CANARIAS: MUCHO MÁS QUE SIETE ISLAS
MI GUERRERO Y YO...
Cada mañana, nada más abrir la puerta de casa para dirigirme hacia el cole, nos saludábamos "mi guerrero" y yo. De hecho, no tenía necesidad alguna de romper mi intimidad para verle descansando: desde los ventanales del salón de la casa que me vio crecer podía contemplar su ociosidad metálica. Compartimos infinitas tardes sembradas por alfombras de pipas vacías y lánguidos atardeceres, animados por el incansable canto del mirlo, mi guerrero y yo.
Protegida por su escudo, con mi espalda sobre su recio costado, espiaba el pasear de mis amados platónicos, terminaba inacabadas tareas escolares y esperaba a esa amiga de entonces, a la que tanto quise y de la que no sé nada desde hace demasiado tiempo.
Siempre sentí al "Guerrero de Goslar', de Henry Moore, como si se tratase de mi propio príncipe encantado. Él era mi magnánimo confesor, mi paciente confidente, mi amigo incansable, mi silente compañero. Pero también es cierto que no se trata de la única escultura con la que comparto recuerdos imborrables, instantes y momentos.
No me cuesta gran trabajo evocar aquellos juegos infantiles en mi laberinto de monolitos blancos, mientras mi padre contaba en voz alta y con los ojos cerrados. Yo creía que, esta vez, sí que tardaría mucho rato en hallarme.
Inmersos en la quietud del precioso Parque García Sanabria, uno de mis rincones mágicos favoritos, las horas parecían detenerse aferrada a la fuerte mano paterna, mientras el derretido helado regaba mi otro antebrazo de rosadas y fresquísimas gotas, inacabables y casi inalcanzables.
Tampoco me resulta difícil viajar hasta aquellas sobremesas otoñales, sentada sobre un incómodo banco de madera.
Allí esperaba a que el resto de mis compañeras llegase. De esta forma, estando ya todas juntas, compartíamos aquel furtivo cigarro que nos impulsaba a convertirnos en las mujeres que nunca fuimos, mientras transcurrían los minutos hasta la vuelta a clase.
Sobre nuestras cabezas, palomas, mariposas y demás insectos remontaban el vuelo. Luego, sin motivo aparente, se posaban sobre las hojas de mis amados y grandiosos laureles de indias. De sus recias ramas, colgados merced a unas sogas extremadamente gruesas, pendían y nos observaban los famosos "huevos colgantes".
Aún hoy desconozco su nombre oficial, pero dicho conjunto escultórico no cesaba de provocar el rubor de mi abuela y de sus amigas cada vez que elevaban la vista y se cruzaban con tan generosa muestra artística. Siempre temí que, un día, los huevos colgados fueran derrotados por la gravedad terrestre y se quebrasen al romperle la crisma a alguien. Por ahora, los dioses han sido generosos con nosotros, humildes mortales, y no hemos sufrido tan temible accidente. ¡Manda huevos!

Son muchos los años que han pasado desde aquel 1973 en que la ciudad de Santa Cruz de Tenerife -mi ciudad-, acogió su primera Exposición Internacional de Escultura en la Calle. Yo era tan pequeña por entonces que ni siquiera recuerdo la llegada a nuestra vida de todas y cada una de estas muestras artísticas internacionales.
Crecí jugando entre (y con) las obras maestras de geniales creadores como Andreu Alfaro , Martín Chirino, Óscar Domínguez, Josep Guinovart, Joan Miró, Remigio Mendiburu, Francisco Sobrino o mi admiradísimo Henry Moore, entre muchos otros. Y el tiempo fue pasando, como siempre...
Y todo este arte, a la intemperie, un tanto dejado de la mano de Dios -y de las autoridades competentes- durante décadas, se fue viendo afectado por la lluvia y el viento y, lo que es mucho peor, por el vandalismo de supuestas personas pensantes que, a mis ojos, no son más que necia basura subhumana.
Viaje tras viaje, regreso tras regreso hasta mi amada islita picuda, volvía a entristecerme el hecho de pasear por las que siempre serán mis calles y contemplar el más que lamentable aspecto de muchos de mis mudos compañeros de camino.
Por eso, cuando hace semanas me enteré de que había nacido el proyecto "Apadrinar las Esculturas en la Calle", promovido por el Ayuntamiento santacrucero, no pude dejar de llenarme de gozo y de pensar en traeros este nuevo trocito de mí.
Dicha iniciativa intenta implicar a las empresas ubicadas en la ciudad en el desarrollo de la actividad cultural y, a la vez, concienciar a los ciudadanos de la importancia del cuidado del patrimonio monumental.
Por lo que sé, son ya más de 15 firmas las que han manifestado su voluntad de participar en esta idea, que protegerá a las 43 obras escultóricas que enriquecen y adornan las calles de la capital que me vio nacer.
Ojalá las cuiden, las mimen, las protejan y las muestren tal y como merecen todas ellas.
Tal vez, llegue un día en que todos los hombres y mujeres que las contemplen sepan reconocer en sus mil y una formas a una íntima parte de sí mismos.
Quizás una niña vuelva a escuchar, muy pronto, el maravilloso latir sereno del corazón de aquel guerrero que reposa frente a dos ventanas ya cegadas por la ausencia. Vidrios ciegos y, sin embargo, tan rebosantes de inolvidables visiones que rememorar con una sonrisa en los labios.




































































































solitha dijo
Qué maravilloso lugar!!
Eh!!
Ahora que ande de vacaciones te voe a presumir a mi México querido, eh!!
Para que veas que también es shulo, con todo y sus mariachis!! Muchos sí son guapos!!
Y si canthas con Mi adorado Vicente Fernández y unos tequilithas... Wow!! Te enamorarás...
Aunque yo me enamoraría de Alejandro Fernández, su hijo!! Jajaja.
Mi preciosa!!
Una mente madura no lo determina la edad... Cuántos 15 años mayores que yo parecen unos críos?...
La educación se mama... No crees?
Beshitho, nenitha... Lindo día. En tu caso, linda madrugada!! Jajaja.
*:)
Di.
Di.
31 Marzo 2009 | 12:51 AM