LOS CUENTOS DEL HADA:
El ángel del hada
La primera lluvia otoñal despertó al hada que, una vez más, había entornado sus avellanados ojos en un intento de dormir su cuerpo y de despertar su alma mágica.
La temperatura había descendido de forma notable en las últimas horas y, cuando la primera y cristalina gota le salpicó el rostro, tras chocar contra su alféizar, sonrió al escuchar el alegre canturreo que el abeto y las palmeras tarareaban, reconfortados, por el líquido alimento.
Se desperezó y, sin prisa alguna, encogió sus piernas. Las abrazó contra su pecho y, apoyando su redondeado mentón sobre sus fuertes rodillas, se limitó a contemplar tan magno espectáculo.
Las nubes vaciaban sobre la ciudad su mar de algodón licuado. La brisa sopesaba la posibilidad de transformarse en algún bravo viento, creación de silfos juguetones y testarudos. Las calles empezaban a brillar y a reflejar sobre ellas el leve tintineo de las luces artificiales. El Sol, ya a punto de retirarse, se adivinaba más allá de las montañas de la sierra y fue, entonces, cuando le recordó.

Un amoroso suspiro nació en el corazón de la pequeña criatura, ascendió gorgojeante por su grácil garganta y fue parido entre sus carnosos labios: tentadoras escarlatas de silencios y preguntas.
Su mente volvió a volar, empujada por su galopante corazón hasta otros lugares, hasta otros tiempos en que ángeles y hadas convivían sin problema alguno. Juntos, como siempre había sido desde la creación de los seres mágicos, unos y otras establecían lazos de amistad, perdurables y eternos. Incluso llegaba a comentarse que, en alguna que otra ocasión y pese a sus diferentes naturalezas, el amor había sorprendido y despertado a estas almas tan distintas. Cuando hasta sus picudas orejas llegaba alguna de esas legendarias historias narrada como un cuento para dormir a bebés-gnomos, ella no podía evitar esbozar una media sonrisa y evocaba, una vez más, su propia historia...Y una vez más, recordó.
...¡La había leído tanto sin ella saberlo!...
En aquellas épocas antiguas, el hada dedicaba su tiempo a escribir cuentos sobre los hombres que comenzaban a dominar el planeta. Los escribía sin orden ni concierto, cuando los propios cuentos decidían que era el momento idóneo para ser conocidos y la usaban como instrumento de transmisión narrativa. Luego, los copiaba y los distribuía por distintos rincones del bosque: sobre una viva piedra caliza, a los pies del majestuoso pino, tras los pétalos de una preciosa amapola, sobre el paraguas de la arrogante seta o, simplemente, sobre la desnuda y húmeda tierra, madre de todo lo existente e hija de todos los que existen.

Desconocía quiénes los leerían, pero sabía que lo hacían porque, alguna que otra vez, le llegaba el eco de las narraciones, variadas en sus formas, pero con idéntico fondo, al ser transmitidas de manera oral. Y cuando eso ocurría se sentía feliz ya no por ella, sino por la propia historia en sí misma, que tanto había luchado por darse a conocer y que, siempre dudaba si sería capaz de hacerse conocida.
Una tarde, cuando descansaba sobre el lecho de musgo y líquenes de la rama del sauce llorón, un gorrión se posó, de improviso, a su derecha. Depositó, frente a ella, un trozo de quemado carbón y, sin decir ni pío, desapareció de su lado. Curiosa donde las haya, el hada se acercó hasta el oscuro regalo y, atónita, contempló que llevaba un mensaje grabado: "¡me gustaría tanto ser tu amigo!".
Esa simple frase le hizo abrir aún más sus ya enormes ojos y no puedo evitar echarse a reir.
-¿Quién eres?, -preguntó en voz alta.
Pero nadie contestó. Los sonidos que llegaban hasta ella eran los propios ruidos de un bosque lleno de vida y, algo desilusionada, volvió a sentarse.
Mientras su mente no cesaba de preguntarse quién se escondería tras ese trozo de negro carbón, el sopor volvió a envolverla y, de nuevo, el aleteo del gorrión la despertó de sopetón. Dejó caer a sus pies un nuevo carboncillo y se alejó.

-"Soy alguien que te sigue, que te lee y te conoce desde hace tiempo", -leyeron las avellanas de sus ojos y una alegre carcajada la recorrió por entero.
-Pero, ¿dónde estás? ¡No te escondas! ¡Quiero verte, por favor! , -gritó la pequeña, mientras aleteaba sin parar y giraba sobre sí misma una y otra vez en busca de ese admirador o de esa admiradora que se empeñaba en ocultarse.
Mas no tuvo que esperar demasiado. Justo frente a ella, apareciendo de la nada, surgió una mano: grande, enorme comparada con su tamaño, fuerte, ancha, con dedos largos y delicados.
A la mano le continuó un brazo, luego un hombro, una pierna, un muslo, un estómago...Aquel ser poseía un tamaño descomunal y la minúscula hadita no pudo dejar de asustarse.
A punto estaba de huir, cuando una voz masculina, hermosa, cálida, jovial, dulce, simpática y acariciadora le hizo permanecer en el mismo sitio.
-Por favor, no te asustes, no te vayas. No voy a hacerte daño. Eres tú quien ha pedido verme , -suplicó el surgido del aire.
Ella, todavía temerosa, giró su cabeza y su cuerpo la acompañó hasta toparse, frente a frente, con él. Entonces, sí que sus ojos se abrieron como jamás lo habían hecho hasta ahora. Allí, delante de ella, se encontraba el más bello de los ángeles. Con su tez dorada por el sol, su gran envergadura, su cabello oscuro y suave y el par de alas blancas más impresionantes y mejor cuidadas que jamás habría imaginado.

