A veces pasan días en que casi logro olvidarme de ti por completo. Casi ni te noto, casi ni te recuerdo. Casi desapareces sin más. Es algo que logran aquellos a quienes quiero, rodeándome de cariño. También lo consigue una historia cuando tira de mí y me sumerge en su universo durante horas y horas sin dejarme notar ni la sed, ni el hambre, ni el dolor de cabeza, ni si es de día o si ya luce la serena oscuridad.

Alguna que otra película también te borra casi por completo. Pero luego, cuando menos me lo espero, resurges sin avisar. Tan fuerte como siempre. Tan anciana como siempre. Tan juguetonamente infantil como siempre. Tan mía como siempre.

¿Recuerdas cómo nos aferrábamos, juntas, a la fría reja del colegio mientras las demás se iban a comer a casa? ¿Y cuándo nos pasábamos días frente a un apagado televisor viendo nuestros propios programas? ¿Recuerdas cuando sus gritos nos doblegaban y, aterradas, nos abrazábamos la una a la otra, casi sin poder respirar?

Seguro que no has olvidado cuando me asía a tu rugosa mano en la oscuridad de aquel viejo y destartalado cine. Puede que recuerdes, incluso, cada uno de los pensamientos adolescentes que te susurraba al oído, sobre la colcha azul, tejida por los viejos dedos. Si haces algo más de memoria te descubrirás pegada a mí mientras la estaca de Gorgorito sacudía, inmisericorde, la fea cabeza de la bruja Ciriaca.

No guardo en mí una imagen del instante en que te descubrí. Posiblemente porque siempre has estado anclada en mis ojos. Puede que fuese por eso por lo que adoraba subirme en una silla y pegar la punta de la nariz al espejo. Tal vez me buscase a mí al otro lado de su lisa superficie y, en esa búsqueda, sólo aparecieras tú.

El resto de la gente, por regla general, no te soporta. En cuanto comienzan a adivinarte huyen despavoridos o se empeñan en alejarte de sus vidas. Es algo que nunca comprenderé. Aunque, si te soy sincera, cuando pienso en un futuro, ya no tan lejano, cuando me veo caminando contigo, de la mano, hasta a mí me entra el miedo. No porque no te quiera. No. Sino porque quiero a más gente además de a ti.

Vieja amiga, hay días en que llegas de un modo tan imprevisto que no puedo dejar de sorprenderme. Hay fechas, como las que vivo ahora, en que la alegría casi te relega del todo de mi lado y es, precisamente entonces, cuando, como una niña caprichosa, das una patada tirando abajo la puerta de mi alma, atravesándome por entero.

No te preocupes, querida amiga, ambas sabemos que, siempre nos tendremos la una a la otra. Porque, ¿qué sería de mí sin ti? ¿Y de ti? ¿Qué sería de ti sin mi cariñosa contemplación?

Ven y siéntate, pegada a mí, una vez más. Rózame con tus larguísimos dedos que todo lo tocan y todo lo acarician. Descansa un rato en mi regazo y vuelve a irte cuando así lo creas conveniente. Gracias por acompañarme. Gracias por alejarte. Gracias por todo, mi incomprendida SOLEDAD.