Hoy quiero escribir esta carta de despedida para ti, directamente, si me lo permites, aunque nunca nos conocimos en persona, pese a habitar en la misma islita.

Tu desaparición coincidió con mi marcha hacia mi Barcelona amada y, antes de ayer, nada más sentarme, de nuevo, frente a mi ordenador, lo primero que hice fue rescatar tus fotos de la red y editarlas en este mismo blog, junto a las imágenes de los demás menores desaparecidos que, por diferentes motivos, tanto han enternecido a este, a veces agotado, corazón.

Poco pude sospechar, entonces, que el reclamo de tu búsqueda duraría tan breve tiempo en mi espacio personal: a las cinco de la mañana de ayer, las fuerzas de seguridad del estado encontraron tu cadáver, vejado, escondido, enterrado y abandonado, tras la confesión de uno de tus raptores y asesinos.

Una vez más, regresaron hasta mi mente los recuerdos nítidos de una terrible experiencia, muy parecida a la tuya, que sufrió una amiga mía de ballet, cuando tú aún ni habías nacido. En aquella ocasión, los medios eran otros, más austeros y locales y mi compañera tuvo la gran suerte de sobrevivir a todo tipo de humillaciones, abusos y puñaladas, mientras era testigo de las crueles torturas que arrastraron hasta una irremediable muerte a otra adolescente a la que adoraba y casi sentía como su propia hermana.

Tú lo viviste todo en carne propia, envuelta en la más horripilante de las soledades y sabiendo que, seguramente, ya no volverías a traspasar, en cuerpo y alma, el hogar paterno, donde tus familiares, se aferraban al clavo ardiente de la esperanza, por leve que esta fuera. Sin embargo, ese clavo al rojo, hace ya unas cuantas horas que les parte en dos la mente, el espíritu y hasta su propia esencia humana y sólo confío en que el transcurrir del tiempo les ayude a asumir tu pérdida y a volver a mirar al futuro, si no sonrientes ni ilusionados, sí con un halo de tranquila serenidad en sus miradas.

Sé que tú, allí donde te encuentres, lucharás por hacerlo posible.

Sé que todo lo que has experimentado, sufrido y soportado, al final de tu última existencia, te habrá impulsado a avanzar en el camino de lo que realmente eres, de lo que somos, de nuestra esencia eternamente divina y, de ese modo, iluminarás los pasos de los que tanto te quisieron, te aman y te extrañarán por siempre.

Hoy, lo único que se me ocurre desde estas líneas, es volver a exigir a nuestras autoridades la necesaria reforma del código penal que implique el cumplimiento íntegro de las penas para asesinos, terroristas, violadores, pederastas, torturadores, maltratadores y pirómanos. Puesto que sé que la instauración de la cadena perpetua en este país, para dichos delitos, es un imposible hoy por hoy, sí insto a que las penas se agraven y se cumplan "de pe a pa".

No puede ser que una vida truncada como la tuya, cuando aún comenzabas a desperezarte en la mañana de tus días, cueste cuatro o cinco años de reclusión, con todo tipo de lujos, divertimentos, cursos y entretenimientos, pagados por cada uno de los españolitos de buen corazón.

No puede ser que este sistema proteja, se ocupe, preocupe y vele por los intereses de la basura subhumana que te destrozó y arrastró hasta la peor de las muertes, robándoles la vida, además, a tus seres más amados, al arrancarte de ellos de la forma como lo han hecho.

Cada vez que observo tus fotos, en esa edad en que todas las mujeres deseamos aparentar cuatro o cinco años más de los que tenemos, no puedo evitar esbozar una media sonrisa al evocar mi propia adolescencia rebelde.

Cada vez que recuerdo tus orígenes chilenos, un océano de maravillosos y dulces sueños y recuerdos, rompe sus olas en el malecón de mi corazón, al sentir todo el cariño, la admiración y el respeto que tu patria y tus gentes me merecen: ¡Chile, ese maravilloso país donde no descarto acabar viviendo algún día, en la ribera del precioso Lago Ranco, o en la húmeda Frutillar que tan bien conozco y aún ni he pisado!

Descansa todo lo en paz que puedas, Fernanda. Descansa durante el espacio de "no-tiempo" que necesites para sostener el ánimo de los tuyos y reconfortar tu propio vagar por el camino que empezaste a labrar, puede que hace milenios...Y cuando te hayas recuperado de lo sucedido, prosigue tu alegre andar, disfrutando del camino y enseñando a los que por aquí nos quedamos que la evolución es imparable, que el futuro se encuentra al final de las yemas de los dedos, que el mayor dolor encierra la mejor de las enseñanzas y que tu bella sonrisa, ahora, ya se ha convertido en un faro eterno: rutilante, maestro y guiador de vidas.

Hasta siempre, Fernanda. Hasta que nos encontremos, algún día, a la vera de nuestros propios senderos.