Amanecer de Vidas
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El canturreo de los oscuros mirlos despertó al hada de su soñar. Abrió primero su ojo izquierdo y, mientras los párpados del derecho comenzaban a replegarse, adivinó la silueta de una niña sentada en el banco de los viejos. De un rápido salto se puso en pie al saber que su vetusta amiga descansaba unos instantes frente a ella.
Se elevó sobre el alféizar de piedra gris y, mientras la gata LLuna la espiaba desde los setos del jardín, sobrevoló las palmeras, el abeto y los tejados hasta situarse en la copa del menor de los cipreses de la plaza. Decidió permanecer, quieta, unos minutos observándola.
Frente a ella, allí abajo, una niña de unos siete años chupeteaba un caramelo. Callada, pensativa, mientras sus cortas piernas colgaban, meciéndose al ritmo que marcaban los dedos de su mano derecha que no dejaban de jugar con el cabello que manaba de las fuentes de sus coletas.
Su pelo dorado, los ojos verdosos, sus mejillas rosadas salpicadas por una pecosa espuma y una piel suave y pálida la harían pasar desapercibida ante cualquiera, si no fuese porque el reloj de la plaza marcaba casi las seis menos veinte minutos de una mañana primaveral.
Vestida con unos pantalones vaqueros color cielo y una blusa rosada regada por diminutas flores parecía mirar sus zapatitos negros como preguntándose cómo habían llegado hasta esos minúsculos pies que no existían y que, sin embargo, ahora le servían de apoyo.
-Buenos días, vieja amiga, ya pensaba que no te volvería a ver por estos andurriales. Pero hoy te he pillado.- Dijo el hada, revoloteando desde la copa hasta el espaldar del banco de madera.
-Esperaba que bajaras de una vez, ya sabes que no me gusta nada ser observada, coqueta dríade.- Contestó sonriente la solitaria niña.
Al cruzarse sus miradas al hada le recorrió un intenso escalofrío. Una vez más pudo sentir el poderoso amor que se escondía tras los ojos de la, ahora, pequeña.
-Disculpa mi atrevimiento, pero ya sabes de la curiosa observación de nosotras, las hadas. Es algo irremediable. No podemos dejar de espiar, aunque sólo sea por unos segundos, a todo aquel ser que se nos antoja diferente, interesante, único...Y sin duda tú eres uno de los más atractivos. Puede incluso que ocupes el primer puesto en la escala de "bichos raros".- explicaba, atropellada por una risita ahogada que salía de su estrechísima garganta-¿LLevas mucho tiempo aquí, en el banco?
-No te preocupes, sé perfectamente que vuestra propia naturaleza conlleva un torrente de locuacidad y de curiosidad ilimitado -replicó la nena mientras el índice de su mano derecha volvía a enroscarse a lo largo del tirabuzón que nacía cerca de su oreja-. No, no llevo mucho tiempo. Puede que me sentase aquí quince minutos antes de tu llegada. ¡Está tan tranquila y bonita la noche!, -añadió mientras elevaba su cabeza y sus brillantes ojos escudriñaban las estrellas que se asomaban de entre las nubes.
-Es verdad, parece más una mañana de verano que de recién nacida primavera. -El hada miró de reojo a su amiga- ¿Será rápido esta vez?, -le espetó devolviendo su mirada al cielo.
-Sí, casi ha llegado ya el momento. Será rápido. Ella está preparada. A pesar de que aún es joven sabe que la aventura real está a punto de comenzar y desea que suceda lo antes posible -le contestó mientras continuaba chupeteando el caramelo-. Me resulta agradable esta mujer, por eso, tras pedirle permiso a su hermana mayor, he tomado la apariencia que ésta tenía cuando, juntas, corrían por esta misma plaza.
La dríade le regaló una abierta sonrisa y asintió. Iba a preguntarle si no se sentía cansada cuando, una vez más, volvió a experimentar ese momento mágico en que su acompañante se despedía de ella con un sutil "hasta siempre, sé feliz" permitiendo que sus formas se difuminasen hasta desaparecer de su lado por completo.
-Sé feliz tú también- susurró el hada al vacío que La Muerte había dejado sentado a su lado.
Contenta por el fugaz reencuentro voló hasta su ventana. Imitando a la sabia figura dejó que sus desnudos y feos pies dibujasen ondas en el aire mientras era testigo silente de la alegría de dos niñas con rubias coletas, que saltaban y reían sin parar, felices, pletóricas, sobre la húmeda hierba que adornaba aquella parte de la plaza.








Debo ser medio hado porque también me encanta espiar -internet mediante- a todo aquel ser que se nos antoja diferente, interesante, único...Y sin duda tú eres una de los más atractivas.
Aunque no vayas por ahí cargándote a la gente ja, ja, ja, ja...
Saludos.
Neumococo Chochiflán, me he pasado por tu blog y, además de reirme un rato, me ha parecido interesante, así que, sin tu permiso, te he echado el lazo como amiguete.;)
En cuanto a tu comentario inmediatamente anterior a este: eso se lo dirá usted a todas.:::PPP
¿Cargándome a la gente?¿Acaso alguien se carga a alguien?;).
Un saludito:)