MIS ARTÍCULOS AJENOS: "CLAUSURA SIN CENSURA"
Hoy os traigo la calma, el recogimiento, la meditación, el corazón, la fuerza, el silencio, la fe, el amor y la entrega que se esconden tras -y entre- las líneas de este artículo.
Porque, aunque no se trate de mi conventito, aunque no sea éste el convento de mis amores, sí que es vecino de aquel donde no descartaría pasar mi vida, si hubiese optado por caminar distintos senderos de los que hoy ando.
Espero que las palabras de aquí abajo os hagan descubrir que, tras los altos muros de los ancianos conventos, no se esconde nadie, ni se halla otra cosa, que no sean personas libres, como tú o como yo. Personas felices, luchadoras y alegres por haber decidido, un día, tomar una determinada ruta vital.

Clausura sin censura
La Laguna acoge desde hace cinco siglos a la orden de las clarisas, que han ido adaptándose a avances como Internet y superando crisis económicas y vocacionales
Las monjas clarisas llegaron a La Laguna a finales del siglo XVI, y desde entonces continúan realizando su labor.
José Luis Cámara-Santa Cruz de Tenerife
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La sociedad avanza a pasos agigantados; el tiempo devora segundos y minutos sin que podamos darnos cuenta, y el progreso se abre camino de manera irremediable. Sin embargo, en medio de toda esta vorágine aún hay personas que, amparadas en su fe y su devoción, miran al mundo desde la distancia, velando continuamente por él. Son las monjas de clausura, como las hermanas Clarisas, que suman ya más de cinco siglos asentadas en el municipio de La Laguna.
No en vano, las primeras clarisas llegaron a la isla de Tenerife procedentes de Baeza (Jaén) en 1543. Tras instalarse provisionalmente en el monasterio de los franciscanos, en San Miguel de las Victorias, el 20 de febrero de 1573, abrieron el actual convento de Santa Clara, una de las joyas de la ciudad Patrimonio de la Humanidad.
Desde entonces, relata la abadesa, Sor María Luz, la orden ha pasado por distintos periodos, mejores y peores. "En algunos momentos de la historia llegó a haber 150 monjas, lo que hizo que se extendiese la orden por toda Canarias, hasta el punto de que se fundaron otras 4 casas, que luego irían cerrando, y sólo se mantuvo la casa madre de La Laguna".

La orden, fundada por Santa Clara a partir de las llamadas ’damas pobres encerradas’, siempre fue de clausura, y servía de apoyo a los franciscanos, dedicados a la predicación y el apostolado. "El convento pasó por momentos difíciles, económica y vocacionalmente, pero nunca ha llegado a cerrarse. En 1987 se pidió una ayuda a las clarisas de Palencia, que enviaron a seis hermanas a Tenerife para evitar que se cerrase la casa, para revitalizar la comunidad", explica Sor María Luz, responsable de una comunidad que actualmente cuenta con 14 hermanas, entre monjas y novicias, muchas de ellas menores de 35 años.
Clausura papal
Su clausura es papal, mucho más estricta que la constitucional, donde cada constitución determina las normas de la misma. Ellas, en cambio, se rigen por los preceptos vaticanos, que dictan que, por ejemplo, sólo pueden salir del convento para actos oficiales muy concretos y para cuidar la salud.
Un día normal en el convento está marcado por el trabajo y la oración, a los que se añaden "momentos para la alegría", a los que la orden franciscana da mucha importancia, según reconoce la abadesa, ya que "San Francisco y Santa Clara consideraban que la alegría era el mejor medio para vivir la fraternidad". Quizá por eso, Sor María Luz deja claro que "nosotras no vivimos la clausura como una carga o un esfuerzo, sino como algo normal".

