La Coctelera

clitoris

4 Enero 2007

MI CONVENTO...

Mi convento tiene nombre y apellidos y se halla en el mismo centro histórico de una ciudad canaria, Patrimonio de la Humanidad.

Cuando, hace ya bastantes años, en el medio de comunicación en el que trabajaba entonces, me indicaron que tenía que ir a hacerles un reportaje a unas monjas de clausura, no puede dejar de retorcer mi rostro con una mueca de mal gusto. Aún perduraban en mis adentros los recuerdos de una infancia y una adolescencia vividas entre oscuros hábitos, en un selecto colegio monjil, entre mujeres con rictus serios, amargos caracteres, almas vetustas y frías y miradas interrogadoras e inquisitoriales.

Armada con mi grabadora y mi libreta y acompañada por mi compi Sergio, el hombre pegado a una Minolta, tocamos el timbre de la pesada y antigua puerta de madera. Nos abrieron sin preguntar nada y, en silencio, nos adentramos en un mundo diferente.

Recuerdo un par de gatos observándonos, impasibles, entre las preciosas y enormes flores de mundo (hortensias). Recuerdo también cómo no se lograba escuchar ni el más mínimo ruido proveniente del exterior, a pesar de que el convento se sitúa en pleno centro de la ciudad. Frente a nosotros, tras un enorme arco, nos esperaba el torno de madera envejecida, lugar donde tantos niños han sido abandonados y donde tantos favores han sido suplicados. A su izquierda, otro timbre que resonó bajo la presión de mi índice.

-Ave María Purísima, contestó una voz de mediana edad tras oir cómo unos pies ligeros se acercaban desde lejos.
-Sin pecado concebida, repliqué recordando el mariano saludo, con el estómago nervioso y la boca seca.

Aquella dulce voz de rostro desconocido, perteneciente a una mujer que rondaría los cincuenta años de edad, nos indicó que subiéramos los escalones a nuestra izquierda y que, una vez dentro del salón de visitas, esperásemos a la Madre María Cleofé, la superiora de dicho convento de monjas catalinas.

Obedientes y callados, así lo hicimos. En breves segundos nos encontramos en una amplia estancia. El espacio había sido dividido en dos mitades gracias a una celosía de madera con huecos grandes y generosos, a través de la cual podías ver perfectamente al que se sentase del otro lado e, incluso, rozar sus manos a través de las oquedades que su propio dibujo formaban. Las paredes blancas. Los techos, arañados por oscuras vigas de madera de tea. El suelo, crujiente, también de madera.

Sergio y yo nos quedamos tiesos, de pie, como sendos pasmarotes, que no saben qué hacer ni cómo colocarse. Poco después apareció.

Me impactó su sonrisa franca, abierta, de oreja a oreja. Era delgada, de piel blanca, tersa y suave, sin media arruga. Me recordaba a una pequeña lagartija, de esas que no paran quietas ni medio segundo y, sin embargo, su presencia te llenaba de quietud, de paz, de serenidad. Lo mejor de todo eran sus ojos, su mirada. Por un lado encerraban todo un universo de sabiduría y, por otro, conservaban la curiosidad infantil: vivos, inquietos, impacientes y generosos al mismo tiempo. Tenía menos de cuarenta y cinco años.

Nos indicó que cogiéramos un par de sillas y nos acercáramos hasta la celosía. Siempre sonriente, siempre alegre, siempre simpática, siempre afable. Al sentarme, casi pegada a ella, introdujo sus heladas manos por los vanos de la madera y agarró las mías. Las dos sonreímos.

Sergio le pidió permiso para hacer las fotos y luego largarse a algún otro escenario pendiente. Ella asintió y, al ratito, nos hallamos solas del todo.

Hablamos, charlamos, nos descubrimos, nos contamos media vida en una tarde maravillosa que pareció pasar tan rápida como un leve suspiro.

Me relató sus andanzas infantiles, allá, en su amada Gran Canaria. Nos partimos de risa al explicarme cómo le hurtaba los pitillos a su padre siendo una adolescente. Me confesó lo que echaba de menos a su familia y cómo volvió a su isla redonda tras quince años ausente, por la enfermedad de su ya difunta madre.

Le narré mis venturas y desventuras en mi adorado Madrid, a donde debía volver en breve tiempo. Le expliqué que vivía sola en un estudio pequeñito e interior al que adoraba porque me servía de refugio, de hogar, de abrazo. Volvimos a carcajearnos al hablarle de los chicos, de la universidad, de las salidas discotequeras.

