EL JARDÍN, LA LAGUNA Y YO
A menudo, suelo imaginarme a mí misma frente a un alto portón, rematado en una verja de hierro forjado, con el dibujo de oscuros tulipanes que se entrelazan unos con otros. Al otro lado de la verja se adivina el negro y enorme tejado, abuhardillado, de pizarra, de un casi vetusto caserón, de diseño claramente parisino. El edificio y todo su entorno parecen abandonados, olvidados, solitarios. Sin embargo, por alguna extraña razón que desconozco, sé que ese lugar es mi lugar. Siento que me gusta, que nos amamos, que, juntos, coexistiremos felices.
Es entonces cuando alzo mi mano derecha hasta el picaporte de metal en forma de piña, lo giro y abro esa frontera. No me sorprende que no esté cerrada, de hecho ya sabía que era así. Simplemente entro y cierro la puerta a mi espalda. Una vez me encuentro allí, todo es diferente a como se ve desde el otro lado...
La casa ya no está tan vieja. La maleza caótica y reseca de antes, ahora se va transformando en un vivo jardín plagado de verdes rutilantes, alegres florecillas y toda una pléyade de vivarachos saltamontes que acompañan cada uno de mis pasos. Incluso existe un pequeño sendero de pequeñitas piedrecillas, de tonalidad cremosa, que me indica el camino a seguir. A medida que avanzo por él, paralela a la casa, elevo la mirada hasta las ramas más altas de los sauces llorones que se levantan, orgullosos, a mi izquierda: una multitud de gorriones, parece trinar
tiernas y juguetonas melodías de una niñez ya, casi, olvidada.
Paso por delante de la puerta del caserón. Es de una rotundidad, de una robustez casi antiestética, pero, al mismo tiempo, es delicado y coqueto. Sus paredes, tan gruesas, me recuerdan a las antiguas murallas que rodeaban a las ciudades medievales, otorgándoles seguridad frente al siempre acosador enemigo. Frente a ese grosor, como para contrarrestarlo, decenas de transparentes ventanales lo decoran. Tras los ventanales, bellos visillos de un blanco casi deslumbrante me invitan a echar una mirada a su interior... Y sonrío. Le sonrío a la casa porque sé que desea que entre en ella y pase un tiempo dándole vida, descubriéndola, ocupando sus rincones. Mas, ambas sabemos que, ahora, no es el momento para ello y, regalándole un abrazo del pensamiento de colosal tamaño, como ella merece, prosigo mi andar, mientras zumbantes abejas y atareadas libelulas revolotean a mi alrededor, saludando a los ya siempre presentes saltamontes.

A medida que me alejo de la casa el paisaje se torna más exuberante. El follaje se va tupiendo, formando un techo vegetal de ramas y hojas unidas en un matrimonio eterno y me encanta, ¡lo adoro! Ese refugio natural donde hábiles rayos de luz introducen sus cálidas caricias para regalar el sustento que toda esa vida necesita para no cesar de bullir, me embelesa.
Nuevos seres comienzan a asomar de entre el mar de plantas: una ardilla curiosa me guiña un ojo mientras no para de devorar una sabrosa avellana; un lagarto gira su cabeza para saludarme mientras disfruta, sobre una piedra, del calor que le otorga un pequeño haz de luz; una mamá mariquita, posada sobre una húmeda hoja, junto a su simpática prole, le enseña a sus pequeños cómo mordisquear la parte más acuosa de la hoja sin que ésta se rompa y les haga caer a todos... Y continúo mi paseo y sé a dónde me dirijo y eso provoca que aún disfrute más de mí misma, del lugar, del mundo que me rodea, de haber vuelto a estar ahí de nuevo y, así, entre reencuentros varios con distintos seres y diferentes situaciones, por fin, llego hasta la dorada laguna. ¡Cuánto amo ese lugar!
Fuente de vida y sorpresas, coleccionista de secretos y confidencias, de forma oval, totalmente rodeada de vegetación, está habitada por habladoras ranas y discretos peces de colores. Rápidamente me acerco a ella y constato que también se alegra de volver a verme y ahí, de pie, a su orilla, dejando que se me acerque y acaricie mi piel, ahora desnuda, creo, desde el fondo de mi alma, la mejor ofrenda que puedo regalarle: un par de dulces lágrimas, que, desbordantes, ruedan y caen desde mi rostro para pasar a formar parte de ella y, así, hacerle saber que, nunca más, volveré a alejarme de su lado; que, a partir de este momento, estaremos unidas a través de un indisoluble nexo vital, puesto que he pasado a ser parte suya y me he derramado dentro de ella. Ahora las dos somos una y me encuentro sumergida en ella.

