Hoy no me ha quedado más remedio que romper mi ritmo y orden de publicación. Una cifra gigantesca de cuerpos desparramados me ha escupido a los ojos la dolorosa realidad de la mayor parte del mundo.

Tal vez estos pensamientos que voy a plasmar, aquí y ahora, sean paridos entre abrazos demagógicos, pero me da igual porque son míos, porque así siento y así veo las cosas.

En mi deambular diario por la rutina y por los días, durante mis dos horas de meditación, de paseos y de ejercicios diarios, sumergida entre preocupaciones y sueños, entre sinsabores y alegrías, entre elucubraciones de todo tipo y sonrisas al viento, ruego a mis adentros, a eso que muchos llaman conciencia, millones denominan dioses, miles califican como YO -a eso que me bulle por dentro y que tanto amo, respeto y tengo presente en mi existencia-, que me envíe una señal, que me muestre una pista, que me envíe un reconocible suspiro que me aliente a seguir adelante.

Ese ansiado suspiro, hoy se transformó en un asolador ciclón, de nombre "Nargis", que, en el momento de transcribir mis erráticas reflexiones, se ha cobrado la vida de, al menos 22.500 almas.

Mientras que en el primer mundo nos obsesionamos por lucir el mejor cuerpo del verano, mientras que en esta vieja Europa todos vivimos pendientes de la suerte corrida por una desaparecida niña rubita, de ojos azules o del morbo ofrecido por una terrorífica historia de incestos asutriacos, allá lejos, donde nuestra vista no acierta siquiera a adivinar, decenas de miles de gargantas han dejado de poder nutrirse a base de arroz por culpa de la negligencia de un gobierno prepotente y por culpa de la letal desidia de un primer mundo, el nuestro, a quien interesa que los pobres sean cada vez más pobres y que los ricos y poderosos, acumulen, cada día, mayor riqueza y poder.

Estoy más que segura de que esos mismos vientos huracanados soplando y resoplando sobre el centro europeo no habrían causado ni dos centenas de fallecidos. Pero, ¿qué puede esperarse de ciudades enteras levantadas a base de latón, maderos putrefactos y techos de uralita? ¿Cómo va a sostenerse el humilde castillo de naipes bajo la sagrada rabia de Eolo?

Durante varios días, las cifras de muertos nos serán bombardeadas desde los diferentes medios de comunicación. Lamentablemente no cesarán de crecer. Supongo que, al final, se superarán los 50.000 muertos. Algo se nos encogerá en el estómago al toparnos con esos videos, que veremos a través de la caja boba, mientras nos zampamos una hipercalórica cena. Sin embargo, dentro de quince días, ninguno de nosotros recordará la noticia más que de forma leve y casi anecdótica y es que: ¡Birmania está tan lejos! Cierto, está lejísimos, tanto que me temo que casi ninguno de nosotros acertaría a situarla sobre un mapa, a la primera.

Una vez más me avergüenzo de mí misma y me vuelvo a preguntar por qué soy tan sumamente cobarde y no pillo un avión, ya, para ir a ayudar. ¿Qué es lo que me retiene aquí? ¿Qué es lo que me impide estar donde sí que sería realmente importante mi presencia? ¿Por qué no darme del todo, sin miedos, ni temores? ¿Es la comodidad? ¿Acaso el culpable es el propio egoísmo? ¿Tal vez la culpa sea del temor a perder lo que creo que tengo y que, en realidad, no me pertenece?

Puede que un día, no muy lejano, sea capaz de meter mi actual existencia en una pequeña maleta y aventurarme a regalarme a los que nada tienen, a través de la forma que terminen decidiendo mis propios pasos y esos adentros que, desde siempre, no cesan de formar un tenaz eco en mí.

Puede que un día, tome ese camino pleno de sacrificios aún antes de haberlo iniciado.

Puede que un día, no muy lejano, sea capaz de ello y puede que, entonces, ya sea demasiado tarde para mí...O no.

22.500 muertos y subiendo, mientras una señora de mediana edad pasea a su precioso caniche blanco, frente a mi ventana, sobre el verde césped, alrededor de los místicos cipreses. Todo parece perfecto por aquí y, sin embargo, puede que la perfección se halle bajo los nebulosos cielos de la arrasada Birmania.

¡Quién sabe! Tal vez la perfección no sea más que aprender de cada instante y de cada lección, de cada carcajada y de cada lágrima. Quizás, algún día, todos descubramos que cada hecho ocurre por una causa determinada y que no somos más que aprendices imperfectos, imperfectos y eternos hijos de infinitas perfecciones inacabadas.

Me duele la cabeza, pero no más de lo que me duele el alma por lo que pudo ser y no fue, por lo que será, aun no queriendo que sea.

Aprendamos del dolor y de la cobardía, de la muerte y del reir, de la desazón y de la comodidad, de la profundidad sita en la superficie del que no quiere mirar más allá.

Puede que un día, no muy lejano, mi rostro se ilumine al leer estas, entonces viejas, palabras y reconocer en ellas a todos los que un atroz soplido barrió de la faz del planeta.