CAJAS DE MEMBRILLO Y JAZMÍN

El pato de goma la miraba con sus ojos curiosos, redondos, oscuros, inquietos e incansables, a través del polvoriento cristal de la ventana. Al hada siempre le habían gustado los patos de goma, le parecían divertidos y tremendamente simpáticos.

Por regla general le gustaban todos los juguetes de los humanos. Pero sobre todo le hacían mucha gracia los animales de peluche, tiesos, peludos y con su enternecedora mirada. Tenía suerte, a la mujer de la ventana le apasionaban.

Alguna vez había intentado contarlos, pero le era imposible. Sabía que los había por todas las estancias de la casa y ella no llegaba hasta allí. Sólo le era posible acceder a la luminosidad del dormitorio grande, al claro-oscuro del salón comedor y a la penumbra de la habitación de invitados.

Le gustaba mucho este último espacio: pequeño, acogedor, en tonos azules, coqueto, con el claro toque femenino de la mujer de la ventana y repleto de cachorros de peluche. Desde caballitos de mar hasta los típicos oseznos. Todo un caótico zoológico de felpa la admiraba y le sonreía desde el otro lado del traslúcido vidrio.

A veces, cuando la mujer de la ventana desaparecía durante días, el hada se colaba por la apertura de la ventana del salón y, sigilosa, aún sabiendo que no había nadie, penetraba en ese mundo prohibido para los seres mágicos. Siempre se trataba de una aventura emocionante y única.

Desconocía la causa, pero le encantaba el aroma de la casa. Puede que fuera por las velas e inciensos que la mujer encendía y quemaba a diario. Dejaban un regusto a dulce membrillo en el ambiente que la embriagaba hasta hacerle cerrar los ojos y la arrastraba hasta los propios olores de su infancia.

Cuando entraba en la vivienda, sólo le era posible acceder al salón y al pequeño dormitorio celeste, el que tanto la atraía. Pero no importaba, se podía pasar horas observando hasta el más mínimo detalle y reconocía, al instante, los cambios más novedosos.

Repasaba uno a uno los títulos de los centenares de tomos que acaparaban polvo en las diferentes estanterías. Sonreía siempre que descubría algún nuevo ejemplar sobre el mundo de las hadas y el resto de seres mágicos.

A veces, era tan agotadora la visita que no le restaba más remedio que descansar sentada sobre alguno de las decenas de tarots que conformaban una de las colecciones de la mujer de la ventana.

Sabía que el de Ryder, el de Marsella, el céltico y el de Balbi se contaban entre sus favoritos, porque eran los más usados y gastados. Sobre todo este último que, a su vez, fue el primero que cayó en manos de la hembra mortal cuando apenas contaba con 16 ó 17 años y que la había embarcado en un universo de estudios y de experiencias con respecto a ese arte tan antiguo como apasionante.

Las hadas y elfos, en general, eran amantes de las prácticas adivinatorias humanas. Les llamaba la atención la gran cantidad de prácticas diferentes que los hombres y mujeres de todos los tiempos habían creado para conocer qué les depararía el futuro. ¿Futuro?, ¿acaso existía el tiempo?

No alcanzaba a comprender cómo estaban tan ciegos, cómo seguían tan ciegos desde hace milenios y no se daban cuenta de que para conocer lo que te depararía el mañana sólo era imprescindible el sentarte contigo mismo, en soledad, quietud y autocontemplación y buscar todas y cada una de las respuestas que, siempre, se hallan en nuestro interior.

No importa cuál sea nuestra naturaleza. Da igual que seamos seres mágicos, naturales, sobrenaturales o preternaturales. En cada uno de nosotros se encuentra nuestro propio libro de instrucciones con las respuestas adecuadas a cada pregunta.

Sin embargo, la mujer de la ventana sí que parecía, en cierto aspecto, alguien diferente. Ella sabía y defendía con absoluta rotundidad que la práctica de cualquier mancia, como por ejemplo el tarot, consistía en un método de concentración, relajación y meditación, por medio del cual poder llegar, de forma consciente, a ese determinado estado alterado de conciencia donde nos sentamos con nosotros mismos e iniciamos ese diálogo, siempre tan fructífero, como subyugante.