Siguió escrutándolo con sus inquisidores ojos y, al llegar hasta su mirar, el corazón de la hadita cabalgó salvaje, caótico e ilusionado. Cabalgó de tal modo que sus mejillas no pudieron evitar sonrojarse al pensar que el ángel tenía que haber escuchado el alocado ritmo de su latir.
Impactada por aquel encuentro inesperado, se limitó a sonreir al sentir la sagrada dulzura que emanaba de su recién estrenado amigo.
Poco a poco fueron descubriéndose el uno al otro. Era raro el día en que no charlaban un rato en aquel mismo claro del bosque. A los pies del nostálgico sauce llorón, donde él le contaba de su vida y ella, extasiada, sonreía al confirmar, a cada segundo, lo que él no se atrevía a decir.
Los días en que las obligaciones de ambos no les permitían reunirse, ella le dejaba notas a lo largo del inexistente camino y él enviaba a su fiel gorrión de manchado pico.
El hada atesoraba aquellos trozos de carbón escritos como la más divina de las gemas. El ángel memorizaba cada una de las palabras que ella le escribía como si a fuego se grabasen en su ser.
Ambos poseían vidas completas y, sin embargo, ambos necesitaban cada vez un poco más del otro.

Podían compartir horas enteras como si de breves segundos se tratasen. Ella adoraba que él la sujetase entre sus manos y, en sagrado silencio, contemplarle. Al final siempre acababan riendo y carcajeándose.
Un día, buceando juntos en ese rugiente océano del silencio compartido, ella decidió dar un paso más y haciendo uso de sus incansables alas, se mantuvo suspendida en el aire frente al magnífico rostro que la observaba. Con sus dos feas manitas empezó a acariciarle la frente, las sienes, el cabello, las mejillas, la bellísima nariz, los sensuales labios, la viril barbilla. Mientras, él cerraba sus ojos y se dejaba arrastrar por el suave roce de la piel del hada, en un acto de absoluta entrega y de infinito amor.
No hacía falta decir más. No era necesario hablar pero, sin embargo, ambos lo hicieron y el más enamorado "te quiero" nació de cada una de sus bocas al mismo tiempo.
El de ella, incansable y generoso como el acariciar de sus manos.
El de él, profundo y real como el batir de sus párpados.
¡Tan distintos y tan iguales! ¡Tan lejanos y tan unidos! ¡Tan suyos sin ser del otro! ¡Tan amados y tan amigos!
Ella no le pedía nada y todo se lo daba. Él no podía entregarse y a ella le pertenecía.

Sabían que nadie podría comprenderles y no les importaba, porque sintiéndose unidos, era como más felices se sentían y, estando unidos, incluso sus mundos les sobraban.
Compartir esos ratitos suponía para ambos el nacimiento de un universo nuevo por y para ellos solos. Juntos, se adivinaban vivos, exultantes, fuertes, bellos, grandes, únicos. Separados, las horas transcurrían igual de lentas que los siglos y, permaneciendo separados, era cuando más del otro se vivían.
No pasaba ni un solo instante en que el hada no pensase en su amor imposible de blancas alas.
No pasaba ni un solo momento en que el ángel no pensase en su hada de amor, de transparente sonrisa.
Al separarse, mientras sus bocas reían, sus almas lloraban y, al reencontrarse, incluso el bosque se emocionaba al ser testigo secreto de los amantes corazones que se buscan y se desean. Que se dan y no reclaman.

Una nueva gota de fresca lluvia otoñal salpicó los poco agraciados pies del hada quien elevó sus ojos hacia el cielo en busca de su imposible enamorado. ¿Cuánto hacía que no le observaba? ¿Una semana? ¿Siete siglos? ¿Un instante?...Daba igual el lapso de tiempo sin tenerle a su lado puesto que, siempre, se le aparecía como un destierro eterno.
Su ángel disfrutaba de su propio mundo del que tenía que ocuparse y ella se debía a ese alféizar y a esa plaza de los viejos que, como universo propio, había aceptado. ¿Qué importaba que sólo pudiesen gozarse a ratos? ¿Qué más daba que les separasen distancias y deberes, circunstancias y situaciones si, de forma constante, perenne y eterna se pertenecían el uno al otro y así gustaban de vivirse?
Una última gota recorrió, silente y despacio, el pálido rostro del hada mientras su fea mano izquierda se aferraba al oscuro trozo de carbón que pendía de su terso cuello.
Una dulce lágrima de sagrado amor la nutrió de su ángel cuando se escondió entre sus frescos labios al contemplar, una vez más, el penetrante y enamorado mirar, color esmeralda que, de la nada, surgía ante ella, llenándola por entero.































































































haptesupreina dijo
No tengo palabras, este cuento del hada me ha emocionado de forma absoluta, ...no es alagarte por alagarte, pero es lo que siento y asi te lo voy a decir...escribes genial, me has tenido como a los niños, encandilada del cuento hasta el final y sobre todo como transmites el sentimiento..
Ya lo sabia, pero tu sensibilidad y encanto son inmensos..de verdad,deseo que esa esmeralda ilumine tu amor
Muchos besos linda Clito
5 Octubre 2006 | 07:24 AM