El parto NO es una enfermedad, aunque se empeñen en hacernos creer que sí

Cada vez que veo imágenes de en lo que hemos convertido uno de los momentos más sagrados (el otro es la muerte y también habría que hablar largo y tendido de ella) en la vida de cualquier ser vivo, la rabia, la vergüenza y la indignación se apoderan de mi persona. ¿Cómo es posible que un alumbramiento se haya convertido en algo mecanizado, antinatural, irrespetuoso y artificial?

Desde que los mamíferos bullen sobre la superficie de esta pelota azul siempre sucede igual: llegado el momento del parto la hembra se separa del grupo, se aleja hasta encontrar un lugar donde se sienta cómoda y vive ese momento como una experiencia íntima y única. A lo sumo la acompaña su pareja u otra hembra familiar de ella. Y así ha sido también entre los seres humanos. En cuanto llegaban los dolores que anunciaban que la mujer daría a luz transcurrido el tiempo preciso, la futura madre se aislaba en absoluta soledad o era asistida por una matrona experimentada o por algunas de las mujeres de la familia.

Pero fijáos en que, al llegar a la descripción del proceso del parto humano, he empleado tiempos verbales en pasado. ¿Por qué? Pues porque en nuestro primer mundo, en los últimos 60 años, esta experiencia ha degenerado de un modo aberrante.

El parto es un proceso fisiológico natural, y como tal, no necesita de ninguna intervención externa para cumplir sus funciones de manera adecuada. Tampoco la concepción, el embarazo ni la lactancia materna, en principio, tienen por qué necesitar de ninguna asistencia artificial. Es precisamente en los llamados países desarrollados donde se presentan mayores tasas de infertilidad, donde las mujeres muestran más dificultades al dar de mamar a sus hijos y donde la «necesidad» de asistencia en el embarazo y parto ha llegado a parecer imprescindible. No me caben dudas: en algún momento debimos de tomar el camino equivocado porque, tal y como demuestran siglos de supervivencia y evolución de la especie, la mujer y el bebé están biológicamente diseñados para desarrollar y completar dichos procesos de manera natural.

El trabajo del parto se inicia, naturalmente, cuando el bebé ha llegado a término y está preparado para nacer, o cuando, por algún problema, tiene dificultad para seguir ahí. En todo caso, es el bebé, en principio, quien determina el inicio del proceso. Durante las contracciones, la falta de oxígeno y espacio le obligan a buscar la manera de salir, promoviendo la dilatación y su empuje hacia el exterior. A la madre le corresponde entregarse al proceso: cuanto más relajada esté y con sus músculos más distendidos, más fácil y rápido será el parto. Si se tensa y se cierra, está haciendo más daño a su hijo y también a ella misma y va a necesitar más contracciones y más tiempo para que nazca el bebé.

Para lograr todo ello es importante que los miedos, naturales en cualquier mujer, se transformen en atención dirigida a sus propias sensaciones y en confianza en el proceso para colaborar con la criatura. La madre necesita por tanto un espacio seguro e íntimo (como cualquier otra hembra) pero además, en el caso de la madre humana, es muy importante la presencia de alguien con experiencia, que dentro de esa intimidad, transmita afecto y seguridad. Alguien que le ayude a conectar con su fuerza, con la parte animal que se desencadena en todo parto y, para que este apoyo realmente lo sea, debe ser cuidadosamente elegido.

Este clima de seguridad necesario incluye dos condiciones básicas: la primera, que el proceso no sea interrumpido, que sea respetado el tiempo necesario que puede oscilar entre 2 y 48 horas; la segunda, permitir que la mamá vaya eligiendo las posturas más cómodas que su cuerpo y el de la criatura van encontrando para que el parto avance por «el camino más fácil».

La cabeza del bebé y el canal del parto están diseñados de manera inteligente para ir adaptándose mutuamente durante el proceso.

Posturas habituales durante un parto son estar de pie, en cuclillas, sentada con las piernas abiertas, caminar, apoyar la parte superior del cuerpo sobre algo mientras se deja la pelvis colgando, entrar en una piscinita de agua caliente si se puede disfrutar de esa opción, etc. Es muy improbable que una madre, con libertad de movimientos, elija tumbarse sobre la espalda en una fase avanzada del parto. Es una cuestión de pura lógica y de sentido común: al mantener la pelvis vertical, la gravedad y el peso de la criatura sobre el cuello del útero, hacen que éste se acorte y se ensanche, facilitando y disminuyendo el tiempo de dilatación.

Los protocolos actuales a que son sometidos los partos, desde su inicio hasta su conclusión, en la mayoría de los hospitales españoles, se realizan en contra de estas necesidades naturales a las que, según la ley, toda mujer tiene derecho.

Según la OMS no es justificable más de un 10/15% de cesáreas. No está indicado rasurar el vello ni administrar un enema y la mujer debe decidir, libremente, la posición a adoptar en el expulsivo, etc.

Pues bien, en España, desde el momento del ingreso, la madre se ve obligada a estar tumbada (porque, obviamente, es la postura más cómoda para el médico o asistente sanitario) con lo que su dilatación y expulsión se dificultan hasta hacerse prácticamente imposibles.

Tampoco se respeta el tiempo que requiere el proceso. De hecho, cada vez más, se programan los partos antes de tiempo, y/o induciendo y acelerando el proceso rompiendo la bolsa cuando no ha llegado el momento o por medio de la utilización de oxitocina sintética. La oxitocina sintética multiplica por cuatro el dolor y acelera el ritmo de las contracciones hasta no dejar que la mujer y el bebé descansen entre ellas. Esto aumenta el sufrimiento materno-fetal. Para «prevenir o paliar» éste, a la mujer le administran la anestesia epidural y el bebé es sometido a una monitorización, casi siempre interna, en la que se clava una especie de tornillito en la cabeza del bebé, para que la matrona pueda controlar el sufrimiento fetal (muy fácil de provocar con estas prácticas) en 14 ó 15 partos a la vez, dejando a la madre definitivamente postrada en la cama para que el «tornillito» (que sujeta el llamado monitor interno) no se salga.

