Esta vez no. En esta ocasión, "Mi viejo tren de juguete", texto con el que me presenté al concurso literario de los Transportes Metropolitanos de Barcelona no ha sido seleccionado para pasar a la fase final y la verdad es que un cierto resquemor amargo me queda en el alma. No por mí, no, sino por la propia historia que llegó hasta mi mente y que me escogió como medio para darse a conocer al gran público. No puedo dejar de sentir que le he fallado, que no he sabido llegar hasta el alma de quienes decidían entre tantas otras historias ilusionadas por salir del recinto de olvido y silencio.

"Mi viejo tren de juguete" intenta consolarme abrazándose a mí y susurrándome que esté tranquila, que seguro que el jurado no leyó ni la mitad de los textos, que no hubo ni un sólo par de decisivos ojos que le recorriese por entero... Y este intento de generoso y desprendido consuelo incrementa, si cabe, la extraordinaria calidad de la hiel que recorre y corroe hasta mi más profundo aliento.

Pero eso sí, hace semanas os prometí que una vez el concurso acabase para mi viejo tren y para mí, os traería hasta este espacio virtual el relato original, completo, el que tuvo que ser cercenado para poder amoldarse a las normas obligatorias de dicho certamen. Así que, hoy, pese a la tristeza que se sienta en cada uno de los asientos de los vagones de mi viejo tren de juguete, os presento ya, por fin, la historia completa. Espero que, al menos, ilumine vuestros rostros con una bella sonrisa. Si es así, el viejo tren, sus Musas y el instrumento humano que todo esto escribe, volverán a sentir que continúa valiendo la pena dejarse llevar por la magia de la palabra y los sentimientos escritos.

 

Para todos vosotros:

"MI VIEJO TREN DE JUGUETE"

Aún recuerdo aquel tren de madera que mi abuelo trajo a casa una mañana de domingo. Arrebujado entre las sábanas, fue el sonido metálico del timbre quien se encargó de despertarme. Mientras abría los ojos, el soniquete de sus risas y su grave tono de voz llegaron hasta mis oídos. Estaría con mamá en la cocina, con los crujientes churros en una mano, la bufanda a punto de caer de su ancho cuello y esa medio sonrisa socarrona y agradable, que invitaba a saludarle y a entablar conversación.

El tintineo de las tazas al chocar contra los platos de porcelana me impulsó a dar el definitivo salto fuera de la cama. Me encantaba la brusca sensación que se producía al rozar con mis calientes pies desnudos el gélido suelo de granito. Mamá siempre me regañaba al verme descalzo. Sin embargo, en esta ocasión me calcé las zapatillas en un periquete: los churros y el abuelo esperaban en la cocina. No había tiempo para regañiñas. Además, mis tripas rugían como leonas, mientras me preguntaba si también habrían preparado chocolate. En cuanto abrí la puerta del cuarto el mágico aroma del cacao lo impregnó todo.

Corrí como un poseso por el largo y estrecho pasillo hasta el otro extremo de la casa. Ni siquiera le di tiempo a verme. Todavía estaba girándose cuando me lancé sobre mi abuelo a darle ese abrazo de oso que él mismo me había enseñado.

- ¡Hey, loco qué me tiras! -gritó mientras exageraba el balanceo de nuestros cuerpos. Fue entonces cuando lo vi.

Sobre el mantel a cuadros azules había un paquete enorme. De hecho, casi ocupaba más de la mitad de la mesa de la cocina. Mamá había tenido que colocar los churros, la jarra del chocolate, las tazas y los platos bastante apelotonados por culpa de aquella cosa.

- ¿Qué es eso? -pregunté sin quitarle ojo al misterioso bulto.

- Un pajarito me contó que has sacado cuatro notables y dos sobresalientes en la escuela -, contestó el abuelo tras darme uno de sus sonoros besos.

Miré a mamá sonriendo. Ella se limitó a revolver el chocolate una vez más y a indicarme con un movimiento de cabeza que abriese el paquete.

Hice añicos el papel que lo envolvía y una locomotora de color verde asomó de entre mis manos. La seguían 6 vagones anaranjados. Por un instante pensé que aquello era un sueño. Debía estar dormido en mi cama y disfrutaba de un sueño maravilloso con el tren de madera que tanto me gustaba ir a ver a la tienda de don Paco, de camino a la escuela.

- ¡No dices ni mu! Pues nada, lo envolveré otra vez y mañana se lo llevaré a Paco. Le contaré que no te gustó y me devolverá el dinero -, escuché decir al abuelo.

Me giré hacia él como un resorte, sin soltar el juguete ni un instante y, justo cuando le iba a gritar que me encantaba, que no lo devolviera ni loco, un guiño de su ojo derecho y las carcajadas felices de mi madre consiguieron demostrarme que no me hallaba soñando. Todo aquello era tan real como el rico olor de madera que desprendía aquel tren.

¡Al fin era mío! Ya no tendría que rogarle a Luisito para jugar con su cochambrosa locomotora de hojalata, ni debería pedirle permiso a mi maestra para coger de la biblioteca aquel vetusto libro que hablaba sobre la historia del tren...

"Próxima estaciò, Maragall", repite la rutinaria cinta desde el moderno sistema de megafonía actual.

Hoy el tren ya no es de madera, ni tiene tan vivos colores. Ligero, metálico y casi tan rápido como el rayo, emerge de entre los túneles de esta oscura y maloliente ciudad subterránea que los hombres crearon para continuar yendo más rápido y más lejos.

Ahora me resulta imposible paladear los churros del abuelo. Tampoco saboreo el dulce chocolate de mamá. Don Paco murió hace décadas y de Luisito no volví a saber nada desde que se fue a Alemania con su familia. ¿Qué habrá sido de doña Casilda la maestra? ¿Se casaría al final con aquel novio zapatero?

El ir y venir de gentes vuelve a arrancarme de la vía muerta de mis antiguos recuerdos. Como autómatas ciegos, entran, se sientan, miran sin ver, van a lo suyo, se aislan de quienes los rodeamos y, cuando llegan a su parada, bajan y desaparecen. Muy de vez en cuando, algún perro lazarillo alcanza a descubrir al pequeño que, entre las sombras, juega con su bonito tren de madera. De rato en rato, algún que otro bebé llega a mirarme desde su aerodinámica sillita de paseo.
 
Sólo ellos son capaces de descubrirme, viajando, en mi eterno tren. Sólo animales y niños llegan a poder atisbar, a veces, al fantasma del viejo tren.