... Y VOLVIÓ A PASARME UNA VEZ MÁS

Por más temprano que llegue al aeropuerto -y suelo hacerlo con un par de horas de antelación a mi vuelo- volvió a adelantárseme la marabunta de la tercera edad. De verdad que no sé cómo lo hacen.

En teoría tendrían que ser los más lentos, los que se lo toman todo con más calma para, así, evitar subidones peligrosos de azúcar y posibles luxaciones de tobillos y/o rodillas. Además, ¿no son los que ya no deberían tener prisas para nada?

Estando ya jubilados, con los hijos criados y los nietos malcriados, sin tener que rendirle cuentas a nadie, ¿para qué ir agobiados y contando los minutos?

Claro que, igual la gran mayoría de abuelos son humanos adultos "apachorrados" (¿existirá este término?), gentes calmadas, mayores lentitos, salvo aquellos que se tropiezan conmigo.

Siempre intento llegar bastante temprano a la facturación del equipaje porque, por regla general, voy cargada como una mula y con un claro exceso de equipaje. Sólo porto una maleta, pero es raro que su peso baje de los 30 ó 35 kilos de peso.
Llegando a horas tempranas, siendo simpática, amable y sonriente, lo más normal es que me dejen pasar los kilos de más sin tener que apoquinar ni medio euro. Sin embargo, esta tarde, al entrar en el aeropuerto, tras encaminarme hacia mi correspondiente mostrador, cuando levanté la mirada y observé lo que mis ojos se encontraron, casi me da un patatús.

Faltaban dos horas y cuarto hasta el despegue del avión y unos cien abuelos, cargados de "matules" (también tendré que mirar en la RAE si tal vocablo existe) esperaban, incansables, a que les llegase el turno.

Me sentí como en esas pesadillas en que te ves a ti misma en un extremo de un oscuro, angosto, agobiante e infinito pasillo, armada con mi gigantesca maleta fucsia y mi maletín de mano azul marino, mientras el pasillo interminable no cesa de crecer y crecer.

La dulce voz de mi madre y el tacto de su mano sobre mi hombro al decirme: "es tu sino, mi niña", me hicieron esbozar una sonrisa de circunstancias al tiempo que le hacia prometer que, ni locos, ella y mi padre viajarían jamás con el IMSERSO.
-Bueno, a Escocia, en mayo, ya sabes que vamos con un grupo, - añadió con un mohíno susurro.
-Eso es distinto, boba. - Le remarqué.

Casi una hora tuve que esperar, de pie, hasta el instante en que me tocó el turno. Más de cincuenta minutos durante los que tuve que soportar que el carro de atrás (de más está decir que lo pilotaba un yayo con alma de Alonso) chocase contra mis talones de Aquiles una docena de veces y que todos me mirasen y me remirasen como lo hacían los ladrones de cuerpos a los aún humanos: gritando a los cuatro vientos, con sus inquisidoras miradas que yo era una total intrusa dentro de su hermético grupo.

Preparada tenía ya la tarjeta de crédito para encaminarme hacia el mostrador de mi compañía aérea y abonar los cerca de 80 euros que me correspondían por mis 13 kilos de más, cuando la amable y simpaticona azafata de tierra me indicó que me lo dejaba pasar por el día tan agobiante que llevaba y por la espera que había tenido que sufrir...Después de todo, los abuelitos habían evitado que tuviese que pagar casi el doble de lo que me había costado el pasaje.

Y aquí estoy ahora, sentada en la última fila de un reactor, rumbo a mi adorada Ciudad Condal. Pegada al pasillo y teniendo como compañeros de fila a Avelino y Señora, los de "Escenas de Matrimonio", o como se llamen.

No, no es que se trate de la pareja de actores en cuestión, sino que el matrimonio de jubilados sentado a mi derecha es casi un clon de ellos dos: ella, muy oronda, resuelta, dicharachera y mandona; él, delgado, con bigote, canoso con entradas, discreto y dormilón.

Son agradables, educados y simpáticos. Nos hemos invitado a caramelos para la garganta puesto que ella y yo andamos muy agripadas y respiramos algo entre ataque y ataque de tos. También me ha hablado de su segunda visita a mi islita amada y que han aprovechado para pasar, por vez primera, una semana en Lanzarote.Tras las fiestas pondrían rumbo hacia Menorca.

Me gusta sentarme al final. Me gusta observar los rostros de las gentes que pueblan el avión: blancos, mulatos, negros, ancianos, niños, jóvenes, adultos y hasta un par de canes peludos.

Todos los que intentan llegar hasta el cuarto de baño y hacen cola vuelven a fijarse, una vez más, en la peliteñida que escribe y escribe sin cesar. Jamás dejará de sorprenderme que a la gente le llame tanto la atención descubrir a un tercero escribiendo.

Ahora mismo, el típico "neng" con botas grises de tacón, tipo country, brazos en jarras y apoyado contra el respaldo de un asiento libre, es quien estudia, sin disimulo, cómo mi mano va y viene sobre la pequeña libreta, emborronando hojas en blanco.

¡Cuánto dicen los zapatos de las personas!. Deportivas gastadas, mocasines impolutos, botas de punta fina y tacón de aguja...Va siendo el momento de leer un rato. Aún queda hora y media para llegar. Puede que luego siga narrando anécdotas o puede que me convierta en la protagonista de la anécdota de otros.

(Texto escrito en la noche del 19/12/07)