Ese día, el alocado canto de los pájaros de las enormes jaulas que parecían presidir la habitación e incluso la casa, la despertó del sopor que la había abrazado, tumbada sobre la carta de la estrella que, por alguna razón desconocida, se había salido del mazo.

Saludó a las tres pequeñas aves e incluso se sentó con ellas, dicharachera, compartiendo una de sus perchas, a parlotear durante un buen rato. El hada les narraba historias de árboles mágicos, de lugares recónditos, de extrañas criaturas y ellos, más tarde, le trinaban diferentes situaciones y experiencias vividas junto a la dueña de la casa.

Tanto a los emplumados, como a la alada hada, los relatos escuchados les parecían impregnados de magia y de misterio.

Una vez acabado el ritual de la charla con aquellos inteligentes y diminutos seres, llegaba el momento más deseado y, posteriormente, más recordado para la pequeña hadita: el momento de visitar el cuarto de cortinas y colcha azules.

De forma rectangular, más bien pequeño, con una ventana doble que ocupaba casi todo el fondo, con sus cortinas a cuadros azules, su mesilla de noche de madera de pino, sobre la que descansaba un mantelito de la misma tela que las cortinas, le parecía precioso y lleno de encanto. ¡Le entusiasmaba aquel lugar!

Desde las tres estanterías, la perenne cohorte de bichos de trapo la espiaban y la toleraban. También había libros aquí y cómics y cartas, pero esta vez de póker.

Sobre los estantes, como regados a propósito, iban surgiendo anillos, broches, gafas, relojes, pulseras y colgantes. Algunos de hadas, otros de mariposas, unos cuantos de amorfas formas...Y las cajas...¡Adoraba aquellas cajas!

Las había de cartón duro, ricas en colores, sombrías, redondas, cuadradas, en forma de corazón, altas, bajas, a rayas, con lunares, enormes o minúsculas. En muchas, ni ella siendo tan pequeñita habría cabido, pero en otras, hubiera sobrado sitio hasta para un ejército de hadas.

Tras acariciar la lisa superficie de las cajas y deslizarse sobre ellas, se dedicaba a revolotear un rato entre las ropas que colgaban del perchero tras la puerta y entre las que siempre dejaba la mujer colgadas de la esquina de una de las estanterías.

¡Qué bien, se había dejado sobre la cama, la falda de hada! Así la había bautizado la propia humana cuando la vio en aquellos almacenes del centro y tenía razón: con forma de tubo, corta y con diferentes volantes en tonos ocres-verdosos, de diferentes medidas, podía pasar por ser su propia falda confeccionada con hojas de helecho.

Decidió tumbarse sobre uno de los volantes color abeto y entornó sus ojos. Una delgada línea iridiscente y temblorosa la poseyó y el cuarto se llenó de llamaradas de luz dorada que parecían converger en la enorme caja roja que había a los pies de la cama. Curiosa, se acercó hasta ella y, de pie sobre la mullida y cálida colcha azul eléctrico, la escudriñó.

No entendía por qué, pero, por alguna razón, el brillo vivo y pasional de la caja le transmitía nostalgia, melancolía, morriña del pasado.

Aleteando sus pequeñas alitas se dejó caer sobre la tapa colorada. ¡Era tan perfecta! Brillante, grande, nueva, resistente, lisa, bonita y resbaladiza. Sin embargo continuaba sintiendo esa desazón.

Comenzó a pasearse sobre su superficie, con sus brazos cruzados sobre su pecho y su mirada perdida entre sus horripilantes pies, como hacía siempre que intentaba entender algo y no aparecía la respuesta adecuada a sus preguntas. Entonces lo notó. Notó que el suelo bajo sus feos pies se movía, se agitaba, temblaba, ¡saltaba! La caja había brincado sobre sí misma: ¿cómo era posible?

