¿SERÉ LA HERMANA SIAMESA DE MURPHY?...¿POR QUÉ EN EL SUPER ME TIENE QUE TOCAR "SIEMPRE" LA MARUJA PETARDA EN LA COLA DE LA CAJA?
AVENTURAS Y DESVENTURAS DE UNA MAÑANA EN EL SUPER
Una de las cosas que más me gusta hacer con respecto a las labores de un hogar es ir a comprar al supermercado. Pero eso sí: a mi manera.
Todo comienza con la nota pegada en la puerta de la nevera. En ella vamos apuntando todo lo necesario y todo lo que, o empieza a faltar, o ya ha sido engullido o utilizado.
Normalmente hago una compra muy grande mensual y la hago on-line. Así no tengo que cargar los litros de agua, de leche, de refrescos, de jugos, ni demás objetos pesados. Todo lo que venga envasado y sea de peso, lo compro por internet desde hace ya varios años. Pero en casa, nuestra base alimenticia son las hortalizas, los cereales, los lácteos y las frutas. Así que unas dos veces por semana voy al super a por los productos frescos tan imprescindibles para mí, concretamente.

Hoy está siendo un día infernal en Barcelona: 29 grados centígrados, nublado y con una altísima humedad lo convierten en "mi día ideal". Ideal para adosarme al ventilador y dormir hasta que me sorprenda una aún fresquita noche. Todo lo que suba de 15 grados ya me supone una tortura y me molesta y me sienta mal, incluso a nivel físico, por tanto os haréis a la idea del "buen humor" con que me dirigía a comprar.
Así que me emperifollé, agarré las gafas de sol, el bolso, el carro y me dispuse a pisar el horno, es decir, la calle. Desde casa hasta el super habrá alrededor de 300 metros y, siempre, es lo mismo. Durante el trayecto señoras y caballeros de avanzada edad (vivo en un barrio donde al menos el 70% son emigrantes españoles de otras regiones que recalaron aquí en los años 50 y 60) se cruzan conmigo y revisan desde mis zapatos hasta mi escote, de un modo directo, sin remilgos, sin disimulos. A veces, si estoy enfadada o triste, les miro y les pregunto si quieren una foto. Otras, como hoy, simplemente, paso de ellos y sigo a lo mío.
Por regla general, dejo el último rato del día para ir a comprar. Por aquello de que a última hora refresca algo, pero hoy decidí ir por la mañana y ¡oh, sorpresa!, el supermercado estaba casi vacío. No podía creer que tuviese tanta suerte y, mientras los hurones humanos de las cajas, volvían a escudriñarme, imagino que sopesando si la rubia pechugona de las gafas enormes es la pija de la serie de la comunidad de vecinos -grgrgrgrgrgrgrgr-, traspasé la frontera del reino de los "arruinamonederos".

Afanada estaba escogiendo las mejores endibias para "Guanche", mi coneja enana, cuando la sensación de sentirme observada de un modo distinto, me hizo girar la cabeza. Pese al poco público reinante, ahí estaba ese ejemplar único y que jamás falta en ningún local: el buitre humano.
Se trataba de un chiquito de entre 25 y 30 años. Alto, delgado, con melena larga, negra y pintas de "metrosexual-antiglobalizador". Debía de ser su primera jornada de trabajo y la encargada de la sección de verduras y frutas le estaba poniendo al día. Pero su alma era más carroñera que herbívora y espiaba a la presa escogida -léase la nena- con descaradas miradas y maneras. Por cuatro veces tuve que colocarme a su lado para pesar mis manzanas, ciruelas, albaricoques y tomates. Las mismas cuatro veces que clavaba su mirada en el espacio entre mi cuello y mi estómago y, rápidamente, sonreía, por si tras los opacos cristales -¡adoro estas gafas!- la hembra consumista reaccionaba a su poco singular ritual. Pero esta gallina iba a lo suyo y, sin hacerle ni el más mínimo caso, desapareció entre líneas y líneas de productos variados.

Entre panes, frutos secos, yogures, cafés solubles, una caja de bombones y demás cosillas fueron transcurriendo los minutos. Cuando acabé en la planta sótano, comencé a subir la escalera de nuevo y, vi que empezaba a descenderla otro tipo de buitrón: treintañero, solo, sudamericano y "lanzado". Así que tuve que soportar un "mamacita mía", acompañado de un patético suspiro, al cruzarme con el homínido piropeador.
Sin embargo aún me esperaba lo mejor de todo. Sólo dos cajas funcionaban en ese momento. En una había cuatro personas con compras menudas y, en la otra, una cincuentona larga con un carro similar al que yo llevaba y me decanté por ella. ¡Maldita la hora!
Cuando ya había colocado todos mis productos sobre el carril de mi caja y ella había pagado, apareció de entre sus dedos, la maldición en forma de "vale por 3 euros en productos lácteos".

La cajera se dispuso a pasar el vale por el lector de códigos y, como no podía ser de otro modo, el lector lo rechazó. La señorita comenzó a revisar la lista de la compra de "la petarda" y el coste de los lácteos que llevaba no ascendía al mínimo necesario para hacer efectivo el vale de los dichosos 3 euros.
Para entonces "la petarda" ya se había transformado ante mis ojos en "esa puñetera vieja petarda".
¿Por qué siempre me sucede de igual modo? ¿Por qué las Leyes de Murphy siempre se hacen realidad en la cola del super? ¿Por qué la vieja petarda me precede y tengo que ser testigo de sus tejemanejes?
Al menos durante 15 minutos (creo que fueron más) estuve allí, de pie, quieta, silente, respirando hondo, pensando en un lago alpino de aguas heladas entre nevadas montañas...Si no lo hubiese hecho así, hubiera degollado a mordiscos a "la infame, odiosa y puñetera vieja petarda".
No sólo exigió que viniera la jefa de cajas, sino que pidió ver al encargado del establecimiento, al que llamaron por megafonía y, como buen encargado, no apareció. ¡Y todo por 3 euros! Si los hubiese llevado encima, sueltos, en calderilla, se los hubiese regalado con tal de que se largase a jorobarle la mañana a otra gente.

¿Será que ese tipo de persona no tiene nada más interesante que hacer? ¿Será que sus vidas están tan vacías que si no montan un numerito diario no se sienten ellos mismos?
Hoy comprendí a Michael Douglas en "Un día de furia".
Hoy constaté la existencia de una nueva extensión a las leyes de Murphy: "toda vieja petarda con una reclamación absurda que realizar sobre el importe de su compra estará con toda seguridad en tu cola y delante de ti".
Hoy decidí que, hasta el mes de noviembre, haré 3 ó 4 compras on-line al mes.































































































Zwheccge dijo
Me ha gustado mucho lo que cuentas, pero tengo una pregunta
¿cuántas viejas de esas hay en el mundo? Te aseguro que también me las encuentro.
Que lio, yo pensaba que vivias en Tenerife, después pensé que en Madrid y hoy leo ¡Barcelona! Que lio ;)
20 Junio 2006 | 02:18 PM