Me había pasado media vida entre mujeres que disfrutaban de un contacto diario con niñas y jóvenes y que, en su mayoría, parecían recién salidas de un convento medieval con rígidas normas y almas opacas. Y, ahora, justo dentro de un convento renacentista, rodeada de mujeres - y digo mujeres, porque a medida que pasaban los minutos fueron uniéndose a nosotras hábitos, sonrisas y risueños rostros- encerradas entre anchos y gruesos muros, me daba de bruces con la alegría, con la luz del sol, con la calidez que sólo el saberse en paz puede aportar.

Eran mujeres de ahora. Muchas habían rebasado los 60 por entonces y, sin embargo, todas hacían tres horas de "aerobic" semanales. Por un instante me las imaginé con mallas, leotardos y calentadores tipo Jane Fonda y, otra vez, la carcajada rompió el maravilloso canturreo de los pájaros del tejado. Pero era cierto, se trataba de mujeres modernas, como tú o como yo. Mujeres con miedos, deseos, sueños, ilusiones y pesares. Pero mujeres que sabían lo que querían, por qué lo querían y en el modo en que lo querían.

Disponían de televisión y video y, aunque la caja boba la solían usar para ver el informativo de la noche exclusivamente (" a Dios gracias"), estaban informadas de cómo iba el mundo exterior mediante la prensa y, sobre todo, a través de la radio.

Cuando salí de allí y volví a la redacción para escribir el reportaje sobre las reformas que iban a realizarse en el edificio, me di cuenta de que ni ella ni yo mentamos ni media palabra con respecto al tema en cuestión. Tuve que llamarla por teléfono y, entre más risas, me puso al día de los trabajos que se iban a desarrollar en su universo diario.

A esa visita le siguieron otras en el tiempo y, cada una de ellas, constituía una confirmación de lo, anteriormente, allí vivido. Luego, la vida, me llevó por otros lugares y perdí el contacto con "mi convento".

Hace pocos días, antes de la Navidad, en una de esas mañanas fresquitas en que agradeces el débil rayo de sol que te calienta al pasear, volví a pararme ante sus encaladas paredes. La restauración acabó del todo hace un par de años y mi convento luce más bello que nunca.

Acompañada por mi madre, sonreí al observar que la preciosa y pesada puerta de madera barnizada estaba cerrada y que el viejo timbre había sido cambiado por un videoportero gris de lo más resultón. Lo pulsé y esperamos...

Nada. Miré mi reloj. Estarían comiendo y las interrumpiría. Pero necesitaba darles algo que había llevado para ellas y, por encima de eso, necesitaba darles las gracias por nada concreto y por TODO.

Pulsé una segunda vez. Nada. Desilusionada, miré a mi madre y, entonces, escuché un cariñoso "hola, mi niña, ¿en qué podemos ayudarte?". Ese "hola, mi niña", devolvió la sonrisa a mi rostro -como lo logra ahora mismo al recordarlo- y, acercándome al modernísimo videoportero, le expuse mi deseo de entregrarles algo, al tiempo que le pedía disculpas por la hora tan intempestiva.

-"No te preocupes, mi niña. Pasen, pasen" - replicó la sonrisa con hábitos desde el interior.

Resonó un timbrazo y, empujando la pesadísima madera, traspasamos la línea mágica. De nuevo, allí dentro, años después. De nuevo, el silencio sepulcral pese a los atascos a escasos metros.

Ya no había hortensias ni gatos. Frente a mí, un bello empedrado, un ordenado suelo, unas cuidadas macetas, una linda y nada ostentosa imagen. Todo nuevo. Todo renovado.

Entonces mis ojos se perdieron tras el arco del fondo del patio. Allí estaba, igual que siempre. Testigo silente, parecía presidir aquel lugar el vetusto torno.

Sola, mientras mi madre esperaba a cierta distancia, decidida, me acerqué a él y no pude evitar acariciar su casi negra presencia. Negritud que el tiempo y los roces han prestado a la otrora joven madera. A su izquierda, esta vez sí, el mismo de siempre, a media altura, se hallaba el otro timbre.

Una cantarina y eléctrica campanilla sonó y unos pasos algo cansados se escucharon del otro lado:

.-Hola, mi niña, muchas felicidades, ¿en qué podemos servirte? - repitió la misma voz de antes.
.- Ave María Purísima -, le contesté, sonriente, al comprobar que la monja había olvidado "ese detalle".
.- Sin pecado concebida, mi niña, discúlpame, me replicó sin dejar de sonreir la voz sin rostro.

Hablé con ella unos breves minutos. Le dejé lo que les había traído en el torno y lo hice girar. Le di las gracias. Les felicité por TODO...Y me quedé por unos segundos más, llorando como una niña, en el centro del patio. Mi madre me abrazó y, entonces, las lágrimas ya no pudieron ocultarse.

