Hoy hace un año que una temprana e inesperada llamada telefónica me asestó un imprevisto hachazo de dolor.

Hoy hace un año que lloré a borbotones, deshaciéndome en nostalgias y pesar.

Hoy hace un año que corrí hasta un aeropuerto, tomé el primer avión y, viviendo el vuelo más triste de toda mi vida, viajé hasta poder acompañar a tus mortales restos.

Hoy hace un año que, junto a ti, se fueron el bebé curioso, la niña gordita, la adolescente rebelde y la joven soñadora, que tanto amaste y alentaste a ser.

Hoy hace un año que te fuiste sin avisarnos, cuando una mañana de verano tu alma se escapó de entre las blancas sábanas.

Hoy hace un año que no te oigo.

Hoy hace un año que no te huelo.

Hoy hace un año que no voy a tu encuentro.

Hoy hace un año que aún me despierto con la sorpresa de que ya no estás aquí.

Hoy hace un año que ninguno de nosotros se acostumbra a tu ausencia.

 

Y sin embargo...

Hoy hace un año que te siento pegada a mi persona cuando la pesadumbre se sienta a mi vera.

Hoy hace un año que corro hasta ti, siempre que el temor y la desazón intentan acorralarme.

Hoy hace un año que escucho tu voz por debajo de la mía cuando "dormida en el bosque, contigo soñaba".

Hoy hace un año que soy mejor, gracias a ti.

Hoy hace un año que, de tu invisible mano, vago contigo.

Hoy hace un año que vives, ya para siempre, conmigo porque...

 

Contigo aprendí a cocinar tan ricos platos. Los mismos que tu cocinaste tantas veces. Los mismos que hacen relamerse a los que los saborean y les provocan deseos de querer repetirlos lo antes posible...

Contigo supe que no siempre podía tenerlo todo para, así, descubrir lo feliz que soy poseyendo sólo una determinada parte...

Contigo disfruté de paseos adornados con altos  tacones, de estancias en tu pasado que, luego, se ha convertido también en el mío, de salidas urbanas y diurnas a mil y un lugares que, ahora, atesoro en el mejor baúl de mi recuerdo...

Contigo encontraba la seguridad absoluta y todopoderosa, que tu sola presencia me ofrecía, cuando huía de mi dormitorio, por culpa de los extraños ruidos nocturnos y de las presencias que los acompañaban.

Contigo conocí la ronda robada, los "productos congelados", las granizadas de Echeto, las fajas pantalón, el Centro Democrático y Social (CDS),  las siete novias para siete hermanos, el chocolate "La Candelaria", el jabón "Heno de Pravia", la laca, los dientes postizos, el aroma del café por la mañana, los paños de cocina, las mentiras piadosas, las tisanas nocturnas, los mejores cuidados, la crema Nivea, las tonadas de siempre y que más nadie conoce...

Contigo de la mano acudía a mis incontables citas al analista. Tras las que, siempre, me llevabas a Orche para gozar, juntas, de un suculento desayuno a base de jugo de naranja, sandwich mixto y croissant.

Contigo comencé a valorarme, a aceptarme, a respetarme, a, incluso, amarme cuando me repetías eso de: "no llores mi niña, que tú vales más que Santa Cruz entero".

Contigo hallé el refugio del entregado amor eterno, desprendido e incondicional,cuando me hiciste las veces de padre y madre, al no poder ellos, y no guardar ni un sólo recuerdo consciente de su ausencia, durante aquellos meses de dolorosa separación.

 Contigo descubrí el valor del respeto, la importancia de la buena educación, la necesidad de ocupar el lugar adecuado sin dejar de ser yo misma, sin permitir que otros me pisen, defendiendo siempre mis ideas, creencias y sentimientos.

 Contigo compartí almuerzos en restaurantes urbanos, gocé de inolvidables meriendas en casa de tía Pepita, viví mágicas cenas de Nochebuena, pantagruélicas comidas navideñas y frugales desayunos diarios.

Contigo entendí que lo realmente importante no es lo que nos obcecamos en recordar, sino lo que vuelve a nuestra mente, de forma nítida e inolvidable, sin que nosotros busquemos su regreso.

Contigo tuve el ejemplo de que el AMOR de pareja, el de VERDAD, va más allá de tiempos y muerte, de espacios y silencios, de tentaciones y soledades.

Contigo me reí a carcajadas de escándalo, lloré océanos de tristeza y descargué truenos de furia.

Contigo constaté que yo era una privilegiada por disponer de dos madres que, tan bien, velaron por mí en cada instante de sus vidas y de la mía.

Contigo visité Sevilla, Roma, París, Londres, Llerena, Orense, Madrid, Barcelona, Florencia, Gran Canaria, La Coruña, Toledo, Milán, Lanzarote, Lisboa, Venecia, Ávila, Livorno, Fátima y tantos otros lugares que, ya, para siempre, serán tuyos y míos.

 

Contigo fui testigo del ocaso físico y mental de una mujer hasta entonces guapa, independiente, autosuficiente, valerosa y diligente. Y fuiste tú quien me demostró que no morimos cuándo, dónde ni como imaginamos que moriremos.

Contigo no me quedó más remedio que aprender la lección de que la mayor muestra de AMOR radica en pensar en la felicidad del otro antes que en la propia y en separarte del ser amado, por sacrificado que ello sea, con tal de que viva seguro, cuidado y con la mejor calidad de vida que se pueda.

Contigo sentí seguridad y fortaleza, amor y ternura, exigencia y cuidado, atención y valor, esfuerzo y tesón, discreción y carácter, sonrisas y lágrimas.

Contigo llevé a cabo mis primeras entrevistas a la corta edad de 7 u 8 años, gracias a aquel vetusto radio-cassette con micrófono externo, a tu paciencia y simpatía y a mi eterna tozudez.

Contigo asistí a centenares de funciones de guiñol en las que el apuesto y galante Gorgorito volvía a vencer a la malvada y ruín bruja Ciriaca, logrando una vez más -armado con su fiel estaca de madera-, el amor de la bella y noble princesa Rosalinda.

Contigo, siempre contigo. Eternamente contigo. Juntas hasta más allá del infinito.

Te amo, abuela.