Pese a todo, la jornada comienza a las seis de la mañana con la exposición del Santísimo, una de las partes principales de la vida contemplativa de las clarisas, ya que sirve para rememorar la victoria de Santa Clara sobre los sarracenos, y la liberación del pueblo italiano de Asís. "Hacemos el rezo de las oraciones litúrgicas de la Iglesia, como los laudes, el tercio, la sexta, nona, víspera y completa, y también tenemos momentos para la oración personal". Además, las clarisas viven de la elaboración de las formas de consagrar, las tradicionales hostias de misa, que venden en casi todo el Archipiélago.
Después del trabajo matinal y el merecido descanso tras el almuerzo, las clarisas tienen lectura espiritual y formación, que a veces dedican al estudio, la música e incluso a las nuevas tecnologías como Internet. "Según nuestras reglas, no podemos tener periódicos ni ver la televisión o escuchar la radio, a menos que sea una cosa muy concreta, por una causa religiosa. Por ejemplo, como tenemos hermanas de Angola y allí han estado en guerra, alguna vez poníamos la televisión para saber cómo estaban las cosas", denota Sor María Luz.
En cuanto a Internet, la abadesa confiesa que se utiliza, sobre todo el correo electrónico, "porque es el medio más fácil y rápido para comunicarnos con las hermanas que tenemos en la Península o el extranjero". Sin embargo, paradójicamente, la madre superiora afirma que "a las chicas más jóvenes casi hay que imponerles la obligación de que abran el correo, porque no sienten la necesidad de estar conectadas".

"También entramos en Internet para tomar algún dato que nos interese, del Vaticano, o para ver alguna imagen que luego usamos en nuestras celebraciones, pero para otras cosas no lo usamos", incide Sor María Luz, quien deja claro que "no tenemos límite ni censura, porque ya nuestra madre Santa Clara decía que había que utilizar los medios que se tuvieran en cada época, y que se aplicasen las leyes vigentes en cada momento. Por eso lo usamos, discretamente, sin abusar, porque es un peligro", recalca.
Al igual que ocurre con el resto de la sociedad, y pese a su clausura, las hermanas clarisas no son ajenas a la crisis, que está azotando con especial virulencia al Archipiélago. "Más que nosotras, estamos notando los efectos de la crisis porque ha aumentado notablemente el número de personas que se acercan hasta el convento para que les demos comida, ropa, etc.", arguye la abadesa del convento de Santa Clara.
Donaciones
"Recibimos muchas donaciones, de familiares, amigos y gente anónima que nos facilita que podamos seguir viviendo sin salir de la clausura". "Nuestra vida es sencilla, no extremadamente austera, pero es verdad que sabemos vivir con poco. Tenemos muy pocas necesidades, en lo que se refiere al vestir o a la comida", incide Sor María Luz, quien reconoce que "nuestro mayor gasto es el mantenimiento de la casa, el evitar que se deteriore, porque una de nuestras exigencias es la conservación de la casa que nos acoge".

Aunque la orden de las clarisas de La Laguna no pasa hoy día por uno de sus mejores momentos, dada la actual crisis de vocaciones religiosas, más de la mitad de las monjas que residen en Santa Clara son menores de 35 años. Una de ellas es Sor María Jesús. Nacida en Santa Cruz hace 34 años, hace seis decidió ingresar en la orden, porque consideraba que su trabajo en un colegio de la capital no la llenaba lo suficiente. "Veía que el Señor quería algo más de mí, que mi misión no era sólo estar con un grupo de niños. Lo consulté con un sacerdote, y él me dijo que preguntara y conociera a las monjas de clausura", expone Sor María Jesús. "Yo siempre me había movido en un ambiente de parroquia y catequesis, y de hecho mis amigos me llamaban la ’Sor’, por lo que para ellos no fue ninguna novedad que yo me hiciese monja", recalca.
Para su familia, en cambio, fue más difícil aceptar que su hija, con una carrera universitaria y trabajo fijo, hubiera escogido recluirse en un convento de clausura. "Pensaban que venía a un sitio tétrico y penoso, pero con el paso del tiempo han visto que es un lugar normal, hasta el punto de que ahora para mis padres es un orgullo que yo haya hecho los votos solemnes en el convento", subraya.
Desconocimiento
En su opinión, "hay mucho desconocimiento sobre la clausura, porque la gente piensa que esto es muy triste, que nos metemos aquí porque tenemos una depresión o algo así". Nada más lejos de la realidad, Sor María Luz emplea una metáfora para explicar lo que significa para ella la clausura. "Todos entendemos que no podemos vivir sin la sangre, a pesar de que no la vemos. En la Iglesia pasa igual; están los sacerdotes y los religiosos, que son como los brazos y las piernas del cuerpo humano, y están las monjas de clausura, que somos la sangre de ese cuerpo".

