EL HADA VERDE:
Recuerdo cuando me regalaron mi primera caña de pescar. Antes de ella había usado otras de mi abuelo materno y de mi padre. Pero cuando me regalaron aquella primera caña de color naranja, con carrete propio, me sentí pescadora de pies a cabeza. Y eso que ya había dado cuenta de buenas piezas con anterioridad, ante la desesperación atónita de Papapepe, quien no se creía que aquel "fisco" de niña, de menos de 6 años, lograse alzarse con sargos tan gordos, viejas tan suculentas y romeritos tan sabrosos.
Hoy, cuando ya han pasado más de 30 años desde que esos recuerdos se instalaron en mi memoria, mi ovoveganismo actual me sigue obligando a retorcer el rostro en una mueca de pena, vergüenza propia y horror al evocar cómo le introducíamos el anzuelo por uno de sus ojos a los pequeños cangrejos, vivos, que nos servían de carnada.
También es cierto que, ni cuando era omnívora, me apasionaba comer pescado. Tan sólo las sardinas, los lenguados y la merluza eran de mi gusto...Y de vez en cuando. Eso sí, los cefalópodos, las gambas y langostinos me disparataban. Así que, si al contrario que me ocurría a mí, sientes pasión por el sabor de nuestros hermanos acuáticos, si te gusta más un pescadito a la plancha o una cazuela de pescado que comer con las manos, mejor será que vayas comprándote unos más que buenos congeladores donde ir acumulando piezas, porque la pesca tiene fecha de caducidad: en el 2048 diremos adiós a los recursos pesqueros o al menos eso es lo que aseveran los científicos. Será el punto y final que el periodista Charles Clover predijo en "The End of the Line" y que el cineasta Rupert Murray llevó a la pantalla. El Aquarium de Palma proyectará el documental mañana, 25 de agosto.
Grabado alrededor del mundo -desde Gibraltar a Senegal, y desde Alaska hasta el mercado de pescado de Tokyo- con la participación de científicos, pescadores y funcionarios encargados de hacer cumplir las normas pesqueras, "The End of The Line" pretende ser una llamada de atención.

Tal y como se explicaba hace días en la versión digital del diario "El Mundo", se trata de la primera película en mostrar los efectos de la sobrepesca sobre los oceános, el consumo ignorante en los restaurantes y el fin de los recursos pesqueros que los científicos calculan para el año 2048.
«Si se tratara de animales terrestres habría una revuelta enorme, pero es un problema del que ni nos damos cuenta ni nos preocupamos porque ocurre en los mares», afirma la directora del departamento de Educación del Aquarium de Palma, Debora Morrison. El consumo de especies en peligro de extinción como el atún rojo o el pez espada han aumentado en paralelo al desarrollo de la tecnología. Las formas tradicionales de pesca por su propia dificultad suponían una autorregulación de las cuotas. «Los avances han hecho que se localizara a los bancos de atunes con GPS desde un avión para después poder pescarlos. Una práctica que ahora está totalmente prohibida», explica Morrison.
El auge del sushi y el sashimi han hecho proliferar restaurantes especializados en estas comidas. Un éxito que, según la directora, hace que sólo en la ciudad de Tokyo existan ya más de 7.000. Y, al mismo tiempo que desciende la cantidad de pescado disponible, su precio aumenta en las cartas. «Todos tenemos responsabilidad: consumidores, pescadores y políticos. Sin consumo no habría demanda y entonces no haría falta la regulación», asegura Morrison. La pregunta es, ¿sabemos realmente qué comemos en los restaurantes? Algunos sondeos apuntan que el 96% de los españoles asegura que jamás comería tiburón sin saber que esta especie llega a las mesas en forma de cazón.

Pese a que algunas cadenas de restaurantes han optado por eliminar radicalmente cualquier producto elaborado con atún, existen otras soluciones. Por ejemplo, el 80% del pescado que utiliza la multinacional de comida rápida McDonalds proviene de la pesca sostenible. Lo importante es respetar las cuotas que se establecen y crear más reservas de protección marina», detalla la directora. Otra de las medidas indirectas es recortar las flotas pesqueras que actualmente se encuentran sobredimensionadas. Tanto que sólo la española representa el 25% de toda la flota europea.
«Los países tienen que regular y hacer pagar un precio justo, retirar licencias. Es como el carnet por puntos, ahora la gente se lo piensa dos veces a la hora de cometer una infracción. Pero también hace falta buena voluntad», añade la directora. «Siempre hace falta una reacción muy grande para que la gente cambie, pero necesitamos que no llegue demasiado tarde».
El escaso número de atunes existente en la actualidad hace temer una recuperación imposible como ya ocurrió con el bacalao del norte. El documental muestra cómo la población de Newfounland en Canadá pasó de ser epicentro mundial de la pesca de bacalao a ser un pueblo fantasma al haber agotado todos sus recursos.
Recuerda, si no cambias tus usos y costumbres, si no presionamos a gobiernos y autoridades, si no variamos las formas de pescar, si no transformamos nuestra visión del mundo, la fecha límite es el 2048...Y está a la vuelta de la esquina.

































































































Andres 2.0 dijo
Madre mía, no sabía que tantas especies tan corrientes estaban en peligro.
Una de las cosas más directas y eficaces que podemos hacer como ciudadanos sueltos es exigir trazabilidad y etiquetado en todo lo que compramos (en pescado y en cualquier otra cosa). Como los sellos de agricultura ecológica o biológica en productos vegetales, la marca FSC en objetos de madera, la indicación de que cuando lleva soja no sea transgénica, etc. No sé si habrá algo similar para pescados.
24 Agosto 2009 | 12:30 PM