Hace 18 horas que lloraba el regreso eterno a casa, en una urna, de Luna. Nada me hacía presagiar que, dieciocho horas después, me montaría en un nuevo avión hacia mi Barcelona querida. Sin embargo, así ha sido.

Anoche, deprisa y corriendo, tuve que tomar la decisión de volver a cruzar el cielo, aun cuando otras programadas y próximas vacaciones están a punto de caer. Pero es que alguien a quien amo me necesita.

Hoy, cuando el manto azul del Atlántico yace, sereno, bajo nuestro inquieto volar, corro en pos del hombre que más he amado y mejor y más me ha sabido amar.
Está pasando por uno de los momentos más dolorosos, oscuros y estremecedores de su vida y, pese a que ninguno de nosotros está enamorado del otro, el lazo del amor, del cariño, de la confianza, de la amistad y de la ternura nos abraza y seguirá haciéndolo mientras existamos. Y por eso voy a su encuentro.

Corro hasta él porque sé que él haría lo mismo por mí aunque me hallase en la otra esquina del mundo. Mas es que, aunque imaginase que él no fuera capaz de hacer algo similar por la que os escribe estas líneas, me daría exactamente igual.
Es el amor sentido hacia el propio amor quien me impulsa a romper con mi rutina y obligaciones para, de este modo, dedicarme por entero al alma compañera que se siente hundida, moribunda y desolada.

Un sol abrasador me ha despedido de mi islita volcánica. ¡Estas temperaturas no son normales a mediados de Noviembre!

El color verdoso de mi paquete de palitos de pan trae hasta mí la imagen de un verdoso ogro que, una vez más, curioso donde los haya, vuelve a asomarse a este lado del tapiz.
A veces me desconcierta. Otras, me enriquece. Siempre me acompaña.

Confío en que el trío de orcos chancleteros que se han sentado dos filas de asientos más atrás acabe por rendirse ante el poderoso influjo del dios Morfeo y no nos sometan a la letal tortura de tres horas de insulsos y molestos jijiji-jajajas.

A mi izquierda, el pasillo con el consabido discurrir de azafatas de azul oscuro. A mi derecha, un asiento vacío y, más allá, junto a la ventanilla que tanto me gusta mirar, un cuarentón. Tal y como menea ambas piernas, mientras repasa sin cesar las páginas de un libro sobre construcciones, distintas medidas, sistemas de construir y explosivos, supongo que se dirige o a dar un curso que no domina o a pasar por el sufrimiento de un examen cuyo resultado parece que será muy importante en su vida.

No sé cuál sería vuestro caso, pero en el mío, cuando volaba siendo una niña todavía, las azafatas, todas, eran guapísimas, altísimas y amabilísimas. Ahora las tenemos de todos los tamaños, formas y colores, pero lo que es realmente lamentable son los ademanes y malos modos de algunas de ellas para con respecto el pasaje.

Por regla general suelo tener bastante "buena suerte" con las tripulaciones de mis vuelos, pero en la de hoy se halla infiltrada la malvada bruja del Este. Claro que, a mí, no me la pega.

Esta bruja tiene en común con mi ogro el color verdoso de su rostro -acaso también del resto de ambos cuerpos: vaya usted a saber-, pero poco más, para fortuna de mi querido ogrito.

Alta, flaca, rectilínea y desgarbada, con mechas rubias y anclada a una napia, que para sí la envidiara Kalina de Bulgaria, siempre rauda y veloz, pone el mismo énfasis en correr que en pasar de sus pasajeros...

¡¡¡Qué le corten la cabeza!!!

¡Hay que ver lo bien que comprendo en momentos como éste a la Reina de Corazones de Alicia!

El ejecutivo del otro lado del pasillo, en un principio tan modosito gracias al sueño, se ha parapetado tras sus gafas negras de marca y con un escorzo de 45 grados hacia la rubia que sonríe al escribir, no pierde detalle.
Si le mirase, estoy segura de que intentaría entablar conversación. Pero, ¿para qué soportar una nueva sesión de buitreo leonado? Aún quedan dos horas de vuelo: ¡cómo para tener que soportar babas ajenas!

La bruja ha vuelto a pasar. ¡Qué lástima de mujer!¡¡¡¡¡Con lo mucho que dulcificaría su anguloso rostro una amable y gratuita sonrisa!!!!!

Delante del buitrón de marca, una señora de más de 65 se pasea entre su paquete de patatas y su portátil. ¡Qué envidia, leñe! ¡Y mientras yo, aquí, con mi libretita cuadriculada y mi plástico boli rojo de "Cáritas"... Pero ¿y si me decido por comprarme el ordenador, cargarlo a todos lados y luego ya soy una esclava de las palabras para siempre jamás? Claro que: ¿acaso soy otra cosa?

Me pregunto con qué me encontraré cuando traspase, de nuevo, el portal del que otrora fue mi hogar. Tengo cierto miedo, pero soy fuerte y me crezco ante los problemas graves. Sobre todo cuando me necesita alguien tan importante para mí.

El buitre humano sigue agazapado y atento. A la más mínima oportunidad que le muestre se lanzará a degüello. Al menos no lleva chanclas y porta unos zapatos negros e impolutos.

He dormido menos de dos horas esta pasada noche y, pese a ello, me siento fresca y tranquila: un lobo estepario me espera en la capital catalana.

Siete viajes más me quedan por delante en menos de dos meses: ¡cómo se me vuelva a colar en facturación de equipajes la marabunta de abuelos del IMSERSO, me veréis las caras en la sección de sucesos de los informativos!

Intentaré echar una cabezadita, a ver si, de este modo, se me pasa más rápido el tiempo...Y los sueños y deseos se cumplen pronto y con mayor fuerza.

(Texto escrito en la tarde del 13/11/07)