DORMIDA EN EL BOSQUE...
"Dormida en el bosque, contigo soñaba.
Soñé que me amabas y que era feliz.
Mas al despertarme, te busqué y no estabas.
Entonces yo dije: amor no es vivir..."
Así me cantaste desde siempre y así, de la forma más dulce, aprendí tus tonadas convirtiéndolas en parte de mí misma.
No me acostumbro a vivir sin tu presencia física. Por más que el tiempo deambule y transcurra incansable, la herida de no poder volver a abrazarte, de no sentir tu calor, continúa abierta en mi alma.
No sé cuántas veces he vuelto atrás para recordar nuestro último encuentro en Tenerife hace poco más de un año. Volví tres veces sobre mis pasos para regalarte más besos, mimos y risas. No podías verme, pero me vivías. No podías seguirme, pero te sentía junto a mí, a cada instante. Como te siento hoy. Como te sentiré mañana. Como nos sentimos siempre.
Me apena no poder llenarte hoy de regalos tridimensionales. Un perfume, ropa, una tarta, flores, bombones y mil y una locuras de esta "ingratota" tuya te habrían llenado de felicidad y de alegría.
Me apena no poder agarrar el teléfono para llamarte y escuchar tu cantarina voz del otro lado, repitiéndome otro millón de veces eso de "te quiero mucho, mi niña".
Me apena no poder enseñarte esa casa y esa finquita que nos hemos comprado, aunque sé que ni loca te habrías ido a vivir para allá, siendo como fuiste una urbanita extrema. Me apena, aunque también sé que no hace falta que te las enseñe para que las veas y las compartas con nosotros, contenta.
Me apenan estas lágrimas que vuelven a derramarse por mis mejillas hoy al escribirte estas líneas porque no quiero que el dolor o la tristeza te alcancen ni rocen en tu nueva existencia.
¿Sabes? A veces me descubro a mí misma portando una dulce sonrisa inconsciente...

Voy caminando, doblegando a mi vagancia y preparándome para ese Camino de Santiago que algún día recorreré y, una vez más, sin siquiera intentarlo, te abrazo mientras nuestros espíritus intercambian pareceres, sentimientos y sensaciones, en la más absoluta quietud del silencio compartido.
¡Qué bonito y qué grande es descubrirte pegadita a mí cuando menos te espero!
¡Qué bello es tenerte!
¡Que tengas un muy feliz no-cumpleaños !
Te adoro, abuela.















Irrintzi dijo
Siento en el alma la muerte de tu abuela.
Por los abuelos se suele tener un cariño especial.
Yo solo tuve el privilegio de conocer a dos de ellos: mi abuela materna y mi abuelo paterno (mi abuela paterna y mi abuelo materno ya habían muerto cuando yo nací).
Ella era mujer enjuta y delgada como un sarmiento, siempre con un rosario entre las manos, vestida de luto por la reciente muerte de su marido (Antonio, cuyo nombre llevo en segundo lugar) y la locura de su hijo (Miguel, cuyo nombre llevo en primer término), que enfermó de esquizofrenia siendo joven y pasó el resto de su vida en una Residencia Psiquiátrica (antes "Manicomio").
Él era un señor alto, de pelo plateado, vestido con traje de pana y chaleco, boina cubiéndole la cabeza, que fumaba tabaco de picadura liado con papelillo y lo encendía con un mechero de yesca, con un reloj de cadena que le iba del bolsillo de la camisa al del pantalón.
Yo no soy creyente, pero ellos sí lo eran, y solo por éso, me gustaría que hubiera un Dios y otra vida mejor después de ésta, para que los que creen en ella -como nuestros abuelos- pudieran disfrutarla, aunque yo, por incrédulo, quedara sumido en la Nada.
25 Julio 2009 | 12:59 AM