Justo en ese momento, cuando me siento en su húmeda ribera y permito que anegue mi cuerpo en la forma que ella desee y decida, mientras los habitantes del jardín continúan con sus quehaceres a mi alrededor; mientras la vieja casa me espera a lo lejos, suspirante; mientras ríos de gentes pasan por delante del negro portón del jardín sin mirar hacia dentro; es justo, en este preciso momento, cuando sé que todo, absolutamente todo: la casa, los saltamontes, el camino, los sauces, la luz, las ranas, la laguna, TODO, soy yo y yo sola me basto para crear mi propia existencia, para vivir mi propia vida, para SER, una vez más, YO."
Cada mañana, cuando me siento a escribir junto a la ventana abierta, tras comprobar que aún es temprano, me lo imagino arrebujado, hecho un ovillo humano, entre sabanas arrugadas y mantas medio caídas, durmiente. Posiblemente todavía se encuentre estudiando. Quizá haya optado por trabajar. Tal vez tenga familia e hijos. No sé, después de todo no le conozco. ¿O sí?. ¿Es posible que su conducta, tras una puerta cerrada, sea capaz de decirme tantas cosas de él como las que ya creo saber?
Vitalista, curioso, solitario, soñador, testarudo, apasionado, impetuoso, educado, amable, interrogador y, sobre todo eso, dulce. Sobre todo, dulce. Sólo alguien dulce puede anhelar entrar en mi jardín.
De puertas para fuera lo único que se adivina es un viejo y descascarillado palacete, inmerso en un caos vegetal ocre y reseco. Sólo un dulce corazón sería capaz de vislumbrar la maravilla cromática y vital que se esconde tras esa negra valla.
Pero ¿cómo es posible que alguien más haya sido capaz de descubrir, así, de pronto, la verdadera naturaleza de mi atesorado espacio? ¿Será posible que también él pertenezca al jardín? No creo, la laguna me lo habría dicho. Los saltamontes me habrían tarareado su nombre. Los gorriones me habrían cantado un "no eres la única". La casa habría compartido sus recuerdos conmigo.

¿Y si no soy yo la única dueña? ¿Si él tiene el mismo derecho que yo a entrar y poseerlo?...Y si así es, ¿cuántos más habrá como nosotros?.
Prefiero seguir imaginándolo dormido, abrazado a una vieja almohada, pues el saberme descubierta, el verme desnuda frente a esos ojos saltarines, me produce una mezcla desazonadora de temor y placer que creía ya olvidada hace mucho tiempo.
"¿Qué estarás haciendo ahora?", escribo en mi diario, sentada junto a mi ventana abierta. Con la mirada, busco en el alféizar de la ventana alguna pista de la araña que anoche decidió ocupar mi dormitorio. Al cogerla, suavemente, se descolgó haciendo uso de su mágica tela y desapareció tras la mesa de mi escritorio. No la conocía de nada, debía de ser otra desconocida visitante en proceso de aclimatación a su nuevo universo.
Al principio me preocupé por si la aplastaba, sin darme cuenta, al caminar por mi cuarto. Más tarde la olvidé por completo y, pasado ya bastante rato, encontrándome ya tumbada, meditando, sobre mi cama, pensando en el desconocido, imaginando qué estaría haciendo, de pronto, una sombra coqueta y animosa me sorprendió acercándose a mi cuerpo. La contemplé y, de nuevo, amorosamente, la tomé sobre la palma de mi mano. Nerviosa, correteaba, aquí y allá: subía por un dedo, se deslizaba hasta la muñeca, escalaba por un monte, patinaba en una uña. Muy despacio, para no asustarla, me acerqué hasta la ventana abierta, la deposité sobre mi alféizar y le susurré que tuviera una buena noche.
Ahora sé que ese deseo, además de para ella, lo vocalicé pensando en mi desconocido. Ya lo he transformado en alguien de mi propiedad, de mi jardín, de mi universo, de mi vida. Y como la araña huidiza, confío en que me sorprenda con un pronto regreso para, de esta manera, poder tejer una tela juntos.
Duerme y descansa, amigo mío, porque el despertar te puede traer incontables sorpresas. Mientras, yo velaré tus sueños, cual Penélope, haciendo uso de la paciente telaraña de la espera.































































































Felipe dijo
Hola:
Gracias por pasarte por mis páginas. Yo soy un asiduo lector de tus artículos y paso muy buenos ratos con tu bitácora, tan amena.
Aprovecho para desearte todo lo bueno para 2007.
Abrazos.
Felipe
18 Diciembre 2006 | 09:50 AM