MATTHIEU RICARD: EL MONJE FELIZ

Hoy me he decidido a traeros algo muy especial para mí.

Hoy os traigo un video que narra, de un modo muy conciso, lo que viene a ser el secreto de la felicidad, eso que todos buscamos y que muchos continúan empeñados en conseguir a través del consumo más servil y a través de tapar agujeros internos con elementos externos a sí mismos.

Hoy el video es una simple excusa para daros a conocer a un hombre increíble.

Hoy quiero daros a conocer a Matthieu Ricard: el hombre más feliz sobre la faz de la Tierra.

Nacido en París en 1946, el «monje feliz», como se le conoce en todo el mundo, creció en un ambiente ilustrado. Su padre, Jean-François Revel, fue un reconocido escritor, filósofo y miembro de la Academia Francesa. Su madre dedicó gran parte de su vida profesional a la pintura surrealista y tuvo un gran éxito antes de convertirse, también ella, en monja budista.

Ricard vivió en su juventud los excesos propios del París de los años 60 y, tras terminar sus estudios de secundaria, se decidió por las ciencias. Hizo su doctorado en genética celular, en el Instituto Pasteur de París, y trabajó con el premio Nobel de medicina François Jacob. Parecía destinado a convertirse en uno de los grandes investigadores del campo de la biología cuando le dio a su padre el disgusto de su vida.

El estudio de textos budistas desencadenó una llamada espiritual que le llevó a dejarlo todo. Con el mundo a sus pies, siendo un excelente biólogo molecular y a punto de convertirse en una eminencia científica, un buen día decidió que ése no era el rumbo que quería para su vida. Decidió que el laboratorio no era lo suyo y partió hacia el Himalaya para hacerse discípulo de Kangyur Rinpoche, un histórico maestro tibetano de la tradición Nyingma, la más ancestral escuela del budismo.

Adoptó el celibato y la pobreza de los monjes e inició una nueva vida desde cero. Era el año 1972 y las próximas tres décadas de este francés de carácter suave y cultura exquisita –el único europeo que lee, habla y traduce el tibetano clásico– iban a ser dignas del mejor guión de una película.

Tras estudiar con los grandes maestros del budismo, pasar meses en retiros y recorrer los pueblos del Himalaya, conoció al Dalai Lama y en 1989 se convirtió en uno de sus principales asesores y en su traductor al francés. Su posición como mano derecha del Señor de la Compasión le ha convertido en la figura budista occidental más influyente del mundo y llevó al gobierno francés a concederle la Orden Nacional Francesa.

La vida elegida por Ricard le enfrentó a los ideales en los que se había formado y al ateísmo de su padre. Ambos decidieron discutir sus diferencias en "El monje y el fisólofo", un diálogo que sólo en Francia vendió 500.000 copias y en el que la búsqueda de la felicidad está presente en cada capítulo. «Tenía muchas esperanzas en su futuro profesional y me parecía una lástima que abandonara [su carrera científica]. Después me di cuenta de que había transferido su espíritu científico al estudio del budismo», decía su padre antes de morir, una vez hubo aceptado la elección de Matthieu.

Es de esta forma como, tras una vida de renuncia a lo material y de ensimismación (así lo llamaba Herman Hesse) en su Yo, Ricard ha logrado la sabiduría a través de la paz y el autoconocimiento, dos vías que seguro pueden llevarnos a la felicidad.

Hoy es la mano derecha del Dalai Lama y ha donado millones de euros -producto de la venta de sus libros- a monasterios y obras de caridad. Pero eso no es la causa, sino la consecuencia de su felicidad…

Este budista francés no plantea, además, que su modo de vida deba ser adoptado por todo el mundo para lograr la felicidad. Por el contrario, y con mucha razón, plantea que la felicidad está dentro de nosotros, y que ésta puede aprenderse y entrenarse, sabiendo dónde mirar y hacia dónde dirigirse. Ricard admite que su camino no es más que uno entre muchos, pero advierte que ser feliz necesariamente sucede al dejar de culpar a los demás de nuestra infelicidad y buscar la causa en nuestra propia mente.

“Vivir las experiencias que nos ofrece la vida, es obligatorio; sufrirlas o gozarlas, es opcional”. «¿Acaso quieres vivir una vida en la que tu felicidad dependa de otras personas?».


