HOY NO HAY VIDEO DEL DOMINGO...

Dentro de unas horas, casi todo el país se parará y muchos millones de españolitos nos sentaremos frente a la caja tonta y/o escucharemos las retransmisiones radiofónicas, ilusionados y expectantes. Se pone fin a 24 años de sequías futboleras. Dentro de unas horas, volveremos a jugarnos el orgullo de nuestros colores alrededor de los botes de un balón.
Los que me seguís con frecuencia sabéis que me encanta el deporte del balompié y no se me caen los anillos al reconocer que he preparado una cena especial para esta noche. Si al final nuestros chicos logran levantar el trofeo que les/nos acredite como ganadores de la Eurocopa 2008, la comida nos sabrá a gloria y si, por el contrario, caemos ante el férreo bloque alemán, ya sabéis: "las penas con pan son menos penas".
En esta casa, además, donde somos tan sumamente pro-germánicos, en el supuesto de que no alcanzásemos el objetivo ansiado, hasta lograríamos esbozar una sonrisa al haber caído frente a los chicos teutones.
En el pasado he sido una severa crítica con la labor de Luis Aragonés al frente de la selección española. No me gustaba su juego rácano, conservador e, incluso, a veces, cobarde. Su táctica se basaba en aguantar, cerrarse atrás y esperar a disponer de un claro contraataque y a mí lo que siempre me ha ido es el disfrute del balón, el abrir el juego, el toque, el jugar al hueco, lograr que corra la pelota y no el jugador. Por todo eso y por otras razones, como el hecho de que no convocase ni a Raúl González, ni a Guti, no me sentía a gusto con nuestros representantes, ni con su forma de moverse sobre el césped.
No me apasionaba la selección, no me enamoraba. Me ponían frenética su "falta de interés y su aparente desgana". Sin embargo, he de reconocer que, a partir del minuto 1 contra Italia, comencé a vislumbrar un nuevo carácter bajo las camisetas.
Sin esperar nada que no fuese más de lo mismo, me topé con la ambición, con el "feeling" entre líneas, con hambre de goles, con sed de disfrutar y de hacer disfrutar a los espectadores. De pronto, reconocí al orgullo, a la alegría, a la astucia y a la picardía hispana que, juntos, se habían apoderado de nuestros jugadores y, lo que aún era más difícil, hasta del equipo técnico.
Si el partido frente a los italianos me supuso un antes y un después con respecto a mi relación con "los nuestros", el encuentro contra los rusos ya fue el "acabose".
Hasta ese día, mis favoritos para llegar a la final eran precisamente los rusos y los alemanes. El juego mostrado por los eslavos frente a la naranja mecánica holandesa me dejó ojoplática perdida. Esos trallazos a puerta desde 30 metros de distancia, sin pestañear; esa rapidez por bandas; esa profundidad en cada uno de los ataques; la búsqueda continua de la portería enemiga y ese fondo físico, casi, casi, sobrehumano, me subyugaron por completo.
Todo lo anterior me llevó a sentarme sola frente a la tele sin demasiadas esperanzas con respecto al resultado del España-Rusia de semifinales. ¡Claro que me haría ilusión pasar, pero lo veía tan difícil!

Y he aquí que, tras los primeros tres o cuatro minutos de desconcierto mutuo, nuestros chiquitos se transforman en una muralla inexpugnable contra la que chocan, una y otra vez, los delanteros y centros rusos, que no ven hueco alguno por el que llevar a cabo sus planes.
Hasta ese día Sergio Ramos estuvo desaparecido sobre el terreno de juego. Mas, el trabajo que realizó durante esos primeros 45 minutos, durante los que se convirtió a la vez, en una latosa rémora y en un pesadísimo lastre tanto para el potente Zhirkov como para el rapidísimo Arshavin, valen por media copa.
España se adueñaba del espacio, de las ideas, de los chutes, de las asistencias, de la inteligencia, de la imaginación, del juego y hasta de la suerte de los que bien juegan y llegan, así, a ser campeones.
A los rusos por el contrario, a medida que pasaban los minutos, se les observaba más apagados, sin ideas, sin solución alguna para romper con la férrea hegemonía española.
Sé que la mayor parte de la gente recordará este partido por el excelente y vistoso juego español durante la segunda mitad y por los tres goles con los que masacramos a la portería del este, sin embargo, mi memoria prefiere evocar el esforzado trabajo de absoluta contención y de aplastante presión de los primeros minutos. Porque, sin éste, no hubiera existido tal segunda parte.
Se nos lesionó Villa que, por otro lado, no es de mis preferidos porque creo que, -al igual que le sucede a Torres-, aún ha de aprender a frenarse un tanto, a relajarse y a pensar un poquito más. Pero surgió el niño Fábregas -como me gusta llamarle- y, junto con mi genial y querido canarión Silva, acompañados por la inteligencia de Iniesta y por la pasión de Güiza, armaron la marimorena.
Sinceramente, no sé qué sucederá esta tarde. Voy e iré con España, pese a que, desde que descubrí el juego alemán durante el Mundial español del 82, soy una enamorada fanática de los bloques germánicos.
Confío en nuestras ganas, en nuestra hambre de trofeos, en nuestra inteligencia, en nuestra fuerza, en nuestro buen juego y en la energía y la magia con que la marea roja de almas y gentes españolas abrazaremos a nuestros chicos, impulsándoles a jugar, si cabe, todavía mejor que antes.













politica-y-opinion dijo
jeje....
Puedes poner un video de la seleccion española ¿no?
jeje
A POR ELLOS....
29 Junio 2008 | 09:58 AM