España 70 - Grecia 47 ¡VIVA ESPAÑA!

¡Sí, sí, sí, la Copa ya está aquí! ¡Por fin una victoria rotunda! ¡Por fin un Mundial sin motores de explosión!

Hoy he recordado la plata olímpica de Los Ángeles en el año 1.984, cuando el baloncesto aún no se llamaba basket y, durante unos años, se convirtió en el deporte rey de nuestro país.

Ayer me comentaron que muchos aficionados estaban "temerosos" porque Pau no jugaba. Les contesté que, precisamente por eso, estaba segura de que ganaríamos. Porque el máximo poder del "periquito" catalán no está debajo del aro, sino en el dominio psicológico.

Dominio no sólo propio, sino sobre el resto de sus compañeros. Dominio profesional yanqui, porque para jugar en la NBA hay que pensar como un yanqui, haciendo tuya la idea de que el segundo es un total perdedor.

Gracias por esta alegría, España de mis amores. Hoy me habéis recordado por qué empapelé la puerta de mi dormitorio hace veintidós años con un póster gigantesco de la, entonces, selección triunfadora. Cuando una plata era triunfar. Cuando soñar con un oro era una utopía. Cuando el fútbol no ocupaba primeras planas periodísticas.

Gracias, España, por demostrarme, una vez más, que, para que un sueño se haga realidad, sólo es necesaria una circunstancia: ¡despertar!.

Gracias, España, por demostrarnos a todos que, para ser campeones, para ser los mejores, para ser los primeros, sólo es necesario un pensamiento: ¡el de creer en ti mismo!

Gracias, España, por regalarme un motivo para sonreir.