UNA BODA REAL, DE CUENTO DE HADAS...
Hoy os voy a hacer un regalo especial. Hoy quiero regalaros la narración de un bello cuento. Hoy quiero intentar conmover vuestros corazones con una historia preciosa, mágica y diferente. Hoy os voy a relatar un texto que me han susurrado las Musas de la Ternura, al enterarme de una noticia ocurrida hace unos días.
Hoy deseo que sea la magia quien hile las palabras que parecen mías y que, sin embargo, me pertenecen tanto como pueden ser míos el rocío de la mañana, la oronda luna llena o el aroma de la lluvia sobre los campos.
Hoy traigo hasta vosotros el real cuento de "Elleanor y Reece: un amor de leyenda".
"Cuentan las crónicas célticas, transmitidas gracias al aullido de los lobos y a las brisas de los ancianos bosques, que en la más grande isla del británico archipiélago, en el seno de una familia cualquiera, nació un bonito pequeño que marcaría las vidas de todos aquellos con los que se cruzase, aunque nadie lo sospechase entonces.
El niño fue creciendo de la mano del Señor del Tiempo y, poco a poco, fue dando sus primeros pasos, balbuceando sus primeras palabras y provocando las mejores sonrisas. Regordete y sonrosado cometía sus primeras travesuras hasta que, una mañana, le llegó el momento de acudir a su primer día de escuela.
Reece Fleming -ese era su nombre- acudió emocionado al encuentro de sus maestros y compañeros. En sus clases se entremezclaban niños y niñas, hadas y elfos, duendes y silfos, pero entre todos ellos, Reece sólo tenía ojos para la dulce Elleanor Purgslove.
Sus cabellos dorados como espigas al sol y sus labios de viva fresa la hacían destacar, junto a su embriagante sonrisa, entre todos y cada uno de los allí presentes. Al instante, Reece se dijo que no pararía hasta convertirla en su esposa cuando ambos creciesen y, de este modo, cada jornada acudía a la llamada de la campana de la escuela con el corazón palpitando amor.
Sin embargo, la fatalidad no tardó en traspasar el umbral del hogar de los Fleming y, con poco más de cuatro años de edad, Reece cayó enfermo por culpa de un extraño mal que lo debilitaba de forma constante e imparable.
Reece intentó disimularlo del mejor modo posible y se empeñó en continuar creciendo como el resto de los saludables niños para, así, poder hacer realidad el sueño de desposarse con Elleanor, pero cada atardecer aumentaba la debilidad en sus piernas, en su mente y en su alma.
Incluso llegó un amanecer en que se vio imposibilitado para caminar el sendero hasta su amada escuela. Asustados, sus padres mandaron llamar a distintos druidas del pueblo y de las comarcas cercanas. Todos se mostraron unánimes con respecto al mal que azotaba al pequeño: Reece se hallaba gravemente enfermo. Tanto que su final no tardaría en llegar.
Reece pasó en brava lid contra su enfermedad los siguientes cuatro años.