"Con nuestra oración y sacrificio, bombeamos la sangre para los que están fuera dando su vida de distintas maneras. Somos como el pilar que sostiene al resto de miembros de la Iglesia. Ellos, por su misión, no tienen tan fácil ni es tan profunda esa relación con Dios, que es lo fundamental de la vida religiosa; por eso, nosotras desde aquí oramos para ayudar, desde el silencio, a nuestros hermanos. Somos como la raíz de la Iglesia, que está escondida pero es fundamental, porque si se pudre el árbol se muere", incide la joven monja tinerfeña.
Ella, al igual que sus compañeras de orden, reconoce haber pasado momentos de duda y miedo, "porque esto al principio te impresiona mucho". Pero, con la ayuda de sus hermanas y su inquebrantable fe en Cristo, ha conseguido olvidarse casi por completo de su pasado, "porque he visto que mi vida aquí es fecunda".
El caso de Sor María Pilar, una joven lagunera de 30 años, es diferente. "Mi vocación nació del seno de mi familia, que es muy creyente. De hecho, cuando tenía 7 u 8 años me preguntaron qué quería ser de mayor, y ya les dije que quería ser monja de clausura", relata.

A medida que fue pasando el tiempo, todo el contacto que tenía con lo religioso fue haciendo mella en mi interior y, aunque pasé un periodo donde me cuestioné si entrar o no, decidí ingresar en el movimiento cristiano de los ’hombres nuevos’, donde estuve 3 años, y también compartí mis dudas con un sacerdote y varias religiosas". Así, cuando terminó sus estudios de Logopedia hace 8 años, decidió ingresar en la orden, "para dar respuesta inmediata a la llamada del Señor".
Según explica a este periódico, "en todo este proceso hay momentos de dificultades, pero el Señor te ayuda a levantarte". La sociedad actual está vacía, por eso trata de llenar su vida con cosas como Internet. La gente huye de Dios, porque piensan que es castigador, cuando en realidad es un Dios que les ayuda y les da paz, por eso nosotras llenamos nuestro vacío con él", insiste Sor María Pilar.
De la misma opinión es Sor Clara, madrileña de 27 años. Ella, que a pesar de su juventud lleva ya más de una década en el convento lagunero, deja claro que "muchas veces nos cuestionamos el hecho de continuar con esta vida, porque nos preguntamos si tenemos la necesidad de complicárnosla de este modo. Pero inmediatamente nos respondemos que ésta es la vida que hemos escogido, porque nos sentimos felices así".

"Dificultades hay en todas partes, en la vida de familia, en el trabajo, con tu propio grupo de amigos, pero siempre hay que afrontarlas, aquí o fuera; y entre estas cuatro paredes es donde yo he aprendido a superarlas y donde soy feliz", concluye. Futuro asegurado La abadesa de Santa Clara, Sor María Luz, reconoce que no opinan habitualmente sobre los temas de actualidad, "porque no nos llega toda la información, y pensamos que para opinar sobre algo hay que conocerlo a fondo". Por eso prefieren no expresar abiertamente su parecer en cuestiones políticas o de actualidad. "Pero lo respetamos todo, y oramos para que las personas que tengan que decidir, lo hagan iluminadas por Dios, para que tomen la mejor decisión, ya sean leyes morales o humanas, para que sean dignas", explica Sor María Luz, quien deja claro que "la clausura no es un encerramiento ni una huida. No nos distanciamos del mundo, ni nos alejamos de él, porque precisamente cogemos los problemas del mundo y los hacemos nuestros". Por eso, la abadesa opina que "la clausura se manifestará siempre. Quizá dentro de unos años sea sin rejas, pero seguirá siendo clausura, porque es una misión vital en la Iglesia".






























































































