EN BLANCO...
...PERO CON LA CABEZA LLENA
Hoy me he levantado, como decimos por mi islita, completamente embotada. Pareciera que la cabeza me fuera a reventar del tremendo dolor y que no hubiese dormido más de hora y media. Lo cierto es que he durado en la cama alrededor de 6 horas pero, entre las tórridas temperaturas (33 grados centígrados dentro de casa) y los ruidos que hacen los obreros (iba a escribir "puñeteros obreros" pero me he dado cuenta de que lo único que hacen es trabajar) creo que no he superado los 45 minutos seguidos durmiendo.
¡Qué poco me gustan las interferencias en mi ritmo de vida!
Vivo en un edificio de seis plantas construído a mediados del siglo pasado y estamos de reformas. Este año le ha tocado a la fachada y el martirio de ruidos, gritos e injerencias en nuestra rutina diaria parece que se prolongará por tres meses.
No soporto que nadie traspase el portal de mi intimidad sin previo permiso por mi parte. Soy de esas personas que opta por comerse el arroz soso antes de ir a molestar al vecino pidiéndole un puñado de sal. Claro que esas cosas no suelen sucederme, puesto que soy una planificadora nata. Así que, durante los próximos tres meses, en vez de tener a mi izquierda una ventana abierta con vistas a la plaza, poseo una ventana cerrada, con sus correspondientes cortinas echadas.

Toda la casa habita entre la penumbra que nos regalan las persianas. De algún modo "mágico" es como si la casa supusiera una prolongación de mí misma. Cerrándose a la vida que prosigue fuera de ella, intenta no perder su esencia, su propia naturaleza, su personalidad, su aroma, su alma.
Si no fuese por el extremo calor y por los gritos que lanzan las gargantas operarias de vez en cuando, me encontraría absolutamente encantada ante esta fase de aislamiento casero. Si no fuese por eso y, claro está, por el aislamiento anímico interno que estoy experimentado desde hace unos cuantos días ya.
La torre ventilador, adosada a mi cadera derecha, me regala unos increíbles segundos de relax gracias a su incansable chorro de aliento fresco. No existen ruidos de las calles. Desconozco si luce un asolador sol o, si por contra, la tarde comienza entre bochornosas nubes de humedad veraniega.

Ahora mismo, sólo el canto sesteante de Fito, mi periquito azul, rompe la quietud serena que preside las mesas de los comensales de este Miércoles de Julio. ¿Comida? Acabo de darme cuenta de que aún estoy con un par de manzanas en la tripa. Creo que va llegando el momento de tomarme mi primer y riquísimo capuchino. Por un instante, la inolvidable imagen de mi abuela, con su café solo, servido en tacita blanca de loza, regresa hasta mí y hace que un esbozo de sonrisa ilumine mi ciega mirada.
He amanecido embotada, con el alma en blanco y la cabeza llena. Sin gana de escribir y sin idea de sobre qué tema en cuestión. Posiblemente lo mejor que podría hacer sería irme a dormir un rato. Puede incluso que soñara contigo o puede que ya ni en sueños logre verme. Sólo el cremoso capuchino me espera.
La ciudad continúa con su agitado ritmo fuera de mi torre de tinieblas. Una ambulancia llora a lo lejos. Los taponazos de los martillos vuelven a alzarse como los protagonistas pirncipales de esta obra de teatro que, no por esperpéntica, deja de tener un amargo poso dramático.
Y mientras, en el Líbano matan las bombas...
Y yo me quejo.









54 dijo
No creo que nadie que te haya conocido, deje de soñar contigo, y si eres tu la que sueña, será una agradabilísima sensación sentirse en ese sueño, para quien sea el afortunado.
Saludos, y buen descanso.
26 Julio 2006 | 03:02 PM