LO QUE NUNCA IMAGINÉ VER

EN PLENO CENTRO BARCELONÉS

 

Ayer estuve paseando por el centro de Barcelona, disfrutando de la compañía de mi padre y de la fresca brisa que, afortunadamente para mí, ha hecho bajar los termómetros un poquito.

Pese a las obras, al tráfico y a los ruidos, disfrutamos de un larguísimo paseo mientras charlábamos de nuestras cosas y nos cruzábamos con oleadas de gentes sin nombre.

Barcelona está bonita, además de ser una bella ciudad, y el paseo por su Gran Vía es uno de mis favoritos. Me encanta descubrir nuevos detalles arquitéctónicos en los que no había caído antes, pese a haberme pateado ese camino decenas de veces.

Por sus calles, rincones, avenidas y callejuelas, como sucede en toda gran ciudad, puedes toparte con casi cualquier escena que llegues a imaginar: presurosos ejecutivos, prostitutas ojerosas, colegiales uniformados, canes tirando de ancianas, mendigos pidiendo en silencio, pajes de Baltasar reconvertidos en ilegales manteros, guiris poseídos por el consumismo más atroz, secretarias alargando hasta el infinito la última calada del reseco pitillo, publicidad, escaparates, graffitis, pintadas... Y he aquí que, tras descansar nuestras posaderas durante 10 minutos en un banco de madera, al poco de proseguir con nuestro deambular me topé con algo que me hizo abrir los ojos como platos.

"No puede ser", pensé al instante, mientras me carcajeaba. No podía dar crédito a lo que estaba contemplando en plena Gran Vía de las Cortes Catalanas. Allí, en el mismísimo centro de unas de las ciudades europeas y mundiales más abiertas, más modernas, más artísticas y más vanguardistas, mis ojos se tropezaban con algo que hacía décadas que no había vuelto a ver.

Al instante me dije que tenía que sacarle una foto, enviársela a mi amor de vidas "ipso facto" al trabajo, para que se riera un buen rato y, además, traerlo hasta este blog nuestro de cada día, para que también tus retinas alucinasen al observarlo.

Por tanto, aquí te dejo con tamaño descubrimiento. Tú dirás qué te parece...