¡ESTÁ NEVANDO!
Ana adoraba la nieve, le ensimismaba observar desde la ventana cómo el verde campo iba desapareciendo, poco a poco, bajo ese suave manto blanquecino. Podía pasarse horas y horas mirando a través de la ventana, interrumpida sólo por el propio vaho de su respiración contra el cristal. Eso la enfadaba. Ni siquiera soportaba tener que perder unos segundos en limpiar los restos de su cálida respiración y no poder ocupar, así, toda su atención en aquel colosal espectáculo níveo.
¿Cuántas horas llevaba nevando ya?: ¿ cuatro?, ¿seis?. En realidad, esa mañana, al despertarla su madre y darle el beso de buenos días, tras dejarle el tibio tazón de leche sobre la mesita de noche, le había susurrado al oído: despierta cariño, está nevando.
¡Está nevando!... Esas dos simples palabras parecieron estallar en su cabecita y, casi atropellando a su madre, olvidando la leche que tanto le apetecía siempre e ignorando el frío suelo, de un salto, con los pies desnudos, se colocó tras el pequeño ventanal de su cuarto. ¡El maldito vaho estaba impregnándolo todo, cuánto lo odiaba!
Estirando la manga de su largo y amarillo camisón de lana empezó a frotar por toda la superficie con mucha rapidez, casi mecánicamente. Al momento lo que vio le hizo gritar:
- ¡Mamá, qué bonito está todo!¡Qué bonita es la nieve!, ¿verdad mamá? Con tanta nieve, no podré ir a la escuela, ¿no, mami?" - añadió sin despegar la vista del paisaje, bajando un tanto su tono de voz.
- Mmmmm -dudó su madre-, pues no sé Ana. Si sigue nevando a este ritmo me temo que no, que no podrás ir. Pero ahora vuelve a la cama y tómate la leche, que te vas a resfriar, ahí descalza, pegada a la ventana que debe de estar helada.
Ana hizo como si no escuchara y empezó a tararear esa melodía que nunca se había aprendido y que creía no haber escuchado jamás, pero que siempre salía de su boca, casi sin darse cuenta, en momentos de gran placer, como cuando comía algo que le encantaba o simplemente, como ahora, al contemplar cómo el cielo parecía vaciar todas sus nubes de algodón sobre la tierra.
- No te lo pienso repetir, Ana -espetó su madre de un modo más imperativo-, ¡que vengas a la cama o vas a hacer que me enfade, ya, desde la mañana!
Ana giró la cabeza, buscó la mirada de su madre, antes dulce y ahora exigente, le sonrió poniendo su mejor sonrisa de "niña buena" y se arrebujó de nuevo entre las calientes mantas.
- Estáaaaa biennnnnn mamiiiita, -contestó Ana alargando las palabras, como siempre hacía cuando quería demostrar lo paciente y sacrificada que era.
- Así me gusta. ¿No ves que si enfermas luego no podrás disfrutar de la nieve ni de los regalos de navidad?
¡Navidad!, otra de las palabras mágicas que parecían resonar en su mente de un modo atronador.
- ¡Es verdad, mami, no me acordaba! ¿Cuánto falta para Navidad? -preguntó atropelladamente Ana, mientras tragaba la leche casi sin respirar.
- Tres días, Ana. Pasado mañana ya será Nochebuena y si te portas bien, el abuelito San Nicolás puede que te traiga algún regalito -contestó su madre mientras le acariciaba la frente y el cabello, sentada a su lado, sobre la cama.
Ana abrió muchísimo los ojos al oirla y se acabó la leche.
- Está bien, mami, prometo portarme bien y obedecerte para que San Nicolás me traiga algo y luego los Reyes Magos, ¿sí? -preguntó mientras tiraba suavemente de una esquina de la bata de su madre, que con el tazón vacío en la mano ya se había levantado y estaba a punto de salir de la habitación.
- Sí, claro y luego los Reyes Magos -le contestó guiñándole un ojo-. Pero ahora aséate, ahí te he dejado el agua caliente -señaló con la mirada una jofaina y la palangana- y vístete bien, que está helando. Te espero abajo, no tardes -dijo su madre, ya en el pasillo.
Ana escuchó las suaves pisadas de su madre alejándose.
Siempre le llamó la atención que una mujer tan gordita como era su madre, pareciera no pesar. Era como si flotara, como si se deslizara, como si pesara aún menos que ella. Jamás se la oía venir a no ser que estuvieras esperándola, muy atenta y, eso, le hacía mucha gracia a Ana.
Su padre, sin embargo, era todo lo contrario, muy delgadito, "más bien poca cosa" como le gustaba decir a su abuela, pero sus pasos eran firmes, seguros y ruidosos, como si quisiera gritar: "¡aquí estoy, soy el dueño de esta casa y ya he llegado"!
Ana siempre se reía cuando su padre, al subir la escalera, se tropezaba en el último escalón. Aunque debía haber subido esa escalera miles de veces siempre se le olvidaba que el último escalón era más alto que el resto del tramo y, constantemente, tropezaba. Acto seguido, se enfadaba consigo mismo, insultaba a los constructores de la casa e incluso a la misma escalera y daba un pisotón despreciativo al maldito causante de sus miles de tropiezos.
Ana no podía evitar reirse siempre que era testigo de esa situación. Reirse a escondidas, claro, porque su padre enfadado era peor que una estampida de toros salvajes.
Ana abrió las puertas de su pequeño armario de madera.
Echó una mirada rápida por encima de cada uno de sus vestidos y, cuando contempló que su madre le había lavado y planchado el azul marino de pana, no tuvo dudas: adoraba ese traje. Su abuela se lo había regalado en su último cumpleaños.
