Gracias por habernos compartido. Siempre estarás conmigo. Te quiero. Hasta luego...
Cuando hace meses escribí de ti ya sabía que este momento llegaría pero no sospeché que tan pronto.
Solemos olvidar que el tiempo pasa de distinta forma para cada uno de nosotros y, para ti, ocho años son muchos años y más aún para tu debilitado corazón. Corazón enfermo por tanto darse, por tanto amar, por tanto compartirse, por ser tan entregado, tan generoso, tan tuyo, tan nuestro.
Sabía que algún día escribiría cómo fue tu llegada hasta mí y, hoy, que te has ido de mi lado, no encuentro mejor forma de recordarte que haciéndolo.
En Diciembre del año 98, por mi cumpleaños, me llevaron hasta una casa de alguien desconocido y, estando en su cocina, se abrió una puerta y aparecieron seis o siete cachorros de poco más de un mes de vida. Eran un puñado de preciosos pastores alemanes y me dijeron: "elige el que quieras, uno es para ti".
¿Elegir?, ¿cómo se puede seleccionar sólo uno? Decidí quedarme quieta y que fuera él o ella quien me eligiera. Al momento un regordete alzó su cabeza. Me miró, se acercó, olió mis pies y, sentó su trasero entre ellos.
-"Éste", dije y ése fue.
Le bauticé como Uro, lo llevamos al veterinario y luego a casa. Una casa que, de sueño, se tornó en pesadilla. Una convivencia que, de idílica pasó a ser una absoluta tortura. Pero tenía a Uro y, su presencia a mi lado, me daba fuerzas para sobrellevar aquella tortura continua.

Uro se pasaba las horas en el jardín, cavando una especie de fosa. Por más que la rellenase con tierra, al rato estaba otra vez afanado, construyendo ese agujero misterioso. Así que el jardín pasó a tener un espléndido agujero junto a la tapia blanca.
Una tarde calurosa de Mayo, tras haber salido a pasear con él. Después de haber estado jugando ambos con su pelota, con la manguera, tras habernos quedado agotados y empapados, observé que su pata delantera derecha se hinchaba por momentos. Fui a ver qué le pasaba y, al tocársela, tuvo que dolerle tanto que incluso estuvo a punto de morderme. Al instante supe que algo no iba bien. Uro pesaba ya casi 40 kilos pero, aún así, como pude, lo envolví en una toalla, lo subí en el coche y corrí hasta el veterinario.
Uro murió cinco días después. Flaquito, hecho casi un saquito de huesos, supe que se iba. Ambos lo supimos y, por eso, la noche antes de irse, al salir de la clínica veterinaria, me deshice en un mar de lágrimas. Murió al mediodía de un miércoles y a las cuatro de la tarde, junto a mi madre, fui a buscar su cuerpo. Quería enterrarle en su jardín, en mi jardín y fue entonces, cuando comprendí por qué ese afán suyo de cavar aquel agujero. Era casi perfecto para él. Casi no tuve que agrandarlo en nada y ahí, donde él había escogido, deposité el armazón vital que le había servido de soporte para vivir durante aquellos meses y regalarme una de las mejores y más bellas compañías de las que he podido disfrutar en toda mi vida.
Uro sabía que tenía que irse por mí. Sabía que, jamás lo hubiese abandonado y sabía que mi vida se había transformado en una dantesca pesadilla . Sabía que, si huía de ese lugar, no podría llevarlo conmigo y, ante eso, eligió irse él.
Los días posteriores a su muerte fui un zombie. Le enterré un miércoles luminoso y negro y, los cuatro siguientes días, me limitaba a vegetar.

