14 de febrero: SOY, SOMOS...
Dormitas a mi espalda, yendo y viniendo de tu mágico mundo de sueños y tus movimientos bajo las cálidas sábanas se asemejan a una marea de sobresaltos que cortan el ritmo tecleante de mis dedos. No quiero que me descubras escribiéndote este océano de dulces palabras. Deseo que sea una sorpresa para tu bella mirada esmeralda, bucear entre las aguas de mi amor por ti.
Hace años, cuando nuestra relación comenzaba a andar, te dediqué un texto que se parió a sí mismo durante una mañana de primavera. Por entonces, como hoy, tu alma vagaba por oníricos senderos. Entonces, como hoy, el sol brillaba del otro lado del cristal. Hoy, como entonces, sé que estoy donde quiero estar.
Ambos hemos pasado por muchas vicisitudes durante todos estos años. Unas nos han unido. Otras, nos separaron. Pero todas nos han transformado y nos han servido.
Transformado en dos seres mejores, más completos, más seguros, más perfectos sin caer en la vulgar prepotencia de lo pluscuamperfecto.
Y todo lo vivido, sufrido y gozado nos ha servido de aprendizaje conjunto e individual. Toda una suerte de lecciones propias que, una vez más, nos han demostrado que somos para el otro sin dejar de ser tú y yo.
Tres simples palabras, "tú y yo", que describen un universo de amor, lucha, ternura, complicidad, sueños, risas, caricias, lágrimas, ilusiones, caídas, renaceres, esperanzas, futuro, silencios, entrega, deseo, comprensión, discusiones, despedidas, reencuentros y fe.
Un mundo que hemos inventado por y para nosotros mismos. Un hogar pleno de calidez, serenidad, paz, madurez, ensoñación, magia y sensibilidad. Una vida para vivirla unidos, compartiendo instantes y noches, abrazos y juegos, lecturas, colores y juegos.
Y me gusta que sea así...
Porque me gusta despedirte desde la ventana, siempre, cuando cada día te alejas del seguro castillo, refugio y hogar.
Porque me gusta atrapar momentos eternos en la retina de mi memoria y encontrarte en ellos, una vez más, ocupando su centro, principio y final.
Porque me gusta preparar tus tisanas que, aún sabiéndome a rayos y truenos, me recuerdan que eres para mí el más dulce despertar.
Porque me gusta abarcarte entero, cuando tus brazos me envuelven y tu aroma nubla, por completo, mi razón y mi pensar.
Porque me gusta pasear por tu mismo sendero cuando nuestras sombras se unen y la luz las hace vibrar.
Porque me gusta tu mirada, transparente y sin secretos. Dulce, valiente y de frente. Infantil y anciano mirar.
Porque me gustan tus risas y carcajadas a mandíbula batiente, cuando observo que disfrutas olvidando el qué dirán.
Porque me gusta sentirte bien pegadito a mi vientre cuando la oscuridad se duerme y el amanecer llega ya.
Porque me gusta ver crecer, a tu lado, las simientes de escritos y sensaciones, de lugares por los que volar, libre y consciente.
Porque me gusta cuando me cuidas, me atiendes y velas haciendo de mi dolor una lección ejemplar.
Porque me gusta aprender de tus silencios y ausencias, que me demuestran que aún tengo tanto por andar.
Porque me gusta sentirme por completo parte tuya. Porque me encanta saber que eres mío sin dudar.
Porque me gusta tanto asomarme hasta el balcón de tus ojos y allí mi rostro contemplar.
Porque me gustan tus manos abiertas y limpias, suaves y sabias, finas y curiosas, manos que me recorren y me estremecen, siempre, sin cesar..
Porque me gusta imaginar cuando llegue la muerte y sea tu amado rostro el que me sonría antes de marchar.
Porque me gusta llevarte el desayuno cada día y endulzar tu mañana con frutas y colores, canciones, besos y algo más.
Porque me gusta amarte sin medida, simplemente porque amarte es mi vida, mi camino, mi origen y mi suspirar.
Porque me gusta crecer a tu lado, sentirme más mujer cada día, más diosa, más poderosa, tornando, con tu amor, admiración y respeto, mis más íntimos temores en la más inquebrantable seguridad.
Porque me gustan tu ternura y tus lágrimas, tu emoción y sentimientos, que pocos llegan a conocer y a mí me muestras con absoluta naturalidad.
Porque me gusta estar tan segura de lo que ambos sentimos que, a tu lado, marcharía hasta el fin del mundo, sin siquiera dudar.
Porque como yo, conoces la magia, la sientes, la vives, la disfrutas, la derramas, la mimas, la buscas, la provocas y me la entregas recargando, así, mi propio manantial.
Porque compartimos ideas y creencias, rezos y lecturas, ocio y deberes y, sin ser exactos, convivimos de forma genial.
Por todo esto y por más hoy retomo aquel escrito que hace ya unas cuantas primaveras rozó mi espíritu con tu dormitar.
Hoy y en este día, vuelvo a regalártelo porque tú y yo somos como el círculo eterno, que gira y gira, que rueda y rueda, constante e imparable, ayer, hoy y siempre latente está.
Hoy, mi amor de vidas, me gusta conocer que juntos somos rueda, vida, sueño y luz. Juntos somos dioses, hombres, rocas y animales. Juntos somos dos que, unidos, siempre se amarán.

