío, se está poniendo de pie! ¡Le noto! ¡Oigo como se endereza! ¡Está pegado a mí respaldo! ¡Me va a tocar! ¿Me va a matar? ¡Quiero gritar! ¡Ayuda! ¡Socorro! ¡Dios mío, tengo que salir corriendo! ¡No puedo! ¡Mierda! ¡No puedo moverme!
¡Inmóvil!...Fue lo último que pasó por su mente antes de ver cómo su propia sangre inundaba de gotas la parpadeante pantalla del monitor.
Con todo mi cariño, para todos vosotros mis lectores, amigos, conocidos y seguidores...













TERESA santomil gonzalez dijo
muy bonito,, un saludo
31 Octubre 2009 | 08:40 PM