AÚN EN ESTADO DE SHOCK...
Lo confieso: la catástrofe aérea de Barajas me ha impactado más de lo que jamás habría supuesto y, hoy, todavía, me encuentro en un estado de casi semicatatonia contemplativa.
No es el primer accidente aéreo que vivo. Cuando tenía siete años los tinerfeños sufrimos la colosal tragedia acaecida en el aeropuerto de Los Rodeos, hoy Tenerife Norte, y aún guardo en mi memoria y en mi retina nítidas imágenes de entonces. Luego vinieron un par de accidentes más, uno de los cuales motivó la suspensión de una excursión escolar que me tenía muy ilusionada, puesto que el aparato chocó, justo, contra la montaña donde nos iban a llevar.
Años más tarde, ya en plena adolescencia, un fatal error en una exhibición aérea, celebrada en el mismo aeropuerto norteño, provocó que uno de los aviones de la muestra no remontase vuelo durante uno de los ejercicios y cayese sobre el público asistente. Una buena amiga de mis padres -junto a varias personas más- fue arrastrada bajo el fuselaje y falleció, suponemos que de forma instantánea.
A lo largo de estos más de 38 años que llevo dando la lata por aquí abajo, me he visto en la necesidad o en la obligación de subirme en centenares de aviones. El vivir en una isla te brinda dos oportunidades: o vives de espaldas al mar y a lo que hay más allá de él o intentas conocer la otra orilla de ese precioso espacio azul que te protege y, al mismo tiempo, aisla de multitud de oportunidades por descubrir. En mi familia, desde siempre, se ha optado por lo segundo y puede que, como lo he mamado desde antes incluso de nacer, el hecho de subirme a un aeroplano lo he vivido como algo tan normal como puede ser pillar un autobús.
Son múltiples las anécdotas que he vivido embutida en estos cacharros alados. Muchas, simpáticas. Algunas motivaron enfados y pérdidas de paciencia. Las menos, fueron un tanto preocupantes y todas son inolvidables.
El peor vuelo que recuerdo fue, precisamente, uno de los más cortos. Hacíamos la ruta Los Rodeos-Gando (el aeropuerto de Gran Canaria hacia donde volaban los fallecidos en el accidente de Madrid). Yo tenía doce años e iba acompañando a mis padres para asistir al sepelio de mi abuelo paterno, que tras vivir media vida fuera de su Orense natal, fue a fallecer en Las Palmas, donde llevaban residiendo desde hacía unos cuantos años.

En esa ocasión volábamos en un pequeño Fókker bimotor de hélice. De esos que siempre dicen que son mucho más seguros porque si fallan los motores planean perfectamente. Estábamos a finales de junio y los alisios soplaban con fiereza. Aquello se movía tanto que la azafata cayó al suelo, el equipaje de mano casi nos rompe la crisma al volar sobre nuestras cabezas desde los compartimentos superiores y los pasajeros no podían dejar de gritar de vez en cuando. Recuerdo que mi mente navegaba entre observar el dolor de los ojos perdidos de mi padre y alucinar con cómo iban colocados, con las piernas absolutamente estiradas, ocupando todo el angosto pasillo, los miembros del equipo de baloncesto lagunero que iban a jugar un partido a la isla vecina. Más de uno y de una estuvo a punto de imitar al Papa y de besar el suelo canarión, cuando descendimos por la miniescalerilla de aquel abejorro motorizado.
Otro de los momentos que recuerdo a la perfección sucedió cuando siendo ya una joven universitaria vivía en Madrid y volaba hacia Tenerife para pasar algunos días de vacaciones. Todo el mundo vivía angustiado contemplando desde los televisores la Primera Guerra del Golfo y la seguridad aérea se incrementó muchísimo. Ese día volaba con Iberia y todo parecía bastante normal. Embarcamos, nos colocamos bien colocaditos y a esperar, pero aquello no se movía.
Iba sentada junto a un orondo señor alemán que me miraba y elevaba las cejas como preguntándose qué estaría pasando para que nos tuviesen 45 minutos allí dentro, medio asfixiados de calor, sin información alguna. Por mi parte me limitaba a encogerme de hombros y medio sonreirle como contestación a sus mudas preguntas.
