Mi vida contigo ha sido un universo de recuerdos y anécdotas compartidas. Tenerte a mi lado, velando mis pasos, exigiéndome, cuidándome y, sobre todo ello, amándome, me ha aportado sapiencia, alegrías, lecciones y amor, mucho amor. Pero no de ese que se lleva tanto ahora. No del que no supone sacrificio, ni entrega. No. El tuyo, tu infinito AMOR te supuso consagrarte a mí en cuerpo, alma y mente. Después de perderle a él, decidiste dedicar tu existencia a esa pequeña regordeta que siempre buscaba dormir en tu cama cuando las pesadillas nocturnas -conscientes o no- la arrastraban por aquel largo, tenebroso y oscuro pasillo de la vivienda en que creció. Y, de ese modo, me convertiste en el centro de tu existir.

Hoy, al echar la vista atrás, son múltiples los instantes que se agazapan tras la puerta de mi memoria. Puerta que, en tu caso, muchos días queda convertida en una pesada y letal losa de olvido. Olvido empeñado en alejarnos cada día un poco más y contra el que todos los que te amamos luchamos cada vez que te tenemos enfrente.

Estoy segura de que, aunque a tu enfermo, debilitado y anciano cerebro, le sea casi imposible reordenar instantes de manera voluntaria, tu bravo espíritu sí que logra revivirlos en lo más profundo de tu ser. Tus carcajadas, las canciones que tarareamos juntas, tus caricias, tu genio, la dulce mirada que desprenden tus ciegos ojos, así nos lo gritan.

Estoy segura de que, por algún rincón de tu alma vuelves a evocar aquel instante en que, agotadas de tanto deambular entre momias, cuadros y esculturas, derrotadas por el cansancio, nos abalanzamos sobre el fresco césped frente al parisino Louvre.

Estoy segura de que, en alguna esquina de tu doblegada memoria vuelves a sentarte en el Kiosko Numancia a saborear ese cafecito solo y ese refresco de limón, mientras yo te vuelvo loca volviendo a pedirte por enésima vez que me lleves a ver a los patos del parque.

Hace unos días, la muerte de la actriz que hacía de Sofía en "Las Chicas de Oro", consiguió hacerme sobrevolar distancias y tiempos y regresarme hasta esa casa que fue nuestro hogar. Todo seguía igual que siempre: las flores azules llenando de primavera las paredes de mi dormitorio, la terraza del fondo con el ficus plantado cuando yo nací, tu inmensa suite con el armario empotrado repleto de colonias y de jaboncillos, las maderas de los muros del despacho entre las que tantas veces hacía que estudiaba mientras fantaseaba con ser lo que no soy, la gigantesca cocina con el patio a rebosar de olor a ropa recién lavada y tú.

Tú estabas sentada en el cuarto de la tele, en el que era tu sillón. Tus piernas, ahora vencidas y quebradas por el discurrir del tic-tac del reloj, te permitían, aún, descansarlas sobre el reposabrazos del otro sillón. Yo, tumbada en el gran sofá, frente a la traslúcida ventada, sonreía, feliz, al observar cómo te carcajeabas ante las ocurrencias de esa vieja cascarrabias de la tele, que vivía junto a su hija divorciada y a dos amigas de ésta en algún lugar de América que ni sabías dónde se hallaba, ni necesitabas de ello para ser tú.

Por entonces, tanto a ti como a tus tres amigas del alma, todos os llamábamos, precisamente, "Las Chicas de Oro". Érais clavadas a ellas en muchas actitudes y comportamientos y nos partíamos de risa con todas las anécdotas que os sucedían en vuestros viajes y excursiones de fin de semana. Tú eres la única superviviente de ese cuarteto femenino de cincuentonas viudas, peinadas de peluquería, alzadas sobre altos tacones y de firmnes andares. Y lo que más me apena es que ni siquiera sabes que ellas ya no andan por aquí abajo.

Tal vez lo que los demás vemos como una tortura desde fuera, para ti haya supuesto el mayor y mejor de los regalos. Ahora vuelves a ser la niña que alguna vez fuiste, pero que se vio obligada a crecer demasiado pronto por las propias circunstancias que el vivir le procuró. Quizá, convertida en la niña pequeña que ahora eres, disfrutes de cada instante, de cada sensación, de cada sonido, de cada olor, de cada sabor, como ninguno de nosotros puede llegar, siquiera, a imaginar. ¡Quién sabe! Puede que lo que para nosotros, los adultos sanos y "perfectos" nos parezca el peor de los dramas, para ti suponga un relajado recreo en tu rueda de existencias.

Estoy segura de que en algún espacio seguro de tu legado interno conservas intactas todas aquellas incontables partidas de parchís en que, como siempre, tú ibas con las verdes y yo con las fichas azules.

Estoy segura de que, por alguna rendijita de tu alma, vuelven a asomarse los paseos compartidos por Madrid, los disgustos cuando la niña suspendía y las alegrías de cuando te comía a besos.

Estoy segura de que, por algún segmento salvado de tu ausente memoria sobreviven los viajes a Galicia, los domingos en el Puerto de la Cruz y tus sabias manos tejiendo esas colchas que aún nos abrigan por casa.

Rocky vuelve a ladrar furibundo contra la hija de la vecina que no soporta y logra, por unos segundos, extraerme del cajón de nuestros recuerdos: los tuyos y los míos. Pero hoy, cuando cumples 81 años, no me cuesta nada aislarme de sus ladridos y de todo lo que aquí me rodea, para volver a ser "tu querida nieta ingratota".

Me hubiera gustado estar en la islita para ir a verte y llevarte esa tarta de manzana que tanto te gusta. Tú no lo sabes pero hemos estado a un pelo -como tú dirías- de volver a vivir cerca tuyo, como tanto deseo. Sin embargo, la crisis económica actual y la que está por venir nos han empujado, de momento, a no cometer excesos y a permanecer por un tiempo más aquí.

Me da miedo que, un día, una llamada intempestiva de teléfono me grite que ya nunca más volveremos a cantar "Dormida en el Bosque", tal y como me enseñaste y tal y como siempre hacemos cuando voy a darte la cena. Por eso me cuesta tanto saberme tan ausente de tu lado, porque tu tiempo como mi abuela amada se apaga a pasos agigantados.

Me dije antes de comenzar este escrito para ti que no iba a llorar al dejarme poseer por las Musas del recuerdo y, sin embargo, aquí me tienes, entregada a la magia de tu eterno AMOR y empapada de lágrimas de agradecimiento, distancia, cariño, morriña y momentos.

Gracias por todo lo que hiciste por mí, abuela. Gracias por darte por entero. Gracias por tus exigencias y cariños. Gracias por tus consejos y silencios. Gracias por todo lo que aún me das y me enseñas cuando llega el tiempo bendito de volver a disfrutarte por entero. Gracias por demostrarme que la vida es un soplo regado de eternos reencuentros...Septiembre está cerca, entonces, podré volver a comerte a besos.

Feliz cumpleaños, abuela...