RCD ESPAÑOL, 3 - WENDER BREMEN, 0: CON UN PIE EN GLASGOW Y PASAJES Y HOTEL RESERVADOS HACE YA UNA SEMANA
El reloj del ordenador marca las tres de la madrugada y las señales horarias de la radio, por un instante, me devuelven a la realidad. 180 minutos después de regresar a casa, aún me parece todo un maravilloso sueño. Sé que muchos de vosotros no entenderéis el porqué de tanta emoción "si sólo son 22 tíos en pantalón corto corriendo tras un balón". Lo sé. Pero es que 11 de esos tíos son los futbolistas del RCD Espanyol de Barcelona y, éso, os aseguro que son palabras mayores.
Ser periquito/a -así nos denominamos los aficionados, socios y simpatizantes- es mucho más que un sentimiento: es una forma de vida, un huir del pensamiento único, una lucha contra el veto de la mayor parte de medios de comunicación catalanes y del resto de España. Es la cabeza pensante que se yergue entre las hordas de orcos.
Ir a Montjuïc esta noche se presentaba como una ilusionante aventura. Bueno, ¿pero qué digo?: ¡si estaba histérica! Me temblaban las manos y el corazón galopaba en caótica estampida. Se podía cortar con un cuchillo la emoción de los 39.500 pericos (es que los otros 500 eran seguidores del Werder Bremen). Todos sonreíamos nerviosos y hablábamos desordenadamente. Los vendedores de pipas debieron de hacer su agosto en la noche de ayer.
Siempre me gusta llegar temprano al estadio. Nuestros asientos son justo los últimos de la derecha de una larga fila y no soporto tener que "pisar" a un montón de gente para llegar hasta ellos. Así que, como es habitual, al entrar no había nadie todavía en la hilera número 26. Sobre los asientos, unos aplaudidores con forma de mano y la hoja cartulina (nos tocó el color azul) con la que confeccionar el mosaico gigante antes de comenzar el partido.

Confieso que, al principio, me asusté: el estadio se encontraba muy vacío y faltaba sólo media hora para el comienzo del histórico encuentro. Sin embargo, a medida que pasaban los minutos, fueron llegando nuestros vecinos de graderío y riadas de caras desconocidas: los simpatizantes del equipo que no suelen ir al estadio, salvo en ocasiones como la de ayer.
La ilusión se asomaba, descarada, al balcón de aquellos ojos que lo captaban todo, hasta el más mínimo detalle, en dos únicos colores: el blanco y el azul. Conforme avanzaba el tiempo, mis sensaciones eran casi exactas a las vividas hace poco más de un año en el Santiago Bernabeu, cuando ganamos la Copa del Rey.
Los que me conocen bien saben que soy "medio brujilla" y las pasadas Navidades les dije a mis seres más queridos: pedid vacaciones en Mayo que nos vamos a la final de la UEFA en Glasgow, llegando incluso a comentarlo, por entonces, en algún artículo por estos lares. Y entre mazapán y mazapán les remarqué: "y recordad que la final será Osasuna- Español"... De momento, y teniendo en cuenta que, siempre hay que ser prudentes y que aún quedan por jugar 90 minutos en Alemania, todo parece indicar que ésa será la final de la tan europea copa.
El partido comenzó con un toma y daca. Un aposentarse en el campo sin prisas, estudiando al contrario por ambas partes, estableciendo y marcando posiciones y sin perder al otro de vista ni un sólo instante. Incluso, durante unos 12 minutos, los germanos se hicieron con el juego en el medio campo y, por tanto, mandaban sobre el terreno de juego.

Por eso, cuando en el minuto 19 el guapísimo Moisés Hurtado saltó y, mediante un poderoso e imparable cabezazo, mandó el balón al fondo de la portería alemana, los 39.500 pericos saltamos al unísono en un GOOOOOOLLLLLLLLLLLL que hizo vibrar los cimientos del mismísimo Lluís Companys. Los cimientos del estadio y los de las emociones desatadas. LLegando incluso, en mi caso, a derramar una sutil lagrimilla, pese al peligro del siempre traidor rimmel.
Sin embargo, a la alegría del gol perico le siguió un chute rompedor de un delantero visitante, que paró, de forma magistral, nuestro increíble portero Gorka (¿cuándo se decidirá Valverde a darle la titularidad de la meta periquita?) y nos devolvió a la realidad de que, enfrente, teníamos a un muy buen equipo que, en cualquier jugada podía marcarnos un tanto.
LLegamos al descanso con la ventaja mínima en el marcador, pero dominando cada vez más a los teutones y sintiendo que, en el segundo tiempo, continuaría la lluvia de goles. Mientras, la grada se llenó de bocatas envueltos en papel de plata y bebidas refrescantes capaces de calmar las torturadas gargantas. Nosotros dimos buena cuenta de nuestros "palines" (así llamo yo a los colines largos de pan) y de nuestros juguitos de piña. Aunque si os digo la verdad, no recuerdo ni haberles pillado el sabor, de lo enfrascada que estaba en el juego.
En la segunda mitad, no nos dejamos amilanar y fuimos avanzando posiciones y haciéndonos con el juego. Nada más arrancar nos íbamos sintiendo más y más cómodos en el campo. Sólo nos faltaba un nuevo gol y eso que sólo acababan de empezar los segundos 45 minutos. Pero no tardó en llegar y, así, en el minuto 49, tras un saque de esquina sublime, lanzado por "el pequeño Buda", Iván de la Peña, justo cuando grité, "¡ vamos Walter, es tuya! " la noble testa de nuestro particular Mel Gibson, "el rifle pichichi de la UEFA", el uruguayo Walter Pandiani, se limitó a rozar con absoluta suavidad el esférico y, de nuevo, el estadio tembló bajo los atronadores cánticos de una masa de pericos que, en vez de aletear, brincaban y se abrazaban, enloquecidos y extasiados.

