(...)"Giebenrath se sentó al lado de Heilner y permaneció unos instantes contemplando las aguas verdosas. El viento jugueteaba con las hojas secas y susurraba su eterna canción entre las ramas. Los sauces se desmayaban sobre el espejo del agua, y la bruma lo envolvía todo en un velo gris. —Esto es muy triste –dijo Hans. —Sí. Ambos abandonaron la piedra y se tendieron sobre el césped. Sus pupilas dejaron de percibir el paisaje otoñal que les rodeaba, y se sumergieron en la contemplación del cielo ceniciento, manchado a trechos por unas nubes plomizas. —¡Qué nubes tan hermosas! –exclamó Hans, contemplándolas cómodamente. —Sí, Giebenrath. ¡Quién pudiera ser una de ellas!... –suspiró Heilner. —¿Para qué? —Para ser empujados por el viento sobre bosques, pueblos y montañas. Para deslizarnos sobre el cielo como unos barcos sobre el agua. ¿Has visto un barco alguna vez? —No, Heilner. ¿Y tú? —Sí. Pero tú no comprendes esas cosas. Sólo sabes estudiar sin descanso, resolver problemas de matemáticas y analizar textos hebreos. —¿Me tienes por un empollón? —Yo no he dicho eso. —No soy tanto como tú crees. Pero háblame de los barcos. ¿Quieres? Heilner dio una vuelta que estuvo a punto de hacerle caer en el agua. Quedó boca abajo, con la barbilla apoyada en ambas manos y los codos hincados en la hierba. —Vi esos barcos en el Rhin –dijo Heilner –, durante las vacaciones. Un domingo hubo música en ellos, y por la noche encendieron luces de colores. Las luces se reflejaban en el agua, y los barcos se deslizaban río abajo, entre músicas y risas. Se bebía vino del Rhin, y los vestidos blancos de las muchachas flotaban al aire tibio de la noche.
Hans escuchó en silencio. No dijo nada; pero cerró los ojos, e imaginó el barco deslizándose por las aguas oscuras, con música y luces rojas y muchachas vestidas de blanco. El otro prosiguió: —Era muy diferente a esto. ¿Quién sabe aquí cosas de ésas? Sólo aburrimiento y estudio. Lo más elevado que puede alcanzarse es el alfabeto hebreo. Tú mismo no sabes otra cosa. Hans calló. Aquel Heilner era una persona extraña. Un soñador, un poeta al que muchas veces había tenido ocasión de admirar. Todos sabían que estudiaba muy poco y apenas prestaba atención a las lecciones. A pesar de ello, sabía mucho, conocía la manera de dar buenas respuestas y servirse con propiedad de hermosas palabras. —Ahí tienes a Homero –exclamó, señalando el libro que estaba sobre la hierba –. En clase lo leemos como si La Odisea fuera un libro de cocina. Dos versos cada hora, y luego el estúpido análisis, palabra por palabra, para poder decir, al final de la clase: «¿Ven ustedes lo bien que compuso el poeta? ¡Acaban de echar una ojeada al secreto de la creación poética!» Pero la verdad es que sólo nos detenemos en los participios y en los aoristos, en las particularidades gramaticales y en la composición. Para hacerlo de esa manera, no me importa que Homero desaparezca del recuerdo de los hombres. ¿Qué nos importa, en realidad, toda esa monserga griega?. Si uno de nosotros quisiera tan sólo intentar vivir un poco a lo griego, le echarían inmediatamente del seminario. Y ¡nuestro aposento se llama Hélade!¡Pura burla! ¿Por qué no se llama papelera, mazmorra o sombrero de copa? Todas esas monsergas clásicas no son más que un embuste. Escupió al aire. —¿Has escrito hoy algún verso? –preguntó Hans. —Sí. —¿Sobre qué? —Sobre el lago y el otoño. —Enséñamelos. —No están terminados. —Y ¿cuando estén? —Sí. Entonces sí. Los dos se levantaron a un tiempo y emprendieron lentamente el regreso al convento. —¿Te has dado cuenta de lo hermoso que es esto? –preguntó Heilner cuando llegaron –. Pórticos, ventanas, arcos, refectorios y cruceros góticos y románicos, ricos y valiosos, llenos de arte y de poesía. Y ¿para quién todo este