(...)"Hay que señalar que, en comparación con la posición platónica, la comprensión cristiana del alma y de su inmortalidad se basa en el acto creador de Dios: el alma no es una divinidad en miniatura, pues su inmortalidad obedece al don que Dios ha otorgado cuando lo creó. El hecho de que algunos autores protestantes del siglo xx hayan negado la existencia del alma y su natural inmortalidad es debido en buena parte a la comprensible reacción contra una visión racionalista y autónoma del alma humana, típica del pensamiento Romántico. En particular el teólogo calvinista Karl Barth se opuso abiertamente a los autores que vieron en la afirmación del alma humana, espiritual e inmortal, la base de una ética autónoma y racionalista. Barth critica como racionalista a un autor del siglo XIX, J. A. L. Wegscheider, quien consideró la inmortalidad del alma simplemente como la base de la norma ética.

Pero, ¿es posible conocer la existencia del alma y su inmortalidad? ¿Es posible demostrarlas filosóficamente? En buena parte, las dificultades experimentadas por los autores protestantes se mueven en esa dirección: como ya enseñaban los nominalistas y el Cardenal Cayetano, la existencia y espiritualidad del alma son conocidas solamente por medio de la fe cristiana; no son objeto de demostración filosófica. Según Duns Scoto, el filósofo puede demostrar, en el mejor de los casos, que el alma puede no ser mortal. La razón de ello está en la convicción de que el alma no comunica el ser al cuerpo, porque el cuerpo es una realidad autónoma respecto al alma. Ockham explica que los hombres sencillamente imaginamos que el alma, como forma del cuerpo, sea inmortal, mientras si es de verdad la forma del cuerpo, debe ser corruptible. En el mejor de los casos, la espiritualidad e inmortalidad del alma son objeto de fe cristiana.

A lo largo de la historia, se ha tratado la cuestión de la existencia, espiritualidad e inmortalidad del alma humana en dos modos fundamentales.

Primero, se pueden considerar las cuatro razones que convencieron a Platón de la inmortalidad del alma. En primer lugar, dice, lo que llega al ser, tiene origen en su contrario [por ejemplo, lo que es frío se vuelve caliente]. De este modo, según el principio del eterno retorno, la muerte debe ser el inicio de la vida [Fedón, 72b]. Por ello, el alma sobrevive después de la muerte. En segundo lugar, Platón funda su idea sobre la inmortalidad del alma en la teoría del conocimiento. Conocer, para Platón, quiere decir recordar. Antes de nacer, las almas contemplaron el Mundo de las Ideas que llegarían a conocer más tarde [Fedón, 75c]. En el momento actual conocemos conceptos universales como el bien y la belleza, aunque las cosas a las que aplicamos estas categorías son siempre limitadas. Lo cual muestra que el alma pertenece a una realidad diversa del mundo marcado por el devenir y el cambio. Por lo tanto es incorruptible y vive para siempre. En tercer lugar, Platón explica que lo que es igual, bueno, etc. es siempre lo mismo, aunque las cosas concretas cambian [Fedón, 78d]. Ahora bien: hay dos tipos de seres, los invisibles y los visibles. Lo invisible mantiene su propia identidad, mientras que lo visible no. Ya que el alma es semejante a lo invisible, no cambiará, no dejará de existir [Fedón, 79c-d]. En cuarto y último lugar, Platón explica que la función del alma es la de dar vida. Pero la vida por su propia naturaleza no puede convertirse en su contrario, la muerte. El alma por lo tanto dura para siempre [Fedón, 105b; Fedro, 245c, y ss.].

Algunos autores cristianos no estaban del todo convencidos de la validez de las pruebas platónicas, entre otras cosas porque Platón consideraba que el alma era de algún modo divina. Entre ellos Justino, Taciano, Ireneo  y Tertuliano insistían en que el alma es un ser creado, con una existencia recibida de Dios. No por ello negaban la espiritualidad e inmortalidad del alma, creada por Dios.

Tomás de Aquino, entresacando elementos importantes del pensamiento de Platón y Aristóteles, ofrece tres razones principales para la inmortalidad, o mejor, la incorruptibilidad, del alma humana.

Primero, el alma se dice incorruptible porque es capaz de conocer todas las cosas materiales. Por lo tanto, debe ser inmaterial, es decir, espiritual. Si no lo fuese, sería incapaz de conocer algunas cosas materiales. Y ya que el alma es espiritual, no puede descomponerse, es incorruptible. En segundo lugar, el Aquinate explica que la corrupción y la descomposición son el resultado de condiciones contrarias. Sin embargo, el pensamiento humano concibe todas las cosas contrarias juntas, y por lo tanto no puede ser sujeto a su fuerza corruptora. Pero el alma es la sede del pensamiento, y por lo tanto no puede ser corruptible. Tercera y última razón, Sto Tomás observa que todos los hombres desean vivir para siempre, ser inmortales. Pero este deseo sería en vano si el alma fuese corruptible. Este argumento carece de rigor en el sentido de que se mueve desde el ámbito subjetivo al ámbito objetivo. Pero Tomás acepta su validez porque refleja la experiencia humana universal.

Las "demostraciones" de la incorruptibilidad del alma apenas presentadas, aunque no definitivas, pueden considerarse consistentes y coherentes. Hacen ver que la comprensión de la inmortalidad individual, radicada en la del alma humana, sea razonable y aceptable. Ya lo decía Platón: «vale la pena arriesgarse en creer en la inmortalidad del alma. Con todo, es un riesgo hermoso» [Fedón, 63a]."(...)

 

( Texto extraído del libro "La muerte y la inmortalidad", obra de Paul O'Callaghan )