Llevaba toda la semana diciendo que con menos de un 3-0 no me conformaba y parecía estar tomando forma mi deseo.
A partir de este momento, la fiesta perica se desbordó desde las graderías anegando el terreno y convirtiendo a nuestros jugadores en acertadas naves que nos llevarían a todos hasta el tan ansiado puerto final.
Entonces sucedió "el acabose": con un contragolpe de manual, Tamudo se quedó solo ante el portero alemán y éste se llevó por delante a nuestro delantero. Como un resorte salté pidiendo la roja. El árbitro no lo dudó ni un instante y, como mandan las normas, el guardameta visitante se marchó a la ducha antes de tiempo. Mi vecino de delante, un señor no habitual de más de sesenta años con el que había estado hablando y al que le había anunciado que el segundo tanto sería de Pandiani y el tercero de Coro tras cambiar a Rufete, quien ya no podía ni con su alma, de un salto se dio la vuelta y nos gritó: ¡¡¡¡"Tamudo es dios"!!!! y no pude evitar partirme de risa. La verdad es que hacía mucho tiempo que no me reía de ese modo, ni me sentía tan animada y contenta.
Botó Montjuïc y todos botamos. Hicimos la ola repetidas veces. Coreamos eso de "olé, olé, olé" a cada pase de los nuestros. Cantamos, gritamos, saltamos y el popular "¡a por ellos, oéeee!" rompía la alegre danza nocturna de las desconcertadas golondrinas que sobrevolaban nuestras cabezas.

Comenzamos a controlar el tiempo, a retener el balón y a encerrarnos excesivamente, lo que me aterroriza y no me gusta nada y por minutos temí que rompieran la, hasta ahora, pura red de nuestra portería.
Pero éramos los amos y señores del encuentro y barrimos del mapa al excepcional Wender Bremen, dándoles un baño de los que hacen historia. Aparecían absolutamente perdidos sobre el césped y nosotros llegábamos una y otra vez, con mucho peligro, hasta su área.
Se cumplió mi pronóstico y, aunque Valverde tardó demasiado en realizar el cambio, cuando faltaban unos diez minutos para el final salió Ferrán Corominas, Coro, sustituyendo a mi querido Rufete. Repetí en voz alta lo de "ahora viene el golito de Coro" y a los pocos minutos ocurrió: el jovencito de ojos azules, remató a gol un balón que le dejó en bandeja el genial Raúl Tamudo. ¡Dios mío, cómo salté y grité! Mi quema de adrenalina no la superaba ni un lanzamiento en paracaídas defectuoso.
La montaña mágica, una vez más, se recargó de carcajadas, felicidad, emociones positivas e ilusiones de futuro. Todo era perfecto, hasta la actitud de los quinientos seguidores alemanes que siempre se mostraron tranquilos.

Me lancé hacia el bolsillo de mi chaqueta. Agarré el móvil, apagué por un rato la voz de mi adorado Edu García y llamé para confirmar, de nuevo, las reservas de los pasajes a Escocia y del hotel de Glasgow para mediados de Mayo. Me gusta ser previsora y ya hace días que lo preparé todo. Claro que, igual, en un arranque de locura me embarco rumbo a Bremen dentro de una semana en un chárter que el club ha preparado, que te lleva y te trae en el mismo día.
Luego, cuando mi estadio ya se estaba vaciando, usé el teléfono para grabar un video. Puede que esta noche haya sido la última para mí entre sus paredes, pero esa es otra historia no apta para blogueros y, además, esta singular crónica comienza a extenderse demasiado. Los mirlos trinan junto a mi ventana y el alba se despereza tras las montañas de la Sierra de Collserola.
Tenemos un pie en Glasgow.Tengo fe en que dentro de siete días pueda ir a comprarme una falda escocesa blanquiazul. Si eso sucede, la gaita ya me la compraré en la tierra de Braveheart, si es que no huyo junto a Nessie y me escondo del mundanal ruido durante unos cuantos milenios.
Lo dicho: ser periquita es mucho más que un sentimiento.


































































































manurhill dijo
Yo si te entiendo hace 19 años viví lo mismo, sólo espero que esta vez el sueño se culmine. Y no se repita la triste historia del Bayer Leverkusen. Un petó y força Espanyol.
27 Abril 2007 | 06:47 AM