¿SE PUEDE MORIR DE AMOR ?

A veces me viene a la mente la historia de la hermana de mi abuela. Una de sus hermanas mayores, cuyo nombre no recuerdo y que deberé preguntarle en mi próximo viaje, no vaya a ser que ella también lo olvide, ya de un modo definitivo.

Tengo por casa alguna foto antigua de ella con su niño en brazos. Era guapa, llamativa, fuerte, pero su mirada ya denotaba una tristeza mayúscula que traspasa el alma y el papel envejecido que la mantiene estática, año tras año.

Se casó muy enamorada. Se unió con el que sentía como el amor de su vida tras el típico noviazgo de principios del siglo XX. Mi abuela siempre me contaba que se les veía "loquitos" el uno por la otra y viceversa. Pero esa felicidad pronto quedó truncada por el estallido de la Guerra Civil española y a él se lo llevaron al frente donde, al poco de llegar, cayó abatido.

Cuando ella recibió la noticia, se hallaba embarazada de su amor. Guardaba una parte de él dentro de su seno, pero ya no volvió a sonreir jamás.

Mi abuela me narraba que, hasta ese momento, su hermana era una chica alegre, sonriente, vitalista, cantarina. Así era hasta que le comunicaron el fatal fin de su esposo. Luego llegaron el silencio, la sombra, el frío que se adhiere a los huesos, la mirada perdida, la boca seca y el corazón de piedra.

Mi tía-abuela parió un niño precioso, que decían que era el vivo retrato de su desaparecido padre y, por un tiempo, su rostro incluso recordó lo que era un esbozo de sonrisa. Sin embargo, cuando el bebé aún no había cumplido los dos años, unas fiebres tifoideas se lo arrancaron para siempre y, entonces, sí que se escribió el final en el guión de su doliente vida.

Siempre le preguntaba a mi abuela de qué murió al poco tiempo su hermana. Su respuesta siempre fue la misma: de AMOR.

"Se fue apagando como una florecita que no se riega", me contaba mi abuela. "Era como una muerta en vida: fue comiendo menos, moviéndose menos, viviendo un poquito menos cada día hasta que una mañana murió", me narraba mientras me asomaba a sus nostálgicos ojos y podía ser testigo de todo aquello. Me era posible observar en su mirada hasta el más mínimo detalle de una historia que sucedió casi cuarenta años antes de que yo naciera.

Hoy me pregunto si será posible dejarse morir ante la constante compañía del desamor a tu vera. No hablo de suicidios activos. No. Me refiero a algo mucho "más simple", a irse apagando cada día, como decía mi yaya.

Me refiero a si es posible que la falta de los que más amas o de quien más amas te deje sin fuerzas, sin ánimo, sin fe, sin capacidad para sentir, sin deseos de existir y, una mañana cualquiera, te vayas.

¿Y fallecer por amor? ¿Será posible amar tanto, de forma tan desprendida y tan rotunda que te des por entero y, por ello, adelantes tu muerte?

En el mundo loco en que vivimos. En esta sociedad del consumo y las prisas. En estas ciudades alienadas y rebosantes de almas sin ojos. Ahora mismo, ¿se morirá por AMOR?.

A veces me viene a la mente la fotografía de la hermana de mi abuela y siento que son mis propios ojos los que me observan a través del tiempo.

No sé si actualmente se continuará muriendo de amor. Pero lo que sí sé es que cuando un amor se aleja, una parte de ti, quizá la mejor de todas, se va con él y, en su lugar, permanecen los ojos tristes de mi tía-abuela.

No tiene que olvidárseme preguntarle su nombre en Octubre, aunque para mí siempre sea "la amorosa hermana de mi abuela".