Desde el año 2000, Matthieu Ricard ha sido un miembro activo del Instituto para el Pensamiento y la Vida y participa en la investigación científica actual sobre el entrenamiento mental y la plasticidad del cerebro. Además es co-director del monasterio budista de Shechen en Nepal. Allí se consagra a realizar y desarrollar los proyectos de Khyentse Rinpoche.

En cuanto a sus proyectos humanitarios, Matthieu tiene en ejecución proyectos para sostener en el Tibet dieciséis clínicas, siete escuelas (incluyendo una para 800 niños huérfanos que atraviesan desesperados el Himalaya en busca de una formación en su cultura, en la India) y programas que también acogen a cientos de personas mayores. Igualmente costea la construcción de siete puentes.

Lograr el objetivo de la dicha no es fácil. Ricard ha escrito una decena de libros y cientos de artículos tratando de mostrar el camino y, aunque la mayoría de sus obras se han convertido en éxitos editoriales, el propio autor descarta que su lectura garantice el éxito.

Al igual que un logro en atletismo o en la vida laboral, el cambio sólo es posible con esfuerzo y tenacidad, pero Ricard asegura que todo habrá merecido la pena una vez se alcanza el estado de éxtasis mental que logran los elegidos. En su "Defensa de la felicidad" (Urano), la traducción de su último libro publicado en España, el monje explica cómo nuestra vida puede ser transformada incluso a través de variaciones mínimas en la manera en que manejamos nuestros pensamientos y «percibimos el mundo que nos rodea».

Ricard suele acudir a una anécdota del Dalai Lama para negar que el control de los impulsos negativos sea igual a pasividad o falta de respuesta, por ejemplo ante un crimen o un genocidio. «Alguien le preguntó en una ocasión al Dalai Lama qué haría si alguien entra en una habitación para matar a todos los presentes. Su respuesta irónica fue: «Empezaría por dispararle a las piernas. Y si eso no funciona, apuntaría a la cabeza».

Ricard cree que el problema es que nuestros sentimientos negativos hacia otras personas no están a menudo justificados, sino que los hemos creado nosotros en nuestra mente de forma artificial como respuesta a nuestras propias frustraciones. Y ése es uno de los impulsos que el monje francés piensa que hay que aprender a controlar si se quiere ser feliz.

Para él, la felicidad es «un tesoro escondido en lo más profundo de cada persona». Atraparla es cuestión de práctica y fuerza de voluntad, no de bienes materiales, poder o belleza. Los que llegan al final del viaje y logran la serenidad que lleva a la dicha, asegura Ricard, sienten lo mismo que «un pájaro cuando es liberado de su jaula».

Incluso la pérdida de los seres queridos puede sobrellevarse con relativa facilidad si se afronta la muerte desde una perspectiva nueva, menos centrada en su dramatismo. «Mi padre murió el año pasado a los 82 años. Como dependía tanto de su brillantez intelectual, cuando se vio limitado se desanimó», aseguró el monje, para quien la muerte de quienes nos rodean debe ser aceptada como un paso más en el ciclo natural de la vida y no necesariamente como un episodio triste.

«El mejor homenaje que podemos ofrecer a los que ya no están con nosotros es vivir la vida de forma constructiva, ser conscientes de que nacemos solos y morimos solos. ¿Por qué no sentir que cada ser humano es nuestro familiar, que cada casa es nuestro hogar?»

Matthieu Ricard, en lugar de una casa en la playa, ha elegido una vida contemplativa en el monasterio nepalí de Shechen. Matthieu Ricard ha regalado los millones de euros procedentes de sus libros (se han vendido millones de copias en todo el mundo y han sido traducidos a una decena de lenguas). Matthieu Ricard ha evitado los conflictos propios de la vida en pareja.

El «hombre más feliz del mundo» no sugiere que todo el mundo haga lo mismo para encontrar la dicha. Sólo que aprendamos que la deseada casa de la playa, los millones en el banco, poseer la mejor figura o esa pareja tan atractiva tampoco nos conducirán a ella. Aprender a contentarnos con lo que tenemos, quizá sí.

A sus 61 años, quien hoy es asesor personal del Dalai Lama, tiene una vida digna de un guión de cine y por eso hoy he querido traeros una parte de él hasta aquí y recordaros que ser felices depende de nosotros mismos, que es un aprendizaje, una actitud, un camino, una forma de vivir y no una meta por alcanzar.

¡¡¡¡FELIZ DOMINGO PARA TODOS!!!!