...El canto de los mirlos al despertar mis infantiles mañanas de invierno.
...Los ojos ardientes y los pulmones por reventar al fluir, buceando cual sirena encantada, sin hacer uso de mis redondas gafas azul cielo.
...El palpitar, aceleradamente acompasado, de su latir vital cuando mis callados labios descansaban, durmientes, sobre su despierto cuello.

RECORDANDO...

...El colorido artificial y deslumbrante de los pollitos del parque, cuando me empeñaba en rescatar, al menos, a un par de ellos de entre la caótica maraña de obscenos tonos.
...La fresca cascada naranja devolviendo la vida y la palabra a mi seca y maltrecha garganta, tras el descanso posterior a una noche de farra.
...Los tirones de pelos que sus hábiles, rápidas y generosas manos me procuraban al peinarme, cada mañana, cuado aún los gorriones gorjean y el rocío todo lo impregna.

RECORDANDO...

...Los veranos en los que el Sol, aún amigo cómplice y compañero galante, me regalaba el dorado de las dunas en mis castaños cabellos y pintaba de tostado mi delicada piel.

...Las cenas de Nochebuena alrededor de la gran mesa de la que fue mi gigantesca cocina, contenta y feliz porque, como cada año, la fuente de chicharrones quedaba, al igual que las alegres risas, al alcance de mis aniñadas manos.

...El cálido tacto de un pequeñísimo cuerpo a medio emplumar, aleteante de vida y cantor de nuevos días por descubrir y nuevas aventuras que picotear.

RECORDANDO...

...El sabor sensual del chocolate: embriagante, único y cálido. Como el sexo del amante entregado, que intenta abrirse camino hundiéndose, persigue hundirse elevándose y logra alzarse abandonándose al paladeante placer.

...Los juegos de mis primeros años en los que la porcelana conformaba un universo, el papel un cosmos, las paredes el mejor de los lienzos, la soledad un océano de emergentes descubrimientos y las muñecas el menor y más aburrido de los entretenimientos.

...Al primero de mis fantasmas conscientes: aquel niño de rubia cabeza que, sin más, me observaba, de pie, sonriendo y silente, a la derecha de mi madrileño lecho, cuando un saco de piedras vikingas decidió abrir una puerta en mí, para siempre.

RECORDANDO...

...El primer beso que me abrió la boca sobre los oscuros y polvorientos escalones de una pequeña discoteca santacrucera. Beso que me supo a acerado metal. Beso torpe e incontrolable. Beso avergonzado e inolvidable. Beso irrepetible y mejorable.

...Las febriles noches en el sofá de tonos mostaza del cuarto de televisión con paredes repletas de flores azules, tiritando y soportando continuos espasmos musculares.

...El sonido de las teclas de un desconocido piano regalándome el sueño de una noche de verano diferente y desconcertante, a través de unas manos no descubiertas, pero que se adivinaban delicadas y fuertes, acariciantes y poderosas, generosas y hábiles.


RECORDANDO...

...Las pegajosas y dulces gotas de helado derretido derramándose sobre mis dedos, llenando el espacio entre ellos, avanzando sobre mi muñeca derecha y llegando hasta el inicio de mi antebrazo, como corredores de una contrarreloj infinita e instantánea, ávidos de llegar a la meta de mi cálida y húmeda boca.

...Los enrabietados diálogos mantenidos con mi buena y leal amiga soledad cuando, de pronto, llega sin avisar, agarra la silla vacía a mi vera y la hace suya de un modo casi letal: sin dejar de escudriñarme, sin dejar de sonreirme, sin dejar ni un sólo resquicio de mi alma sin acariciar.

...La vuelta al cole en un caluroso, aburrido y nublado septiembre: con los libros durmientes y los cuadernos bostezantes, suaves, limpios, oliendo a nuevos; la mente puesta aún en el último amor de verano y el alma soñando con la pronta llegada del mágico diciembre.

RECORDANDO...

...Las odiadas sesiones de abdominales y de ejercicios en el suelo que caracterizaban parte de las clases de ballet de cada viernes, mientras resoplaba y soñaba con enlazarme a mis adoradas puntas y, así, volver a flotar y a girar como la más grácil de las mariposas.

...Los sueños rotos en mil pedazos y, posteriormente, reconstruídos a base de valentía y de esfuerzo. Porque crecer no implica dejar de soñar, ni envejecer ha de conllevar dejar de sentir.

...A las personas que no fueron aunque estuvieran; a las que sí fueron y estuvieron, aunque decidieran marcharse; a las que no estando sí que fueron y a las que siguen aquí, junto a mí: siendo, estando y, sobre todo, sintiéndonos.