La OMS define esta práctica como agresiva y arriesgada

Semejante «cóctel» llamado parto inducido, o como se dice ahora «parto medicalizado dirigido», consiste básicamente en: programar el parto cuando cuando no se ha iniciado de manera natural, con la mamá y el bebé tumbados, sin descanso entre contracciones y con un tremendo sufrimiento para la mujer, que acaba desesperada y pidiendo la epidural. De esta forma, con la anestesia, quedará ya casi del todo desconectada de un proceso que sólo puede evolucionar cuando mamá y bebé colaboran activamente y en equipo. Además, el incremento de sufrimiento fetal debido a la oxitocina, provoca que el bebé tenga que ser sacado, casi siempre, de manera violenta del cuerpo de su madre. Por eso actualmente estos partos inducidos acaban casi siempre en episiotomía y forceps y el uso de cesáreas se encuentra, en España, entre un 23% y un 40%, dependiendo de los centros, y de si es público (menor índice) o privado.

Estas prácticas son innecesarias, de no haber organizado todo ese protocolo imposible, peligroso y cruel. En esas condiciones se puede considerar como un gesto de compasión el uso de la epidural.Y al final las mujeres se sienten agradecidas al equipo médico. La mayoría de las madres paren actualmente de esta manera, y creen que ha sido un buen parto porque ambos han sobrevivido.

Recomendaciones de la OMS con respecto al parto

A continuación os detallo de un modo más amplio las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud con respecto al momento del alumbramiento:

• La OMS recomienda que la embarazada no sea colocada en litotomía dorsal (tumbada boca arriba) durante la dilatación y expulsivo sino que pueda elegir libremente qué posición tomar.

Evitar durante el expulsivo la rutina analgésica, salvo para prevenir o corregir alguna complicación. Cuando se respeta el tiempo necesario de dilatación, se facilita la producción de endorfinas, «droga» natural analgésica que la naturaleza proporciona a las mujeres para disminuir el dolor mientras sigue colaborando activamente en el proceso.

• Se advierte sobre la necesidad de proteger el perineo, no estando justificado el uso sistemático de episiotomía (corte vertical), que en nuestro país es ya una práctica rutinaria. Según José Villar (OMS, Salud Perinatal) la episiotomía, no sólo no cumple el objetivo de evitar desgarros, sino que aumenta dicho efecto.

La inducción del parto debe reservarse para indicaciones médicas específicas y «ninguna región debería tener más del 10% .

No se recomienda la rotura precoz de la bolsa como procedimiento de rutina. No está indicado rasurar el vello púbico ni la administración de enemas antes del parto.

• Según la OMS, los países con menor índice de muerte perinatal tienen menos de 10% de cesáreas, no pudiendo justificarse que ninguno tenga más del 10-15%. En nuestro país, según distintas fuentes, la tasa está entre el 20-30%, practicándose el doble de ellas en clínicas privadas que en hospitales públicos. Parece que la tendencia va en aumento, por el temor a demandas judiciales.

• Así mismo la OMS advierte sobre el peligro de infecciones que comportan los tactos del cuello del útero practicados durante la dilatación, por lo que debe hacerse sólo cuando es imprescindible y con mucho cuidado porque, además, es muy doloroso (en determinados hospitales -los universitarios-, los médicos en prácticas pueden hacer hasta 7/8 a una mujer durante su dilatación para aprender).

• El inicio de la lactancia materna se recomienda antes de abandonar la sala de partos.

El nacimiento siempre fue considerado como un acontecimiento sagrado. Por eso, la madre y el bebé no pueden ser tratados como «objetos» sometidos por sistema a protocolos médicos, a rutinas que contrarían y maltratan su sensibilidad y necesidades. Porque son seres humanos dignos de respeto y apoyo y porque son los protagonistas de «un milagro», de un acontecimiento extraordinario: el inicio de una vida.

Teniendo en cuenta todo lo anteriormente señalado, no sé vosotr@s, pero yo lo tengo muy, muy claro, si algún día la vida me ofrece la oportunidad y la responsabilidad de traer un hijo al mundo, escogeré un parto de lo más natural.

Un parto donde yo decida, con total libertad, las posturas en las que colocarme para, así, estar ambos más cómodos y relajados y, donde, dispongamos de una atmósfera íntima, tranquila y respetuosa con el momento vivido. Un parto que dure el tiempo que sea necesario, dentro de las debidas medidas de seguridad para ambos. Sin prisas, sin agobios, sin carreras, sin búsqueda de una rápida cesárea porque, de ese modo, al practicarse una intervención quirúrgica, el hospital o la clínica en cuestión aumentan el valor de sus cuentas corrientes.

Personalmente me decanto por un parto en el agua. El empleo del agua potencia la relajación maternal y ayuda a disminuir el dolor de las contracciones. Además, favorece la dilatación del perineo. La madre se coloca en una piscina individual en la que el agua se mantiene en torno a los 36º centígrados. Dentro del medio líquido, la mujer se siente más ligera y puede moverse más cómodamente.

¿Por qué se lucha siempre por darle lo mejor a un hijo y, actualmente, se comienza ofreciéndole la peor bienvenida que se le puede otorgar? Pensadlo muy seriamente si buscáis tener descendencia. Informáos muy bien y, sólo entonces, decidid.

¡Mujer, es tu cuerpo!¡Hombre, es tu familia!¡Padres, es vuestro hijo!