El Domingo tocaba sesión de videojuegos. El protagonista de mis peores sueños se sentaba frente a su televisor, agarraba su videoconsola y yo tenía que estar a su lado contemplándole. Serían las tres de la tarde cuando escuché el primer ladrido. Sonaba lejano, leve, proveniente de un bicho pequeño. Pero no hice mucho caso. Sería alguno de los perros de los vecinos.
Continuaron los ladridos. Cada vez más altos, más próximos, más claros, más continuos, más exigentes, más "míos".
A las cuatro ya no aguanté más y abrí la puerta de casa. Me asomé y no vi nada y, cuando iba a entrar de nuevo, otro ladrido. Bajé el escalón, di un par de pasos y, de pronto, te vi. Estabas sentada, entre su coche y la tapia, pegada a la tumba de Uro pero por el exterior del blanco muro. No volviste a ladrar y ladeaste tu preciosa cabecita, mirándome, saludándome. Me acuclillé y, aún separadas, te pregunté quién eras y tu contestación fue la de lanzarte sobre mí, hacerme caer de culo y plantarme centenares de lametones por todo el rostro.
Al momento llegó mi vecina y se disculpó conmigo por tu intromisión. Me comentó que te habían rescatado hacía dos días de la autopista. Alguien te había abandonado allí y estabas, desesperada, esquivando coches y sorteando a la muerte. Muerte que, hoy, te ha tomado de la mano de un modo definitivo.
Mi vecina añadió que, desde que habías llegado a su casa, a su jardín, no parabas de aullar y de ladrar mirando hacia la nuestra y que, constantemente, intentabas escapar y venir corriendo hasta mi casa. Tú seguías en mis brazos, llenándome de cariño y de besos, mientras tu rabito gris oscuro no cesaba de bailotear de un lado a otro. Entonces me preguntó si quería quedarme contigo. Yo me giré y le supliqué con mi mirada al adicto a Lara Croft que te aceptara y los cielos obraron el milagro y asintió con su cabeza.

A partir de ese instante te pasaste a llamar Lara, mi Larita y te llevé hasta la tumba de Uro para darle gracias por traerte hasta mí. Porque ambas hemos sabido siempre que fue él el que envió a una preciosa caniche gris oscura a intentar llenar el vacío que su marcha me produjo.
Los días fueron pasando y nos fuimos conociendo. Por tu conducta supe que debiste de ser maltratada y sufrir mucho. Algún varón tuvo que intentar desgraciarte la vida porque los hombres te aterraban. Pobrecita mía, hasta eso teníamos en común.
Una noche te dio por raspar con tus patas los azulejos del salón. Intentabas cavar y el terror se apoderó de mí. Me acordé de Uro y te vigilaba, te observaba a todas horas. Me di cuenta de que engordabas y de que el ombligo se te hinchaba. Seguías cavando un agujero imaginario en la esquina del salón, noche tras noche. Entonces, una mañana, te toqué la panza y noté que algo se movía dentro. De nuevo, la toalla, prisas, carreras. Te coloqué en el asiento del copiloto y volamos hasta nuestra veterinaria.
Se confirmó mi sospecha: estabas preñada y tus rascadas en los azulejos no eran otra cosa más que el hecho de intentar preparar un cubículo perfecto para cuando llegara la hora y la hora llegó un mediodía. Otra vez toalla y viajes al veterinario. Marisa me comentó que todo parecía ir bien y que estabas a punto. Me preguntó si quería dejarte ingresada o si prefería llevarte conmigo a casa y asistirte yo. Te miré, me miraste, volviste a ladear tu cabecita y lo tuve claro: "¡a casa!".
Toalla, carretera y tú, respirando hondo y ¡¡¡¡apretando en el asiento!!!!. Yo te acariciaba la cabeza y te decía que estuvieras tranquilita, que ya llegábamos, que esperaras. Pero la naturaleza se abría camino por sí misma y, cuando te agarré para entrar en casa, una masa resbaladiza, activa y envuelta en una bolsa sanguilonenta y húmeda, ya se agitaba sobre la toalla.

Os deposité en el sofá del salón y traje más toallas. Tu mirada era la que me calmaba a mí. Tu sabiduría, tu tranquilidad, tu sosiego, me enseñaron que en los momentos importantes lo que hay que hacer es, simplemente, abandonarse a vivir ese instante, ese momento. Hay que dejarse llevar por la propia vida que marca las pautas y el ritmo a seguir.
Durante horas estuve a tu lado, acariciándote, ayudándote, rompiendo sus bolsas y colocándolos sobre tus mamas. Nacieron cinco preciosidades. Las mismas cinco maravillas que salieron adelante y que tan bien cuidaste y protegiste.
Desde entonces has estado a mi lado y te llevé conmigo el día que abandoné aquella jaula para siempre. Temía la actitud de la vieja Luna, mi otra perrita adoptada, la que vivía en la casa familiar, cuando te viera. Como toda "vieja", Luna tenía sus manías, su carácter y me preguntaba cómo aceptaría a una intrusa. Fue asombroso. Os vistéis, os observásteis, os olísteis y os tumbásteis juntas, a descansar, bajo la mesa de la cocina como si lleváseis toda la vida pegadas la una a la otra.
Luego, mi propio caminar me alejó de vosotras y me trajo hasta donde estoy ahora. Decidí que te quedases allí, con Luna, con mis padres, en tu casa, en nuestra casa, porque, además, idolatrabas a mi padre. Fíjate qué cosas: con el terror que sentías hacia los chicos al principio y fue justo a un varón al que elegiste como amo cuando yo me ausenté de vuestro lado.

