En esta ocasión quiero recuperar un breve texto que escribí hace más de 15 años. Unas líneas que fueron escritas cuando la vida me llevó hasta Madrid.

Renglones que vieron la luz en días como el de hoy, cuando la distancia física te anega los ojos con la añoranza por los seres más amados.

Tal día como hoy, hace ya más de 65 años, nació un gran hombre. Un hombre noble, generoso, campechano, tozudo, simpático, valiente, trabajador, tragón, locuaz, fuerte, soberbio, cariñoso, luchador, entregado y leal.

Un hombre que no pudo estrecharme entre sus brazos hasta semanas después de mi nacimiento porque se encontraba en el otro extremo del globo, precisamente para que nosotras disfrutásemos de lo mejor.

Ese hombre con el que siempre me sentiré en deuda porque, papá, no sólo me lo has dado todo, sino que lo has hecho de la mejor manera posible.

Gracias por ser mi padre. Feliz cumpleaños.



A UN CAPITÁN DE MADERA

Recuerdo aquellas noches de sábado en las que defendía, tercamente, la posibilidad de quedarme dormida en el viejo sofá. Todos nos reuníamos frente al televisor. Incluso aquel maldito día en que probé el amargo sabor de la frustración al descubrir que la voz que me hablaba no era la de Gregory Peck.

Cada sábado las campanas volvían a doblar y lograban despertarme al sentir cómo me levantaban tus brazos y, dulcemente, me introducían entre las sábanas. Yo te sonreía entre sueños y tú me acariciabas la frente. No podía mirarte, Morfeo me lo impedía, pero, de alguna manera, vivía ese contacto, ese tierno beso que me gritaba un eterno te quiero.

Recuerdo los días tristes en que ella no estaba, aquellos meses en que ella no pudo estar. Lo dejaste todo por nosotras. Abandonaste tu rutina diaria y te lanzaste a luchar contra viento y marea.

Entonces, nos sentábamos en incómodos sillones a la espera de que las luces se apagasen. Desde la gran pantalla, Julio Verne nos relataría su extraordinario viaje al centro de la Tierra. Yo me aferraba a tu mano que entrelazaba mis dedos fuertemente. Inclinando la cabeza te miraba y, en silencio, volvía a preguntarte por qué el sillón a mi izquierda estaba vacío.

¡Y aquellos largos paseos también con las manos asidas!. Tú te esforzabas en crear una sincera sonrisa. Yo te contestaba con otra aún más falsa. De vez en cuando, un descanso para chupetear un caramelo. Me hablabas de tu odiada y querida mar. Mientras, yo contemplaba el volar de una paloma y me preguntaba si ella también podría observarlo.

Recuerdo su regreso, su renacimiento. Todos temíamos que algún día pudiera irse para siempre y aquella niña se fue convirtiendo en pasado: otra mujer iba introduciéndose en nuestra casa. Los años me arrastraban a destruir el pedestal infantil que te había construído y te transformaste en otro ser humano.

Una tarde, una voz potencialmente masculina te preguntó por mí desde el otro lado del teléfono. Te quedaste sorprendido: ambos supimos que el futuro estaba venciendo al presente.
Una noche, fui en tu búsqueda y nos abrazamos dolorosamente. Tras tus lágrimas descubrí al hijo, a otro niño solo: nos comprendimos como jamás lo habíamos hecho.

Ahora yo estoy aquí y tú continúas allá. Sigues a su lado, pegado a ella, juntos, esperando mi regreso.

Ahora puedo contestarte cuando, por las noches, me besas y acaricias. Tus ojos grises me regalan amor, amistad, confianza.
Ahora todos nos reímos del pasado mientras me confirmas que aquel pedestal nunca se derrumbó.

Te quiero, capitán de madera.