Me gusta verle dormir, tranquilo, relajado, como el bebé que descansa sobre el regazo de una amorosa madre.
Me gusta espiar sus sueños y observar cómo el diurno e interrogador ojo continúa igual de vivaz pese al telón de piel y carne que ahora lo cubre.
Me gusta observar el hinchado del pecho: gradual y constante, como una cálida y casi eterna marea empeñada en remojar mis desnudos pies, una y otra vez.
Me gusta, sobre todo lo anteriormente recordado, escuchar sus incipientes gimoteos y cómo balbucea inconexas sílabas, asemejándose a un cachorrillo indefenso y abandonado.
Es en esos momentos, cuando le susurro un casi inaudible "ven conmigo", cuando su mano, casi en un acto reflejo inconsciente, busca acomodarse entre mi pecho y mis brazos, cuando todo su cuerpo yacente, se aproxima buscando mi calor, cuando me siento, dueña y señora de una parte de esa entrega.
Es entonces cuando mi orden se transforma en súplica, en ruego, en una necesidad vital de parar el tiempo. Me niego a que continúe el odioso tic-tac de ese segundero maldito. No quiero que la llegada del alba nos arroje a un nuevo día de aburridas rutinas, de sosos sinsabores y de apáticas costumbres.
¿Por qué no se me ha otorgado la capacidad de parar el transcurrir de los astros?
¿Por qué siendo parte y todo de la Diosa Madre no recordé en el momento de parirme a mí misma que el tiempo podía convertirse en el mayor enemigo dentro del mundo corpóreo al que me veía abocada?

Es en ese instante, cuando un tímido rayo de sol, después de viajar atravesando universos, se empeña en azotar mi mirada -hasta entonces subyugada por la magia de ese rostro que un día decidió mirar en mi misma dirección y anclarse en la bahía de mi vida-, es ahí, en ese segundo tan odioso como esperado, cuando rompo la inmovilidad que me atenazaba y cuando mis labios, como sépalos de un orgiástico cáliz, se entreabren sobre un pedazo de esa piel que siento como mía, aunque viva fuera de mi propio ser.
Y es ese gesto, ese leve roce de pieles y de humedades, esa caricia casi prohibida, ese secreto choque de existencias, el que me vuelve a elevar hasta mi propio cielo, al que siempre pertenecí y del que jamás he salido, puesto que yo soy el Todo y Todo está en mí.

Ahora ya no importan rutinas, costumbres, sinsabores. Ahora el tiempo pasa de cruel enemigo a personaje anecdótico porque, como cada mañana, vuelvo a sentirme yo: suprema, eterna, invencible, diosa, madre y creadora.
Ahora me atrevo a mirar, descarada, al rayo que continúa, inflexible, sobre mi frente. Ahora le sonrío: al fin y al cabo, sin mi persona, continuarías siendo un simple haz de fotones y no habría testigo alguno ni de tu calor ni de tu poder.
Ahora acompaño con el ritmo de mis pensamientos el tic-tac acompasado que canturrea desde el reloj: tiempo amigo terrenal, ase fuerte mis manos y acompaña a ésta, tu dueña, en el transitar de su vivencia actual.
Ahora ya nada existe ajeno a mí.
Ahora ya no existo ajena a nada.
Ahora, con la simplicidad de un suspiro, he recordado que Soy.
Ahora, amaneciendo juntos, ambos sabemos que SOMOS.















parisbarna dijo
Ei hola!
PRECIOSO!
FELIZ SAN VALENTÍN!!!
Un abrazo!
14 Febrero 2009 | 01:50 AM