Al principio, sus compañeros de juegos, de escuela y de travesuras venían a verle a diario y junto a ellos aparecía y destacaba la maravillosa Elleanor. Esos momentos en que podía disfrutar de su presencia, llenarse de su magia y dejarse inundar por su aroma a fresco y jovial jazmín pareciera que terminarían sanándole de todos sus males. Pero no era así. La enfermedad proseguía abriéndose camino en su débil, hinchado y doliente cuerpo.
Llegó el primer invierno y con él llegaron los fríos, las nieves, los gélidos vientos y las ganas de permanecer en casa, junto a la cálida y segura lumbre del hogar. Se acabaron los días de escuela para los demás infantes y también acabaron con ellos las visitas de sus amigos y compañeros. Los días se acortaron, las noches crecieron y Reece, sin fuerzas siquiera para pegar su naricilla contra el empañado cristal de la ventana, pasaba las horas soñando con la tarde en que tomara como esposa a su adorada Elleanor.
Ahora sólo podía imaginarla. Ahora sólo le quedaba recordar sus alegres carcajadas, imaginar su melodiosa voz entonando canciones y leyendas. Ahora, cuando la primavera ya comenzaba a asomar en forma de crecidos arroyos y de pinceladas rojas entre las derretidas nieves, ni siquiera ella venía a verle.
Así fue transcurriendo su vida: entre druidas y pócimas, soledades y ensueños, deseos insatisfechos y reconfortantes recuerdos. Y pese a lo que pudiera parecer, la aproximación de su muerte no le impulsaba a hundirse en sí mismo , sino que, al contrario, cuanto más apagado sentía a su cuerpo, más y mejor se renovaban sus enamoradas ilusiones.
Sin embargo, una mañana de asfixiante calor casi estival, un afamado galeno, llegado desde el otro lado del mar para sanar a los miembros de la nobleza de la zona, tuvo un traspiés con su cabalgadura que llevó a su montura a perder uno de los herrajes. Acabó siendo ayudado por el mejor herrero en varias leguas a la redonda, que no era otro que el padre de Reece y, a cambio, aceptó pasar a estudiar el caso del pequeño enamorado.
Puestas todas las esperanzas paternas en tan colosal sapiencia, quedaron rotas en mil añicos al asegurar el célebre físico que al niño le restaban pocas semanas de vida. El hombre volvió a dar gracias por poder continuar viaje a lomos de su esbelto corcel y se alejó bajo los luminosos rayos solares, no sin un cierto pesar en su mirada, causado por la triste suerte de aquel sonriente crío, abocado a una muerte próxima y segura.
Fue entonces cuando los padres de Reece decidieron, a espaldas de él, en total secreto, hacer realidad el tierno sueño de amor de su querido hijo.
Sin sopesar ni por un instante la posibilidad de obtener un no como toda respuesta, el herrero Fleming se encaminó hacia la casa de los Purgslove para pedirles la mano de su preciosa niña en nombre de Reece e intentar un nuevo acercamiento entre ambos, si es que la pequeña también lo deseaba.
La dulce Elleanor aceptó, de buena gana, los secretos planes y de la mano de su madre corrió a visitar a su príncipe encantado.
Cada tarde, tras salir de la escuela, la pequeña de cabellos dorados ponía rumbo hacia la vivienda de los Fleming. Allí pasaba un par de horas junto a su infantil novio y le relataba las idas y venidas de sus antiguos compañeros, mientras se perdían entre ensoñaciones de un futuro compartido y de una vida por soñar.

Reece se sentía henchido de felicidad al haber recuperado a la amiga a la que tan unido había estado en el pasado. Con ella habían regresado hasta él la divertida compañera de estudios, su especial confidente y, sobre todo, su futura y siempre amada esposa. Incluso podría haber jurado sobre los libros santos que la vida le sonreía, cuando era en realidad la muerte quien le guiñaba un ojo desde bien cerca.
Una de aquellas tardes, justo en el preciso momento en que un leve, postrero y osado rayo de luz se atrevía a acariciar el agraciado rostro de Elleanor, Reece se armó de valor y tomándola de la mano, mientras clavaba su ojerosa mirada en los vitalistas ojos de ella, le pidió en matrimonio.
Ella, al tiempo que tapaba su boca con la mano libre, para acallar así a la risita que delataba a su feliz nerviosismo, le contestó con un rotundo sí, que elevó los ánimos de su amado como ninguna fórmula mágica habría logrado.

Los padres de ambos, que se habían hecho tan amigos como lo eran sus hijos, bendijeron su unión y, con absoluto secretismo, prepararon hasta el más mínimo detalle de tan singular boda.
Tal y como contaron gentes y juglares de la época, esa tarde de aquel 4 de julio hubo anillos, velo blanco, púlpito, certificado de matrimonio, paseo en carroza y una opípara y sabrosa cena.
Todos sabían que, frente a los ojos de los hombres, no existía legalidad alguna, pero no les quedó duda posible de que sí fue una unión bendecida por los dioses cuando, tras darse el "sí quiero", los cielos sorprendieron a todos con una dulce lluvia de caramelos y de pétalos de rosas, al tiempo que seis danzantes arcoiris, se convirtieron en luminosos farolillos, testigos mudos del inolvidable baile nupcial.
El día 5, tan sólo horas después de haber hecho realidad su sueño imposible, Reece murió en la casa de sus padres. Falleció en su hogar, en su lecho de siempre, entre las mismas sábanas que tantas veces le abrazaron mientras esperaba escuchar las apresuradas carreras de su idolatrada Elleanor, subiendo, atropelladamente, los escalones de madera, para venir a iluminar sus días más oscuros.
Su madre siempre sonrió al recordar lo que le dijo la noche antes, tras ver cumplido su deseo: "ahora puedo irme"."












Julia dijo
Vaya, que historia más bonita y a la vez tan triste.
Que pena que en los tiempos que corren todavia no se haya descubierto la vacuna contra el cancer.
Saludos
28 Julio 2008 | 08:32 AM