Rápidamente se tumbó boca abajo sobre una de las esquinas de la cubierta roja y pegó su picuda oreja derecha al precioso cartón. ¡No podía creerlo! ¡Se escuchaba un latido que provenía del interior! ¿Habría algún ser escondido allí dentro? ¿Se habría metido allí la coneja de la mujer de la ventana por equivocación? No, imposible, había sido testigo de cómo la mortal se la llevaba con ella a donde quiera que fuese. ¿Entonces, qué sucedía dentro de esa espectacular caja de color rojo?

Siempre se ha sabido de la innata curiosidad de las hadas y el hada de la ventana no era menos curiosa que la más curiosa de ellas. Así que se dispuso a intentar abrirla para comprobar qué había dentro. Miró a su alrededor durante un buen rato buscando algo que le pudiera servir de palanca o de ariete con el que poder levantar la cubierta. Tras varias miradas observó cómo sobresalía del techo del armario, una regla de plástico transparente. Siendo de plástico no sería muy pesada y podría maniobrarla sin dificultad. Ahora sólo quedaba por confirmar que fuese lo suficientemente larga.

Elevándose en un santiamén se encaramó sobre el armario. ¡Sí, la regla medía lo necesario como para, al menos, intentarlo!

Se dejó caer hasta el suelo aún más rápido de lo que había subido y se colocó justo junto a la esquina en la que antes había apoyado su oreja puntiaguda. Agarró la regla por un extremo, la elevó como si de una pértiga se tratase y apoyó la punta más lejana a ella contra la doblez de la tapa. Haciendo uso de la gran potencia de sus alas, empujó y empujó hasta que creyó que sería mejor rendirse. Fue en ese preciso momento cuando la tapadera cedió, saltó lo suficiente hacia atrás y dejó descubierto un pequeño fragmento de la superficie de la caja.

Rauda como una centella, tiró la regla a su derecha y voló hasta la abertura. Agarrándose a las aristas del ángulo de duro papel y dejando su cuerpo en el aire, asomó su níveo rostro hacia la nueva oscuridad. Esperó unos instantes a que sus avellanados ojos se acostumbrasen a la falta de luz. ¡Pero si estaba vacía! Comprobó, casi metiendo medio cuerpo, que no había nada dentro.

Desilusionada e incrédula, comenzó a salir de nuevo hacia la iluminada estancia y, entonces, notó el aroma. Los membrillos dulzones de la casa habían dejado paso a un olor distinto.

Profundo, alegre, sensual, joven, llamativo, parecido al del jazmín florido en una tarde de septiembre, enriquecido con un ligero toque a gardenia, canela y madera de haya. Sin duda era aún más impactante y atractivo que el de los ricos membrillos.

Así estaba, con sus ojos cerrados, dejándose llenar por ese maravilloso olor, cuando hasta sus oídos llegó el eco de un suspiro. Penetrante, sereno, deseoso, sencillo, esperanzado, semejante al respirar de un imperturbable Cupido que dirige, sabiamente, sus flechas hacia los corazones de los enamorados.

Sin duda se trataba de una garganta masculina la que emitía semejante sonido. Al momento miró hacia la ventana y contempló cómo la oscuridad se adueñaba de las cortinas azules. La noche caía sobre la ciudad y ésa era la señal de que no debía permanecer más tiempo en un lugar catalogado como "no mágico".

Decidió dejar la tapa como estaba. Además, no creía tener suficientes fuerzas como para volver a colocarla en su correcta posición.

Mientras volaba de regreso hacia su alféizar, tras desearles un apacible descanso a sus amigos, los tres periquitos, se preguntó si la mujer mortal habría salido de viaje en busca del dueño de esos suspiros.

Esa noche, el hada supo que la mujer de la ventana había llegado al final de un camino y que, en él, se había dado de bruces con su propio destino.

Esa noche, el hada soñó con que destapaba una gigantesca caja de color rojo. En su interior, la mujer de su ventana y el hombre de los suspiros se besaban, abrazados, sin importarles la presencia del resto del mundo que, envidioso, era testigo de tamaño regalo de amor.

(Escrito el 18/08/2006)