Y THOR ME VIENE A VISITAR...
Resuenan los truenos a lo lejos, como si de una estampida de bravos y salvajes búfalos se tratase. Callan sus trinos los pájaros. Gritan, entre la diversión y el miedo, los infantes. Las hojas tersas de los árboles se agitan ilusionadas ante la ansiada lluvia que aparecerá en breves instantes.
Las fuertes rachas de fresco viento arrastran consigo a un mar de grises nubes que más parece la panza de un gigantesco Platero. Por la plaza, más agiles que de costumbre, transcurren los caminares de los ancianos paseantes. Se agitan los verdes toldos como intentando seguir el ritmo de la frenética danza que marca el retumbar de tambores celestes.
Mis ojos vuelven a elevarse ávidos de descubrir esa primera gota que, valiente y aventurera, ose separarse de su esponjoso hogar para dejarse caer, repiqueteando, sobre el alféizar de piedra de mi ventanal.
Los móviles, molinos y veletas del vecino de enfrente no cesan de girar y girar, como solitarios y tristes tíovivos en busca de carcajadas ajenas que den vida a su rutinario rodar.
Un joven prosigue con sus tandas de ejercicios en el gimnasio por el que me cuelo cada día, gracias a esa ventana abierta, tan baja si la comparamos con mi privilegiada situación. Ajeno al sordo resonar que se aproxima, continúa enfrascado en sudar y resoplar con tal de poder lucir los abdominales con que tanto sueña.
La piscina, antes rebosante de gentes parlanchinas y ruidosas, se me aparece ahora como una vieja charca olvidada, donde las azules y calmadas aguas empiezan a transformarse en una agitada marea que nadie observa y a nadie sorprende.
Surcan los cielos sonidos escuchados hace milenios. Surcan los cielos sonidos que serán escuchados dentro de miles de años.
¡Qué pequeños somos ante la potencia del rayo! ¡Qué minúscula puede llegar a sentirse la voz del hombre frente a la aclamadora y rotunda presencia del trueno! ¡Qué anecdótico resulta ser nuestro dominio cuando la naturaleza nos guiña el ojo por medio del llamativo relámpago!

Tenemos casi encima de nuestras cabezas al divino martillo invocando a los dioses por medio de su retumbar. Me gusta escucharle y disfrutar de su presencia tal y como se merece.
Adoro la frescura que su roce sutil le procura a mi cabello, disfrazado de agitada brisa. Me encanta ver cómo la negrura de la tempestuosa oscuridad se abate sobre nosotros, pese a que aún restan unas tres horas antes de que nos visite la noche.
Escucho cómo la lluvia se acerca, aún sigilosa, pero terca. Por fin, unas minúsculas gotas rompen la aridez de mi ventana y la van decorando, poco a poco, devolviéndole formas y dibujos que ya creíamos olvidados.
Creo que Odín discute con Thor sobre la necesidad que tiene de tanto protagonismo. Siempre me he sentido extrañamente cercana al del mágico martillo. Desde siempre me han embriagado las tormentas y este aroma a tierra recién mojada que se abre paso por mis adentros, llenando mi memoria con aromas de recuerdos.
La niebla comienza a descender sobre las colinas de la sierra. Algún inconsciente intenta asemejarse a Thor mediante la quema de ruidosos petardos que me han asustado ya por dos veces. ¡A la hoguera con el hereje! Vuelvo a sonreir al comprobar cómo la cúpula celeste contesta a esos burdos petardazos con un retumbante trueno que dura, al menos, 20 segundos y que deja a los petardos a la altura de lo irrisorio.

Una bicicleta alquilada hace eses sobre el brillante suelo de la plaza. Las cotorras argentinas, se refugian, mudas, en lo más profundo de sus trabajados nidos y las palmeras canariensis bailan agarradas a los cimbreantes cipreses.
Una vez más, la melodía metálica de las que empiezan a ser todas unas señoras gotas, al chocar contra las dos chimeneas de acero que presiden la azotea del edificio de enfrente, logra deslizar una sonrisa hasta mi rostro, mientras un paraguas bostezante cumple con su función a destiempo y con desgana.
No comprendo cómo es posible que los habitantes de los rascacielos de enfrente prefieran proseguir con su alienación televisiva antes de ser testigos del magnífico espectáculo con que nos premian los divinos dioses.
¡Pobrecito Rocky! Si continúa lloviendo así de bien, se quedará sin su paseo de madrugada. Él sí que tiene motivos para no soportar las noches de tormenta. Me acercaré al salón y jugaré un rato con él mientras, desde el ventanal abierto, los susurros y risas de Thor en forma de viento y gotas de lluvia acarician nuestros rostros y nuestros juegos.















politica-y-opinion dijo
jeje...
Buena descripción de una tormenta...
De las cosas que me encantaría fotografía son las tormentas electricas...
¿Rocky tiene miedo a las tormentas?...en la foto parece asutado (aunque puede ser en otro momento, claro...)
Mi perra Blaqui, en su primer tormenta se escondió debajo de una mesilla, y no eramos capaces de quitarla de allí...
Bueno, que empieces bien la semana...
14 Julio 2008 | 12:38 AM