No le dije mi nombre. No le dije quién era. Posiblemente, si en el pasado nos conocimos, ni me recordaría...O quizá sí. ¿Quién sabe?

Salí de mi convento y cerré su puerta a mi espalda. Las calles laguneras y el brazo de mi madre me sostenían mientras rostros desconocidos se sorprendían y se preguntaban qué le habría pasado a la rubia teñida, emperifollada, con gafas de sol, labios pintados, botas de caña y abrigo de pana marrón, para ir llorando a moco tendido...

A veces las lágrimas no son ni saladas, ni dulces ni amargas.
A veces las lágrimas son momentos vividos que resbalan desde el corazón del alma hasta caer sobre las huellas de tu propio caminar.

Sé que volveré a pisar tu patio dentro de poco.
Sé que volveré a emocionarme entre tus aguerridos muros.
Sé que me sigues esperando entre sus húmedas callejuelas.
Volveré a ti, no te preocupes...¿Quizás algún día para siempre?...¡Quién sabe!

Tags: convento

servido por Clítoris 4 comentarios compártelo

4 comentarios · Escribe aquí tu comentario

HADACURIOSA

HADACURIOSA dijo

SORPRESA EN MI BLOG!!!!!!!
FOTO DE TU SOBINAAAAAAAAAAAA!!!!!!!!!!!!

TE Adoro

4 Enero 2007 | 08:37 AM

Clítoris

Clítoris dijo

._.
._o
o_o
o_0
0_0
O_O

¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Allá me voy más veloz que un rayooooo!!!!!!!!!!!

4 Enero 2007 | 07:26 PM

Uchi

Uchi dijo

Me das enviadia... pero de la buena. Sabes no se que toque le abras a dado a esta historia o si simplemente es la pureza de tu corazon proyectada, yo me voy por lo segundo; pero lo cierto es que creo que encontraste parte de tu punto de partida. Cuando eso se alcanza brotan las emociones a veces poco entendibles pero maravillosa y otras simplemente nacen asi y nos hacen felices.

Yo se que algun dia, si asi Dios me lo permite tendre el privilegio de conocerte y poder constatar la mitad de lo que tu dejas aqui plasmado. Has vivido un mundo, pero le has dado vida al propio mundo, pocas personas alcanzan ese balance.

Un abrazo
Uchi

PD:Gracias por la recomendacion del libro, ya me puse a buscar info y lo pedire por internet.:-)

4 Enero 2007 | 07:59 PM

Clítoris

Clítoris dijo

Uchi, en esta ocasión, sí que la historia es verídica, real, desde el principio al fin.
La semana anterior a Navidad volví a pasar por "mi conventito" y me he limitado a construir con palabras todo un castillo sentimental propio y eterno.;)

En cuanto al libro de Hesse, pásate por aquí: http://usuarios.lycos.es/jhbadbad/Hesse.html
;):)

Con respecto a conocernos algún día, no será un privilegio, sino un placer mutuo. Al menos las dos primeras horas. Luego ya le darás un sabio empujón a la pesada de "Clito", jajajajajaja.

Besitos y, si por allí celebráis los Reyes y no nos leemos antes: ¡¡¡que te dejen muchos regalos!!!.

::))

4 Enero 2007 | 09:36 PM

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Cuando acabe de escribir este conjunto de pensamientos erráticos, los hados me habrán permitido cumplir un año más y ya son 38. Aún recuerdo a la chiquilla inquieta, a la joven soñadora. ¿Soy ya adulta? ¿Lo fui siempre? ¿Lo seré algún día? A veces la sorpresa inesperada me hace viajar de nuevo a una fresca mañana de un eterno 6 de enero. Otras, la rabia de la incomprensión logra aislarme como a aquella adolescente, encerrada en su cuarto, arrinconada por las atronadoras notas que gritaba un negro y metálico equipo de música. Ahora, serena, contemplo mi imagen en el espejo de la memoria y sigo soñando con ese hogar de colores claros, rodeado por un bosque donde el hada de mi ventana suele ir a pasear cuando la noche y el día se unen en un beso instantáneo e infinito. Si lo deseas, te invito a descansar en este espacio donde poder aplacar la sed de la rutina diaria. Si quieres, reiremos juntos e incluso derramaremos más de una lágrima, porque no son ni los ojos los que lloran, ni la garganta la que sonríe: es del espíritu de este bosque, creado a partir de las almas de los que aquí se adentran, del que dependerán los temas a tratar y el modo en qué hacerlo...¡Confía en él y abandónate a sus designios! Puede que descubras que el bosque está en ti y tu no eres más que una rama agitada por los vientos del tiempo!






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