"¡NI SE TE OCURRA VOTAR A RAJOY: HAY QUE VOTAR A ZAPATERO!"
Una treinteañera rubia de bote pasea, a primeras horas de la noche, junto a su peludo y alocado perro. Después de entablar un breve diálogo con un anciano que pasea a su caniche blanca, decide darse un homenaje y comprar unos cuantos churros con los que acompañar a la ensalada nocturna. Sí, ella es así de rarita y le encantan las ensaladas con churros.
La obesa y joven churrera le hace viajar en el tiempo sin que ni ella ni su grasiento delantal se percaten de ello. Sin darse casi cuenta sostienen una conversación que trata de perros, niños hiperactivos y el amor hacia todos ellos. Paga los churros y continúa su deambular junto a su alocado y peludo perro.
Atraviesan la pequeña rambla, suben por la calle de la autoescuela, se relamen -ambos- al pasar por delante de la panadería y llenarse de su fragancia a bollos calientes, y terminan doblando la esquina donde los cachorros humanos adolescentes creen repartirse al ganado femenino. Es entonces, sólo unos pasos después, cuando sucede.
Una voz clara, fuerte, que se eleva por encima de los ruidos de la noche, le hace desacelerar sus pasos.
-"Que sí, que sí, que tienes que votar a Zapatero" -recalca el hombre una y otra vez.
La rubia teñida, desde una respetuosa distancia, observa al caballero. Es alto, muy delgado. Debe rondar los 60 ó 65 años. Se halla apoyado contra la ventanilla abierta de un coche que parece pertenecerle. Mantiene el ademán de ir a entrar en el bar que tiene justo frente a sus narices, pero no acaba de decidirse.
-" Que no me entere yo de que votas a Rajoy porque la armo. Que no importa lo que te diga Juanín, que diga lo que le dé la gana. Tú le dices que sí y luego metes en el sobre la papeleta de Zapatero. Aunque estén ellos ahora en el ayuntamiento, ya verás que sale Zapatero, seguro, pero hay que ir a votarle" -vuelve a repetir, incansable, con ese acento gallego del que lleva cuarenta años fuera de su verde Galicia y que, sin embargo, mantiene tan céltico.
La teñida rubia sonríe y continúa con su paseo nocturno mientras, a su espalda, el enjuto zapaterista reitera y añade:
-"Ya mandaré yo a alguien para que te vigile al votar porque no me fío nada. Que sí, coño, que Zapatero sale seguro, que ni se te ocurra votar a Rajoy, que ya mandaré a alguien para que se encargue de Juanín. Ten claro que hay que votar a Zapatero, que hay que ir a votar el domingo, como sea, pero a Zapatero".
El peludo y alocado perro vuelve a tirar, afortunadamente, de la cadena que sostiene a la rubia teñida anclada al suelo. Ella ya comenzaba a volar entre relatos de infancia sobre votos comprados y sacos de papas, puerta por puerta, para que se votase a tal o a cual candidato. Un nuevo tirón de la correa la arranca de aquellas divertidas carreras entre huertas mientras los "amores secos" se agarraban, torturadores, a los calcetines y a la piel de sus tobillos al atravesarlos.
Perro y dueña sonríen. Él porque sabe que le caerá algún que otro pedacito de churro. Ella porque vuelve a darse cuenta de que, por mucho tiempo que pase y, aunque las apariencias cambien, todo sigue igual que siempre.








La democracia es el ejemplo.
Historias que al final terminan como todos sabemos.
Me ha gustado mucho tu blog tan bellamente presentado.
Im-presionante.
Saludos.
Todos son iguales, pero hay algunos peores
La vida pasa y gracias a ti, me recuerdo de como antes de ir al colegio electoral, ese domingo en el cual mi edad no me permitia el voto, siempre antes de salir, para desayunar mi padre traia churros a mi casa.
¡Benditos churros y bendito chocolatea la taza de mi madre!
¡Bendita tú, por tan bellos recuerdos!
MSX