encanto? Para tres docenas de arrapiezos que quieren llegar a ser pastores. El Estado tiene de sobra. Hans estuvo meditando toda la tarde sobre Heilner y sus palabras. ¿Qué clase de persona era? Lo que para Hans eran deseos e inquietudes, no existían siquiera para él. Tenía pensamientos y palabras propias, vivía libre y ardiente, sufriendo dolores singulares y envolviendo en su desprecio a todo lo que le rodeaba. Gustaba la belleza de las viejas columnas y los muros vetustos, conocía el arte misterioso de reflejar su alma en versos y de forjarse una vida propia con su sola fantasía. Era animado y bravío, y hacía diariamente más chistes que Hans en un año. Era melancólico a la vez, y parecía gozar de su propia tristeza como de algo valioso y poco habitual que fuera totalmente extraño a su verdadero ser. Aquella misma noche dio Heilner una prueba de su naturaleza sorprendente y contradictoria. Uno de sus compañeros, un fanfarrón llamado Otto Wenger, le provocó a una pelea. Heilner permaneció unos instantes silencioso, entre despectivo y burlón; pero una bofetada de su contrincante le hizo dejarse llevar por la furia, y pronto estuvieron los dos enzarzados en una pelea violenta que les hizo ir dando tumbos por el aposento, de pared en pared, de silla en silla, para caer, por fin, en el suelo, abrazados furiosamente. Los demás compañeros hicieron corro a su alrededor y les contemplaron con semblantes críticos, sorteando el ovillo que formaban los dos belicosos, hurtando de su furia las piernas, las mesas y las lámparas, y aguardando el desenlace con alegre emoción. Heilner fue el primero en levantarse, con el rostro crispado y la respiración alterada. Se apartó de su contrincante, y pasó la mirada por los espectadores.Tenía los ojos enrojecidos, la camisa rota y un siete en la rodilla del pantalón. Wenger se levantó también, dispuesto a precipitarse de nuevo sobre él; pero, con gran sorpresa de todos, Heilner abrió los brazos y exclamó con sencillez: —No sigo peleándome... ¡Pégame si quieres!
Otto Wenger se marchó sin parar de insultarle, y Heilner se apoyó en la cabecera de su cama, metió las manos en los bolsillos y pareció querer acordarse de alguna cosa. Súbitamente comenzaron a brotar lágrimas de sus ojos, una tras otra, cada vez más copiosas. Todos le contemplaron llenos de asombro, pues, sin duda alguna, lo más vergonzoso que podía hacer un seminarista era llorar. Pero él no hizo nada para disimularlo, y ni siquiera abandonó el aposento. Permaneció en pie, apoyado en la cabecera de la cama, con el pálido rostro vuelto hacia la lámpara, sin secarse las lágrimas ni sacarse las manos de los bolsillos. Los demás le rodeaban curiosos y llenos de malicia, silenciosos y emocionados. Hartner fue el primero que se atrevió a romper el silencio: —¿No te da vergüenza, Heilner? – El aludido miró lentamente a su alrededor, como uno que despierta de un sueño hondo. —¿Avergonzarme?... ¿Ante vosotros? –exclamó luego, despectivamente –. No, no, nunca. Se pasó la mano por los ojos, sonrió burlonamente, apagó su lámpara y salió del aposento. Hans Giebenrath había permanecido en su sitio durante toda la escena, contemplando únicamente con ojos admirados la extraña actitud del poeta. Un cuarto de hora después se atrevió a ir en busca del desaparecido. Le encontró en uno de los rincones más sombríos del claustro, contemplando ensimismado el crucero oscuro en la actitud del que medita profundamente. No se movió siquiera cuando Hans se acercó a él, ni tampoco pronunció una sola palabra. Transcurrieron unos minutos largos e interminables. Sin volver la cabeza ni hacer un solo ademán, Heilner preguntó por fin:"(...)
(Texto extraído de "Bajo las ruedas", obra de Herman Hesse)








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