Eclipse de Magia
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Aún bostezante, un poco más cansada de lo habitual en ella, el hada entrecerró sus párpados hasta que la avellana de sus ojos se transformó en una línea terrosa. Estirando el cuello buscó al astro rey. Allí estaba: esplendoroso, cálido, brillante, rotundo. Olfateó la estática electricidad que se adueñaba de la atmósfera en esa mañana primaveral y, agitando sus seguras alas, se despidió del alféizar gris y de la plaza de los viejos por unas horas.
Sobrevolando a niños, mujeres, hombres y perros se encaminó hacia el túnel energético. Para los humanos se trataba de un simple y vetusto cementerio abandonado. Para los elementales constituía un importante centro de poder donde hadas y silfos se reunían durante el tiempo en que se desarrollaba un eclipse, el mismo tiempo en que quedaba totalmente prohibida la práctica de la magia.
Ansiaba reencontrarse con sus grandes amigos, la impresionante Galataia y el simpático Otón. Galataia, como toda nereida, poseía una belleza extraordinaria. Con una piel blanca como su madre,la espuma del mar; con las sensuales formas de la ola que, eternamente, se funde con la suave arena, había compartido con ella secretos mágicos, ratos repletos de risas, silencios solemnes y susurrantes historias.
El silfo Otón se parecía a los vientos que dominaba y que centraban su existencia. En ocasiones se antojaba suave y fresco, como la brisa de una tarde de verano y, en otras, impetuoso y soberbio como el ulular de la tempestad durante la tormenta. Pero siempre hacía gala de su humor inteligente, irónico y diferente, desplegando esa irresistible sonrisa ante la que todos se dejaban arrastrar como si de un remolino aéreo se tratase.
Los tres habían formado un singular triángulo mágico. Desde aquella mañana de otoño en que se encontraron, siendo muy jóvenes, sobre la negra arena de la playa de aquella isla mitológica que les vio nacer, el lazo que les unió continuaba atando sus almas eternas.
¿Aparecería en el cónclave algún visitante inesperado?¿Acudiría algún gnomo viajero? Nunca se sabía quiénes asistirían ni lo que sucedería durante esos minutos en los que la Tierra centraba toda su capacidad mágica en no dejar de besar a su eterno amado, el Sol.
El alocado vuelo de las escandalosas cotorras la arrancó de su ensimismamiento justo en el momento en que la sensual Luna comenzaba a entrometerse entre el rutilante Sol y la fecunda Tierra. Aceleró su volar hacia la tumba de Rosario, el punto más septentrional de todo el cementerio, el lugar donde el cónclave tomaba forma.
A medida que se iba acercando, desde lo alto, observaba la llegada de los asistentes al cónclave y, sí, Galataia y Otón ya estaban sentados junto a la lápida de mármol gris. Ella le pareció mucho más bella de como la recordaba: luminosa, radiante, serena, elegante, sensual. Otón, se encontraba sentado sobre las rodillas de Galataia, dicharachero, contándole algo a la Señora de las Aguas, que la hacía sonreir de modo constante.
El hada se posó sobre el terso hombro de su marina amiga:
-Otón, ¿nunca te cansas de soplar y soplar?, -preguntó campechana.
-Vieja amiga, si dejase de soplar, tus alas no te elevarían sobre tu desnudo alféizar de piedra, -contestó rápidamente el inquieto silfo mientras lanzaba al hada una bocanada de aire que casi la hace caer sobre la esculpida clavícula de Galataia.
Los tres rieron encantados por el reencuentro.
Entonces apareció la anciana Hoela y se hizo el silencio. Todos los presentes se pusieron en pie e, inclinando sus cabezas, reverenciaron la parsimoniosa llegada de la sabia salamandra. La más vetusta criatura nacida del fuego, cuando los volcanes reinaban sobre todo lo creado, se acercaba, lentamente, apoyada sobre su báculo de lava, fijando su rojizo mirar sobre cada uno de los allí presentes. Desde el enano Nera, hasta el elfo Mïros, cada duende, cada hada, cada silfo, pudo sentir la calidez de esos ojos clavándose en cada uno de ellos en forma de espiritual y reconfortante abrazo.
Hoela fue ayudada a subir sobre la losa de Rosario y, desde allí, tras cerrar sus arrugados párpados, inició la ceremonia de protección material. Al no poder hacer uso de la magia durante el transcurso de un eclipse, porque así había quedado establecido desde el principio de los tiempos, los elementales debían reunirse. De esta manera, frente a la amorosa figura del ser mágico más sabio y anciano del territorio, quedaban a salvo de las miradas curiosas de los humanos mortales que, sólo durante los minutos en que la Luna se entremetetía entre el planeta y la estrella, tenían la capacidad de usar -aún sin saber cómo- los poderes mágicos naturales. Algo absolutamente peligroso para los espíritus de la Naturaleza, puesto que los hombres eran capaces de ser testigos oculares de la existencia de toda una pléyade de seres elementales que, a cada instante, convivían con ellos.
