Hace menos de 24 horas que te enterramos en los mismos parterres de los jardines en que ya reposaban los restos de otros compañeros de vida, entre ellos los de dos de tus cuatro hijos.

Bajamos los tres a despedirte. Quise que nos acompañase Rocky, quien te dio muerte de una forma que supongo inocente e imagino que rápida, como constancia de que la crueldad no existe dentro de las leyes naturales.

Preparé varias cositas para que te acompañasen en tu viaje eterno: una fresquita y verde rama de apio que tanto te gustaba, una de las olorosas flores de tela, que siempre actuó como ofrenda a mi colección de egipcios dioses, y los cascarones de los huevos que pusiste hace ya unos cuantos años. Huevos de los que nacieron Nano y Coji y que guardé como un tesoro durante todo este tiempo.

Fueron las tiernas manos de Rafa quienes cavaron tu pequeña fosa, mientras Rocky observaba y yo miraba a ambos, manteniéndome atenta a que ningún intruso de dos o cuatro patas interrumpiera ese sagrado momento. Luego, un breve y gélido paseo y, de nuevo, el regreso a casa. Una casa que parece vacía sin tu presencia.

Sé que muchos no comprenderán que me sienta tan triste por la muerte de "un simple periquito", pero es que tú eras Carlota, la madre de la familia, otro miembro más de este hogar...Y el más guapo de todos, además.

Dolores de cabeza, ingesta de analgésicos, apatía y desgana. Insomne cansancio. Escribir. Imaginar. Recordar a los que dejé en Tenerife. Extrañarles. Planear la vuelta a la islita para dentro de unas semanas, permaneciendo por allí, tal vez dos o tres meses. Buscar una nueva casa por su parte norte: quiero fresco y verdes, niebla y campo, silencio y estrellas.

Sentir que el hambre se agudiza y caer en la cuenta de que en todo el día sólo he ingerido algo de jugo de naranja. Esperar a Morfeo viendo cosas grabadas en el video. No pensar. No sentir....Imposible en mí. Ya sabes que mi cabecita no cesa quieta ni un instante y, de nuevo, viajo a través del espacio y del tiempo hasta mi amada Plaza de la Concepción lagunera. Echo de menos las ventosas callejuelas laguneras. Echo de menos perderme entre verodes y palmeras, sobre centenarios adoquines y bajo atmósferas de leyenda. Echo de menos ese lugar concreto, esa coqueta plaza y todo lo que ella conlleva.

Ayer jugábamos en casa, mi Españolito jugaba en Montjuïc, pero no me apetecía ir. Supongo que los que me conozcan un poco se figurarán el abatimiento que sufro, que ni ganas de ir a sentarme en mi asiento blanquiazul (es un decir, son de un gris cochino y feo que no veas) me quedan.

Compramos el partido por la tele y acabé con un paquete de pipas que mi madre dejó por aquí olvidado. Mañana comienzo mi propia cuaresma nutricional, pero hoy me zampé las pipas. Después de todo, continuaba con más juguito de naranja como único alimento en mi siempre hambrienta tripa.

Todo me decía que perderíamos este partido y cuando en el minuto 12 los mallorquines nos metieron el gol, ni siquiera me enfadé. Afortunadamente, el genial Pablito (Zabaleta, no te vayas a la Juve y quédate aquí) tiró del resto de pericos -dentro y fuera del campo- y, al final, remontamos y ganamos el partido, colándonos, de nuevo, en los primeros puestos de la tabla, con posibilidades de jugar la próxima temporada en competiciones futboleras europeas.

¡Qué cosas tiene la vida! Te vas tú del modo más imprevisto, mi querida periquita y, por otro lado, los pericos nos llenamos de oro europeo y de posibilidades de victorias más allá de los Pirineos.

Después de los éxitos cosechados por la seguidora españolista y periquita confesa Gemma Mengual , tras ganar sendas medallas de oro en los Campeonatos de Europa de natación sincronizada, en su ejercicio individual y junto al resto de compañeras en la categoría de equipo, la victoria sobre el césped nos supo como maná cayendo del cielo.

Y hoy un nuevo lunes se despertará entre cantos de madrugadores mirlos. Y yo volveré a buscarte dentro de tu enorme jaula. Y no podré descubrirte porque ya vuelas, incansable, por el cielo inmortal.

El miércoles viene mi padre a por Rocky. Se lo llevará con ellos, aunque le siga sintiendo mío. Sé que, si se lleva bien con Lupo, será mucho más feliz allí que, aquí, con nosotros. Aunque ahora nos adore y, en mi caso, ya no recuerde cómo era vivir en esta casa sin un peluche peludo que se mueva y no pare.

Vienen días duros. Que la paz de tu mirada infinita nos procure la sabiduría y las fuerzas necesarias para poder sobrellevarlos lo mejor posible.

Hasta siempre, Carlota. Cuídate mucho hasta que podamos volver a reunirnos. Te amamos. Sé feliz y haz felices. Vuela alto y que tu alma sonría siempre.