TROCITOS DE MÍ
No sé si a algun@ de vosotr@s os habrá sucedido algo similar. Puede que sí o puede que no. Lo que sí sé es que hoy siento la necesidad de hablar de las despedidas, de los adioses, de los hasta luego.

Mi vida siempre se ha visto marcada por esos momentos en que una parte de ti se marcha, pegada a la persona que se va y una parte de ella se sienta, a tu lado, a contemplar cómo saboreas el cremoso capuchino de cada mañana.

Antes incluso de nacer, los viajes y los adioses marcaron mi existencia. Mi padre, entonces capitán mercante, se enteró de que sería papá hallándose en Pakistán a miles de millas de distancia de nuestra volcánica isla. No pudo abrazarme hasta varias semanas después de mi extracción a este mundo de locos.

Maletas, idas, venidas. A veces por placer, otras por obligación. Muchas porque la vida así lo escribió.

Recuerdo aquel viaje por Europa central. Recuerdo los amigos que hice. Recuerdo mis lágrimas silentes, apoyada la cabeza contra el cristal traqueteante del autobús, al despedirme de los que sabía que jamás volvería a ver. Recuerdo que, con aquel torrente salado deslizándose mejillas abajo, rodaban las ausentes presencias de todos aquellos que quise en algún momento y que, por distintos motivos, habían salido físicamente de mi vida.

Prisas, ventanillas, esperas. A veces por estudios, otras por amor. Muchas porque las encontré sin haberlas buscado.

Recuerdo mis años madrileños. Siempre buscándote sin dar contigo. Siempre buscándome sin reconocerme. Recuerdo las vueltas a casa y a Misha siendo el primero en abrazarme por medio de sus dulces maullidos. Recuerdo mi casa. La que me vio crecer, la que me protegía frente a tod@s e incluso frente a mí misma.

Seis años de continuos viajes. Seis años donde llegué a saludar a otros pasajeros de las veces que coincidiamos volando. Lo mismo me sucedió con algún que otro tripulante. Recuerdo lo lejos que me sentía de todo el mundo. Recuerdo esa división interna constante: en Madrid me faltaba mi mitad; en Tenerife también.

Despedidas, nuevos caminos, recuerdos. A veces eran los otros quienes decidían hacerme desaparecer, otras, las menos, tomaba yo la decisión irrevocable. Muchas era la propia vida quien decidía.

Recuerdo a Marta, a Manolo, a Belén, a Carolina, a Esther. Recuerdo a Pedro, a Eva, a César, a Manel, a Miguel, a Sergi, a Edgar. Recuerdo a tantas gentes que se quedaron con un trocito mío que, a veces, sospecho que, reuniéndolos se podría parir a otra YO. Recuerdo risas, fiestas, exámenes, secretos, romances, lágrimas, pasiones, desengaños, sueños, realidades, músicas, sabores, olores, colores, fechas, momentos...Me pregunto si, en algún segundo mágico, cada uno de nosotros se acordará de los otros al mismo tiempo. Me pregunto si volverá a formarse, de ese modo, por un breve instante, el nexo que nos unió en el pasado.

Dolor, vacío, silencio. Siempre por aquellos que se fueron porque acabaron su labor por aquí abajo. Algunos puede que demasiado pronto. Otros puede que demasiado tarde. Todos en el momento preciso.
Recuerdo concretamente dos despedidas, la de Jacin y la de Enrique.

Ella, una de las mejores personas que he conocido y a la que he disfrutado sintiéndola más que como una amiga, como una madre. Un cáncer se la llevó con menos de 50 años. Recuerdo hablar con ella por teléfono. Era Fin de Año. Ambas sabíamos que ésa sería nuestra última conversación. Ella en Madrid, en el Clínico. Yo en Tenerife, en la nueva casa. Las dos, juntas. Le dije que fuera fuerte, que siempre estaba con ella. Ella sonrió y me dijo ese "lo sé" que me confirmó que ambas lo sabíamos. Se fue un 5 de Enero. Me lo comunicó mi padre cuando ya estaba a punto de coger el avión que me devolvería hasta Barcelona. Desde entonces, Jacin y yo no hemos vuelto a separarnos. No hay día que no la recuerde y que no la sienta a mi lado. Lo sé.
Él, Enrique, un amigo de mis padres. Recuerdo ir a verle a la clínica y encontrarme con una momia moribunda pero consciente y valiente sobre la cama. Me dio una lección de coraje, de elegancia y seguridad. Nos abrazamos, nos dimos un beso y, agarrándome fuerte pese a su frágil delgadez, me miró a los ojos y me dijo: "adiós mi niña, gracias por venir, cuídate y sigue así de guapa". Al salir de la habitación le dije a mi madre que estuviera atenta al teléfono porque no llegaría al amanecer. A las 05:15, justo antes de que cantase el gallo, sonó el timbre y mi madre lo supo al instante.

¡Pero son tantos los que recuerdo! Recuerdo a mis dos abuelos. Recuerdo a mi abuela paterna. Recuerdo a mi tía bisabuela de la que no me pude despedir y a la que adoraba. Recuerdo a Jose, que decidió saltar y volar cuando la adolescencia se le transformó en la peor de las pesadillas. Recuerdo a Arriaga que se dejó la vida un 1 de enero, empotrando su coche contra un árbol. Recuerdo a los padres de Luisi que tenían dos niñas a las que convirtieron en mujeres en cuestión de un par de años. Recuerdo a Vanessa que se pasó media vida luchando contra el tumor que se la llevó a los veintipocos.

Recuerdo a Don José y a Togores, los dos médicos a los que debo mi vida. Tan diferentes y tan míos. Recuerdo a Tato al que el siempre injusto SIDA se llevó cuando acababa de comprarle en Nueva York un libro sobre su adorado Chrysler. Libro que sigue en casa esperándole. Recuerdo a Misha, a Uro, a Free, a mis canarios, a mi gorrión, a Lenin, a Atila, a Ewa, a Raulito, a Nano, a todos esos bichillos que compartieron momentos, espacio, vivencias y recuerdos conmigo. Les recuerdo y les añoro constantemente.

Ya ves, aquí estoy, recordando. Aún no te has ido y ya me he volcado en recuerdos. Recordándote, recordándonos, he recordado a tanta gente, he recordado tantas vidas.

Hace unos minutos, antes de que te fueras a descansar, te dije que tu ausencia la intentaría llenar a base de escribir y aquí me tienes: echándote de menos y permitiendo a las letras que me regalen un poco de su vida.

Puede que algún día estas frases nos recuerden a nosotros. Puede que alguna noche el silencio se torne en recuerdos.

Todavía sigues por aquí y ya siento que me llevas contigo. Esta noche me dijiste: "¡dejo tanto y me llevo tanto!". Es cierto: te quedas aquí y me llevas contigo.

Nos esperan cuatro semanas de recuerdos. Tal vez este mes acabe por ser el comienzo de una vida para recordar.

Que tengas buen viaje. Recuerda la travesía de vuelta y no te confundas de puerto donde atracar. Me hallarás al final de tu muelle y al principio de nuestros momentos por recordar.