A finales de esta primavera me topé por internet con esta foto que veis aquí. Me sobrecogió la figura de esos venados, buscando una posible salvación en el agua al contemplar lo que se les venía encima. Al guardarla, además de rabia y pena, sentí un primer impulso que me lanzaba hacia el teclado con el fin de escribir un artículo sobre los fuegos forestales. Sin embargo, recordé que una de las cosas que más les gusta a los pirómanos es la notoriedad, así que me dije que era mejor no tentar a la suerte.

Hoy arde Galicia y mi memoria me ha llevado, por un lado, hasta el cajón en que reposaba esa imagen y, por otro, hasta millones de recuerdos de mi infancia.

Por mis venas corre sangre gallega. Mi abuelo paterno era natural de Orense y mi padre, aunque nacido en Tenerife, se crió en la bellísima terra galaica, junto con sus abuelos. Desde bien pequeñita, muchos veranos, viajábamos hasta esa maravillosa región para visitar a la familia y a los amigos.

Recuerdo el verdor de su paisaje. Recuerdo el aroma de sus bosques. Recuerdo el frescor de sus montes. Recuerdo la humedad de sus brumas. Recuerdo el singular y único carácter de sus gentes. Recuerdo el tintinear de las gotas de lluvia sobre sus vetustas piedras. Recuerdo su lujuriosa gastronomía, tentación de tentaciones.

Hoy, arde Galicia por sus cuatro costados y no puedo evitar que un angustioso y doliente sollozo se escape de entre mis labios.

Adoraba ir a Orense a reencontrarme con mis tíos y primos. Soñaba con pasar los días disfrutando de su enorme finca, perdida dentro de aquel bosque. De zambullirme, una y otra vez en su piscina.

En la finca había dos perros. Uno era un chuchillo mezcla de ratonero, cuyo nombre no recuerdo, nervioso, saltarín, listo y permanentemente hambriento. Si te veía con un bocadillo en la mano tenías que tenerlo siempre bajo control porque peligraba tu bocata y la mano que lo asía.

El otro can era el tranquilo, noble y majestuoso Yako. Un pastor alemán que, siempre protector, vigilaba y acompañaba a los menudos en sus correrías campestres. Nos hicimos compinches fácilmente. Siempre he disfrutado de una conexión especial con los animales y con él no iba a ser menos.

Hoy que arde Galicia, dolorosas lágrimas han vuelto a aflorar a la mirada de mis recuerdos al rememorar las amargas palabras de mi padre cuando, hace lustros, tras colgar el teléfono, nos comunicó que ardía Orense, que la finca había sido arrasada y que a Yako nunca se le encontró. Sí se recuperó al pequeñín hambriento, pero de mi Yako nunca más se supo. Siempre he pensado que Yako guió a su voraz amiguito hasta algún lugar seguro y que su desprendido heroísmo le llevó a fenecer bajo las lenguas de fuego.

Miles de Yakos y de otros seres sufren y mueren hoy en la verde Galicia. Una Santa Compaña de llamas feroces se pasea, a su libre albedrío, por los montes y bosques de esa bellísima tierra celta.

Las últimas noticias que he podido escuchar por la radio informaban de más de 100 incendios activos todavía, después de tres días ardiendo.

Echo de menos a las gentes que se movilizaron hace un par de años. Me importa un bledo la política. Me importan un bledo los partidos políticos de un signo o de otro. Pero sí que me pregunto dónde están las maravillosas gentes que se movilizaron cuando el terrible desastre del "Prestige" que cubrió el mar gallego y sus preciosas costas con una letal manta de negritud.

¿Dónde está esa marea ingente de voluntarios que, entonces, se movilizaron desde todos los puntos de España para echar una mano y remediar lo irremediable lo antes posible?

¿Por dónde andan las gargantas famosas, las intelectuales cabezas, las manos con nombre y apellidos que, en su día, se alzaron, valientes y generosas, a favor de la Galicia de todos?

Me asquea sobremanera pensar que la politización de nuestra decadente sociedad llega hasta tales extremos. Me da náuseas sospechar que los que antes vociferaban y ponían el hombro, ahora callan y disimulan porque son "los suyos" quienes detentan el poder sociopolítico.

¿Qué mundo, qué bosques, qué naturaleza, qué valores, qué sociedad vamos a dejarles a nuestros hijos y nietos? Sí, siento asco, rabia y dolor al comprobar en lo que nos hemos convertido.

Algún día, cuando ya no existan bosques, cuando el agua sea un artículo de lujo sólo para los poderosos, cuando el aire se haya convertido en un fluído contaminado y asfixiante, cuando la Tierra sólo nos otorgue lo que nos merecemos: hambre, sed, dolor y angustia, puede que nos preguntemos "cómo fue posible llegar a ésto".

Ese día, algún anciano derramará una lágrima al recordar los cuentos que sus abuelos le narraban de pequeño sobre un paisaje rico, vivo, generoso, mágico, amoroso, fértil, inenarrable...Lágrima que, al caer no podrá ayudar a crear vida porque sólo la muerte habitará sobre nuestros suelos.

Me da igual quién ostente el poder. Todos somos culpables por olvidar nuestras raíces, por creernos omnipotentes, por no pensar en el mañana que se nos avecina: ¡TODOS!

Miles de árboles aterrorizados por no poder moverse gritan y aúllan de miedo y dolor. Miles de animales han muerto y morirán abrasados bajo ese infierno de fuego que hemos creado y alimentamos a base de descuidos, irresponsabilidades y falta de conciencia. Centenares de personas sufren y sufrirán la pérdida de sus viviendas, de sus objetos, de sus sueños. Ya son varios los fallecidos cuando intentaban apagar el fuego...¿Tendremos que esperar más hasta darnos cuenta de que no somos dioses?

Hoy que arde Galicia, yo también me calcino bajo las llamaradas de la vergüenza, la ira contenida y la desesperación.

Te quiero verde, te quiero limpia, te quiero entera, te quiero sana, te quiero hermosa: Galicia nuestra.