Al poco, vi que por las pistas se acercaban un par de carricoches de AENA y de la propia compañía aérea. Descendieron de ellos unos cuantos operarios mientras se aproximaban otros tantos vehículos de la Guardia Civil. Abrieron las compuertas de la bodega, justo bajo mi asiento, empezaron a extraer todo el equipaje y lo fueron depositando sobre la propia pista, mientras un par de perros lo olisqueaba todo. Entonces, el comandante de la nave nos indicó que debíamos bajar e identificar cada uno nuestro correspondiente equipaje, llevando en la mano la tarjeta de embarque y el DNI o pasaporte.
Imagináos todo esto sin un teléfono móvil a mano, puesto que por entonces -hace casi 20 años- no existían para el gran público y sin poder avisar a la familia en Tenerife de las más de dos horas y media de retraso con que saldríamos de Madrid.
Supongo que fue un aviso de bomba falso, o un falso chivatazo de tráfico de drogas, puesto que todos los que bajamos del avión volvimos a subir a la nave y nadie fue detenido por las autoridades. Nunca olvidaré las caras de mis padres cuando por fin me vieron frente a ellos. Durante toda la espera no les informaban de nada. Sólo les decían que el vuelo venía retrasado y ninguna otra explicación. Mi madre parecía transparente de lo pálida que estaba. Acabo de recordar que todo esto sucedió durante un viaje a mis amados carnavales y que me agarré el mosqueo del mes porque por culpa de ese retraso me perdí la cabalgata anunciadora de las fiestas.
¿Y aquella ocasión en que, justo recogiendo del escáner del JFK de Nueva York el equipaje de mano, veo que tres polis de más de dos metros rodean al pasajero a mi espalda, echo un ojo al monitor de seguridad y contemplo, perfectamente, la silueta de un arma de fuego en el maletín del caballero en cuestión? Claro que, durante el vuelo correspondiente a mi primera visita a la ciudad de los rascacielos, sendos maridos de dos matrimonios estadounidenses que volaban juntos, se enzarzaron en una pelea -con intentos de apuñalamiento incluídos merced a los cubiertos de la cena, entonces todavía metálicos- y el comandante y la tripulación se vieron obligados a separarlos, a retenerlos y a esposarlos a los asientos hasta su posterior entrega a las autoridades correpondientes al llegar a nuestro destino. ¡No recuerdo mocasines negros más resplandecientes y gigantescos que los de los colosales polis que esperaban a entrar al avión cuando el resto del pasaje lo hubiésemos desalojado!
También me viene a la mente un vuelo no vivido por mí de forma directa, sino por mis padres. Sucedió hace casi tres años, el 28 de noviembre del 2005, más concretamente. Mis papis, que habían venido a pasar unos días a Barcelona, volaban de vuelta a nuestra islita amada. Según los medios de información oficiales, se acercaba una tormenta tropical atlántica. Me dio mala espina y busqué más y mejor información on-line. Lo que vi no me gustó nada y les pedí que no volasen, que perdieran el vuelo. No me hicieron caso.
La letal tormenta Delta asoló gran parte de mi archipiélago canario y el viaje de mis padres tuvo que ser desviado y realizar un aterrizaje urgente -sin llegar a ser de emergencia- en la preciosa Lanzarote. Lo que vivieron durante esa noche y los días posteriores en el hotel en que les ubicaron, en una isla aislada del exterior por mar y aire y con unas comunicaciones paupérrimas por culpa del tremendo temporal, no lo olvidarán fácilmente. Desde esa ocasión me han prometido que siempre se dejarán guiar por mis sensaciones e informaciones a la hora de embarcarse en un viaje.
Personalmente, a lo largo de todos estos años he perdido un par de vuelos, pero nunca por llegar tarde (soy de las que factura dos horas antes de embarcar). Si los he dejado escapar ha sido por enfermedad o por cambios de planes ajenos a mi propia voluntad. Sólo en una ocasión he cambiado los pasajes y la planificación de un viaje propio y de otras personas porque "ese algo que me acompaña siempre" me susurró durante semanas antes -puede que algún día os lo cuente con pelos y señales- que no era una buena fecha para volar aquel 11 de Septiembre del año 2001.