Recuerdo nuestros reencuentros. Mis entradas a esa cocina, cansada del viaje, y los saltos espectaculares de ambas.
Recuerdo nuestras conversaciones, sentadas las tres sobre el frío suelo blanco.
Recuerdo nuestros paseos por las tardes, cuando la noche ya se adivina y el Sol decide descansar por unas horas.
Recuerdo cómo os escondíais las pelotas y los juguetes la una a la otra.
Recuerdo cómo te empeñabas en comerte la comida de Luna y ella hacía lo mismo con la tuya.
¡¡¡Recuerdo tanto y tan bello ahora que te has ido!!!
Cuando el timbre del teléfono me despertó esta tarde de un modo tan tozudo y vi que era una llamada de Tenerife, supe que algo no iba bien. La voz de mi madre, llorosa, preocupada me lo confirmó. Al regresar de la playa te encontraron quieta, agitada y con la lengua amoratada. No le dije nada a ella, pero te había dado un infarto. Ya estabas en el veterinario con tu amo, con mi padre, siempre pegado a ti, pero estabas muy mal, te ibas.
Le encendí una vela a Francesco y le rogué que sufrieras lo menos posible y, una vez más, me hizo caso y al ratito llamé y me confirmaron tu marcha.
Ahora, cuando soy una herida abierta, que llora de forma continua tu pérdida, sólo el escribirte estas palabras logra aminorar levemente el dolor que siento. Sé que volveremos a vernos. Sé que ya estás junto a Uro, disfrutando de un cielo perfecto para vosotros y para todos los demás que te precedieron. Sé que te debes hallar reposando entre las enormes raíces del viejo Sabius, ese árbol maravilloso que os acoge y os cuida por mí, hasta que volvamos a reunirnos algún día.

¡¡¡Me quedan tantas cosas por decirte!!!¡¡¡Son tantas las caricias para darte!!!¡¡¡Son tantos los susurros y las risas que me quedo y atesoro dentro mío para regalarte cuando volvamos a encontrarnos!!!
Cuando en Octubre vuelva a casa, será tu ausencia la que salte alrededor mío. Será tu recuerdo el que ladée su cabecita observando cómo me preparo un capuchino. Será tu imagen la que acaricie al mismo tiempo que acaricio a Luna. Ahora me preocupa mucho ella, Lunita. ¡¡¡Estábais tan unidas!!! Siempre preocupados por esa anciana sorda que pasa ya de los 14 años y has sido tú, sin embargo, la que has partido en primer lugar.
Cuídate mucho, Lara. Disculpa el no haberte sabido dar, ni podido dar más de mí. Gracias por todo lo que me has dado. Gracias por hacerme comprender que el que existan los monstruos no significa que todos los hombres lo sean. Gracias por cuidar de ellos dos durante mis ausencias. Gracias por haber escuchado la voz de Uro y aceptar el llegar hasta mí. Gracias por haber enriquecido mi vida y la de todos los que te han conocido, del modo tan grande, tan bello y tan único como has hecho.
Disfruta de tu cielo. Sigue tu camino y espérame, feliz, tranquila, serena, a la sombra de las ramas de Sabius. Un día mi mano te despertará, acariciante y volverás a saltar a mi alrededor. Lo sé. Ambas lo sabemos. Te echo de menos, pero siempre te llevaré conmigo.
Gracias por existir. Sé feliz. ¡Te quiero tanto! Hasta luego.
































































































Blas dijo
Estoy llorando con desconsuelo,apenas veo el teclado,sé lo que se siente ante una pérdida asi....el vacio ante todo lo que dan....y el vacio de todo lo que nos hacen dar....
Te esperan dias duros,pero creo que sentir dolor por algo que nos entrega su vida a cambio de nada,merece la pena.
Siempre me dices,que soy su vivo retrato,cuenta conmigo si puedo mitigar tu dolor.
No puedo seguir....
Guaubesos
2 Septiembre 2006 | 10:25 PM