Sólo el amor y la sabiduría podían mantenerles a salvo puesto que, juntos, conformaban un halo de infinita protección que, sin ser mágico, sí les otorgaba la posibilidad de que, nadie ajeno a la contemplación de la salamandra, pudiera rozar al círculo que formaban sin sufrir dolorosísimas quemaduras.
El hada miró por un breve instante a sus amigos. Primero elevó su cuello hasta alcanzar los ojos de Galataia, que ya le sonreían y luego llegó hasta la chispeante mirada de Otón, que soñaba con huracanados vientos y torbellinos aéreos.
Sintió la silente llamada de la maternal salamandra y se dejó arrastrar por esa voz muda que resonaba dentro de su pequeña cabecita.
Por momentos escuchaba una voz masculina sensual, susurrante, atractiva que la acariciaba y la sostenía en su vagar entre montañas candentes y desiertos incandescentes. De pronto la voz parecía parirse a sí misma por medio de sollozos angelicales, a través de los inconexos gimoteos de una recién nacida niña que flotaba tranquila, relajada, sobre los riachuelos de magma. A la derecha del hada caminaba la nereida. A la izquierda, Otón. Junto a ellos el resto de elementales conformando una especie de callado y pacífico ejército guiado por los balbuceos de la pequeña criatura de ojos de fuego que disfrutaba de su ardiente singladura.
De repente las erupciones pararon, los volcanes enmudecieron, los gases desaparecieron y la lava se solidificó creando malpaíses rocosos. Un artístico paisaje de amorfas formas pétreas les rodeó mientras la niña, al tiempo que intentaba erguirse y sostenerse sobre sus regordetes pies, empezaba a transformarse en una joven de soberbias formas. La ahora madura y perfecta figura les invitó a acercarse y a rodearla mientras se sentaba sobre el basáltico suelo.
Fue fijando sus ojos de fuego sobre cada uno de los tranquilos seres y, entonces, el hada y todos los demás descubrieron que se hallaban frente a una Hoela joven y bella. Generosa como era, madre entre las madres, protectora de sus hijos, les había conducido hasta el instante más amoroso de su propia existencia: su propio nacimiento y sabio crecimiento.
El hada volvió a mirar a sus amigos y, a través de una última sonrisa, se despidieron unos de otros. Sabían que, tras este último parpadeo, la magia volvería a reinar sobre la Tierra y la anciana salamandra depositaría a cada uno de ellos en el lugar adecuado y en el momento oportuno. Plegando de nuevo sus párpados, se dejó mecer por los brazos invisibles de la anciana madre que le acunaban al ritmo de los latidos del ardiente corazón que, ahora, les unía a todos y se quedó plácidamente dormida.
La plaza de los viejos estaba abarrotada de gentes armadas con prismáticos, lentes de todo tipo, cristales, radiografías, gafas de sol. Los mirlos cantaban al nuevo amanecer. Las cotorras volvieron a saludarle enloquecidas por el naciente día cuando la contemplaron, otra vez, en su ventana. Los perros aullaban aún a la desaparecida redondez lunar. El eclipse había pasado. La magia volvía a reinar entre los descreídos mortales.
Un sonriente suspiró brotó de los labios del hada cuando un viento juguetón la rozó y el sonido de las lejanas olas rompiendo contra las rocas se apoderó por un instante de sus oídos. Fue entonces cuando reparó en que su mano derecha estaba cerrada y, en su interior, se escondía un sólido objeto. Una agradecida lágrima de fuego rodó por su pálida mejilla al extender sus dedos y observar el pétreo corazón de basalto negro que parecía latir sobre su sedosa piel.
LOS CUENTOS DEL HADA







Hay mi querida amiga... debes ya hacer un libro... tus post me hacen recordad a "Las mil y una noches" :)Esa mente maquiavelistica es excelenteeeeeeeee.
Besos nocturnos
Jorge
Buenos días Clito...
Me encanta tu forma de escribir.
Por favor, sigue deleitándonos día a día con tus relatos, tus historias y con todo aquello que quieras explicarnos ;)
Besos
Gracias a ambos por vuestras amabilísimas palabras.:)
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Jorge, ¿en serio describirías mi mente como "maquiavelística"? Me asombráis, austral joven...0_o...Besotes matutinos:).
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Listo entre los listos, otra genial jornada para ti.:) A mí también me gusta mucho pasearme por tu blog y leerte.;)
Besitos:)-