Con Spanair llevo volando muchos años y, por el momento, no tengo queja alguna con respecto a ellos. Es cierto que los aviones son un tanto pequeños interiormente, que los asientos son estrechos y que la comodidad no está presente en ellos, pero también es verdad que el trato humano es muy bueno y que los retrasos que he sufrido al volar con dicha compañía nunca han ido más allá de la media hora habitual y normal. Sólo en una ocasión, en ruta Tenerife Norte-El Prat (Barcelona), me perdieron una maleta y en menos de 24 horas me la trajeron sana y salva hasta mi domicilio barcelonés.
Puede que por eso me haya afectado tanto lo sucedido estos días. Porque habré volado en ese mismo aparato siniestrado decenas de veces haciendo la ruta Madrid-Tenerife Norte. Porque puede que, incluso, alguno de los rostros de tripulantes que recuerdo haya ardido entre el fatal amasijo de hierros.
Sé que las cifras no mienten. Sé que cada día se producen alrededor de 25.000 vuelos en todo el mundo y que las estadísticas indican que, al año, suele producirse una media de 20 siniestros aéreos mortales, lo que otorga a la industria aeronáutica el título de medio de transporte más seguro. De hecho, a nivel mundial, cada día hay una media de entre 2000 y 5000 muertos por culpa de accidentes automovilísticos, pero este tipo de drama es tan normal y estamos tan acostumbrados a ello, que casi no llama la atención de los ciudadanos ni de los medios de comunicación.
Sin embargo, este accidente sí que me ha afectado por la extrema cercanía. Cercanía por tratarse de un aparato en el que estoy segura de que he volado. Cercanía por tratarse de una ruta muy parecida a la que no me queda más remedio que realizar varias veces al año. Cercanía porque ese sexto sentido, un tanto desarrollado que tengo, me hizo decirle a mi amor de vidas hace muy poco, que tenía la sensación de que algo gordo e inesperado iba a pasar pronto y que se cuidase mucho y fuese atento en sus diarios viajes en metro y autobús. Cercanía porque, en uno de mis múltiples paseos, hace sólo tres o cuatro días, mientras pensaba en pasajes y fechas, me vino a la mente el inesperado y sorprendente pensamiento de que esta compañía aérea no había tenido jamás ningún percance serio.
Dentro de cuatro semanas he de volar y tengo la reserva en firme con Spanair. Otra vez me toca volar sola, como es lo habitual en mí desde hace mucho tiempo. Si todo transcurre como debiera, volaré hasta mi islita en un avión casi exacto al siniestrado, aunque los usados desde la Ciudad Condal hasta Canarias suelen ser de un tamaño algo menor que los utilizados desde Madrid.
Sé que el destino de cada cual está marcado y que todos tenemos escritas nuestras horas de nacer y de morir, así que volveré a pedir el asiento de siempre: lo más atrás posible y junto a pasillo. Volveré a evitar mirar a la tripulación de cabina cuando indiquen y expliquen las mínimas medidas obligatorias de seguridad aérea, para que no me dé la risa al recordar el magnífico gag, del no menos magnífico cómico y humorista grancanario Manolo Vieira, con respecto a esos momentos concretos de todo vuelo civil. Y volveré a rogar a los cielos,durante el despegue y el aterrizaje, que nos permitan llegar, como siempre hago . Eso sí, creo que, en esta ocasión, puede que, incluso, con un fervor más hondo que antes y sin olvidarme, jamás, de esa coletilla final que dice: "pero que se cumpla Tu Voluntad y no la mía".


































































































puliendo-la-piedra dijo
...gracias...
22 Agosto 2008 | 12:43 AM