Mamá decía que ya empezaba a estarle algo pequeño, que estaba creciendo mucho y muy rápido, pero como se pondría también los leotardos y el abrigo negros de lana no habría queja alguna por parte de mamá y casi no se notaría que empezaba a quedársele algo corto.
Rápidamente, agarró la jofaina de blanca porcelana, vertió un buen chorro de agua caliente que no cesó de repiquetear contra la palangana metálica y se lavó la cara. Le encantaba el tibio roce de los chorritos de agua resbalando por sus mejillas hasta llegar a su cuello. Echó mano a la suave toalla de paño que su madre le había dejado bien doblada junto a la jofaina y secó muy bien todo su rostro.
El espejo le devolvía la imagen de una niña vivaracha, de blanquísima piel, adornada por decenas de pecas, con el pelo rojizo, ensortijado y revuelto y unos ojos oscuros y brillantes mientras dejaba caer un poco más de agua para "asearse bien aseadita", tal como le solía decir su madre cuando era más pequeña y era ella quien la bañaba, metida en el barreño grande de latón que había abajo, en la cocina.
Al atarse las botas recordó que no le había devuelto a su madre el beso de la mañana. Siempre se lo devolvía al despertarla, pero esta vez, por culpa de aquel "está nevando", se había olvidado por completo. Así que la bota derecha se quedó a medio atar. Cuando estaba a punto de cerrar la puerta de su cuarto, ya en el pasillo, escuchó cómo se cerraba la de abajo, la principal. Bajó casi corriendo, sorprendida de que hubiera visitas tan temprano.
-Mamá, ¿quién ha venido?, -preguntó entrando en la cocina.
No había nadie. Le extrañó no ver a su madre. A esas horas siempre solía estar fregando los cacharros sucios del desayuno.
-¿Mamá?, mami,¿dónde te has metido?, -seguía preguntando al aire mientras se asomaba al salón-comedor.
Nada, la casa parecía estar vacía.Volvió a la cocina y entonces vio la nota sobre la mesa. Su madre había escrito algo en el papel.
-Ana, tengo que salir a comprar unas cuantas cosas que me hacen falta para la comida de Navidad. Me llevo la calesa. No tardaré mucho. No vayas a la escuela que parece que no va a dejar de nevar. Quédate en casa, leyendo o mirando la nieve por la ventana del salón. Te quiero mucho, mi niña. Ya vuelvo.
Claro, por eso no había nadie y por culpa del suelo completamente nevado no había escuchado el rodar de la calesa contra las piedras del jardín.Tenía por delante un día perfecto, sin colegio, con nieve y, de momento, con toda la casa para ella sola.
Pese a lo tentadores que eran todos los estantes llenos de libros del salón, decidió sentarse en el banco del ventanal, como había escrito su madre, a contemplar la nieve caer y, de este modo, saber cuándo regresaba mamita. Saldría disparada a darle el beso que le debía en cuanto viera al viejo Trueno aparecer de entre los abetos, tirando de la calesa. Y así, ensimismada, contemplando los copos caer, de un modo casi hipnótico, pareció pararse el tiempo.
Cuando volvió a darse cuenta de que continuaba nevando y de que su madre parecía tardar más de lo habitual, notó que el banco del ventanal parecía haber encogido. Sobresaltada, se miró a sí misma y vio que tenía sobre su traje azul marino un espejo de mano, de plata y una manta de cuadros vieja, a medio caer. No entendía nada.
Agarró el espejo y, sin fijarse en la mano arrugada y manchada que lo sostenía, lo giró, temblorosa: ¿quién era esa vieja canosa y decrépita que la observaba inquisidoramente?. Aterrorizada, lanzó el espejo al suelo y, mientras saltaba roto en mil añicos, intentó levantarse, pero sus piernas infantiles ya no le obedecían. La manta acabó de arrastrarse del todo por los suelos y vio una piernas hinchadas, varicosas y ulceradas.
-¡Mamá!¡Ayúdame!¡Mamá, por favor, vuelve!- gritaba la voz ronca y aterrorizada que salía de su garganta.
Escuchó una rápida carrera a su espalda y unos pasos, que desconocía, acercándose.
-Tranquila, Señora Pozo, pero ¿qué tiene?, ¿una pesadilla?. Mire lo que ha hecho con su bonito espejo -dijo, una mujer vestida de enfermera mientras se agachaba a recoger los pedazos .
¿Señora qué? ¿Cómo? Ella era Ana, la hija de Tomás, el aduanero y Lucía. La niña que quería portarse bien para que el abuelito de las nieves y los Reyes de Oriente le trajeran regalitos. ¿Qué decía esta loca sobre una tal Señora Pozo?
Pero ¿dónde estaba? Y mamá, ¿cuándo regresaría?. Cerró los ojos muy fuertemente, como cuando algún niño en la escuela contaba historias de fantasmas y brujos y luego, de noche, las sombras se convertían en seres extraños que la acechaban desde las paredes de su dormitorio.
Ladeó la cabeza hacia su izquierda y abrió los ojos de pronto y sí, había una ventana y caía una copiosa nevada. Clavó su mirada en los árboles del patio. No eran abetos, pero mamita tendría que llegar algún día. Esperaría lo que hiciera falta: tenía que darle el beso que le debía.

































































































Churru dijo
Qué bonito Clito. La verdad que me ha dejado un poco "así". Tristemente ocurre cada vez más. La madre de un amigo mío ya no los conoce. Aysss. Me ha gustado mucho.
10 Febrero 2007 | 03:24 PM