LOS CUENTOS DEL HADA:

Besos de humo
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El alféizar volvía a ser de piedra gris y, frente a ella, aparecía de nuevo la plaza de los viejos donde el solitario banco esperaba que una dolorida espalda descansase. Desconcertada y somnolienta, el hada restregó sus horripilantes manos sobre sus hinchados párpados. ¿Cuánto había dormido esta vez?: ¿un día?, ¿una semana?, ¿un mes?, ¿un año?, ¿un segundo?.
Las palomas volvían a saludarla desde las frondosas palmeras, mientras las parlanchinas urracas, desde la cúspide del silencioso abeto, contestaban al saludo matutino de las escandalosas cotorras verdes .
La vida de la gran ciudad bullía a su alrededor. El constante ruido del rodar de los vehículos y el atronador silencio de las gentes errantes, sólo roto por el arrastrar de pies y almas, resonaban, sin cesar, dentro de su minúsculo tímpano. Apoyó su espalda contra la pared rojiza y, encogiendo sus regordetas piernas, se aferró a sus tobillos reposando su pálida frente sobre la tensa doblez de sus rodillas.
Sus labios empezaron a dibujar una escondida sonrisa en su rostro cuando volvió a evocar el humo que la envolvía, durmiente, momentos antes.
En su sueño iba en busca de ese humo como el río va en busca del mar con que fundirse. Sabía que para encontrarse con él tendría que adentrarse en el bosque de hadas que, por tiempo, le sirvió de hogar. Aquel bosque que tanto la añoraba y al que tantas veces había echado de menos aunque le atrajera e impusiera de igual modo.¡Hacía tantos años que no había vuelto a internarse entre las tupidas ramas de sus sonrientes árboles!¡Hacía tanto tiempo que no revoloteaba entre las mágicas calabazas flotantes, encargadas de iluminar los ocultos caminos!¿Reconocería los cantos de los alegres arroyos?¿La recordarían los traviesos duendes y los esquivos elfos?¿Continuaría la Ondina embriagando a la Luna con sus baños de plata? ¿Seguirían celebrando aquellas fiestas tan divertidas los ratones de los campos cercanos al bosque?
Ensimismada, viajaba el hada entre sus eternos recuerdos, mientras revoloteaba sobre las mortales cabezas encaminándose hacia el oscuro y maloliente callejón donde hallábase la escondida puerta del mágico bosque. Desde lejos pudo observar cómo los descreídos y ausentes humanos veían sólo un angosto, lóbrego y sucio pasadizo en vez del comienzo de un universo real de color, luz y sonidos del que desconocía su final, si es que tenía fin.

Nerviosa, emocionada, excitada y sonriente, se mantuvo quieta por un breve instante. Suspendida en el aire observaba el pórtico de entrada formado por dos cipreses unidos por sus copas. Contaba la leyenda que, antiguamente, habían sido dos amantes que decidieron unirse para siempre y de cuya unión había nacido el bosque de hadas, como el hijo buscado y deseado al que cuidan y vigilan sus progenitores hasta que él mismo se ve capaz de crear y narrar su propia aventura. Según quién te contase la leyenda, los amantes eran gnomos, hada y silfo, elfos, duendes, gorriones, ardillas o incluso gotas de rocío.
Nada más traspasar el fresco pórtico vegetal sintió la presencia del humo. Primero fue un aroma a cálido tabaco, fermentada malta y sensual perfume el que la inundó por cada poro de su tersa piel. Luego fue su suave roce el que llevó hasta su interior a una marabunta de silenciosas mariposas que, juntas, entonaban el mismo canto de risas, miradas y esclarecedores silencios.
Encantada por las sensaciones que la poseían se dejó mecer por el humo. Se dejó arrastrar por esa corriente continua de sentimientos que la transportaban hasta momentos no recordados porque jamás fueron vividos y, sin embargo, tan reconocibles como soñados.
A medida que se internaba en el bosque de las hadas se sentía más ligera, más segura, más alegre, más risueña, más ella. El humo continuaba a su lado, atento, silente y, por un segundo, adquirió la forma de un caballeroso soldado que la empujaba a seguir, que la protegía del peligro de sus propios miedos y que la sostenía con una indescriptible carcajada, emperatriz del mutismo de cuadrados escarabajos, apagadas luciérnagas y gusanos paseantes sobre sus patas traseras. Callados testigos de un sueño de amor.
El hada se dejó guiar por el humo hasta uno de los rincones más escondidos del bosque, donde sólo existían ambos, hasta donde sólo llegaba el rumor apagado del salvaje torrente. Por momentos incluso el bosque desaparecía a su alrededor. Sólo humo y hada. Sólo hada y humo. Sólo bullicioso silencio. Sólo calladas palabras. No hacían falta gestos. No eran necesarios sonidos. El humo estaba ahí, frente a ella, junto a ella, la rodeaba, la poseía con un roce, como si la mirada del imaginado y valeroso soldado la recorriera por entero sin haberse despegado de sus cristalinos ojos.

Deseaba aspirar todo ese humo, hacerlo suyo, nutrirse de él, abrazarlo, aspirarlo del todo. Deseaba que la penetrase por entero, llenarse de él, que la abarcase completamente.
Deseaba que, entrando en ella, se convirtiese en dueño y señor de su ser sin que, por ello, el humo dejase de ser humo ni ella perdiese su mágica esencia.
El tiempo parecía no existir a pesar de que el cuco entraba una y otra vez en su reloj de arena marcando el transcurrir de aquellos momentos. No le importaba nada ni nadie. No se molestaba en buscar ni en añorar nada más allá de ese encuentro con el humo. ¿Qué iba a buscar, qué iba a añorar, si todo lo demás ya no existía? Entonces el humo adquirió forma de boca. Unos bellísimos labios le sonrieron como sonreía el caballero soldado imaginado momentos antes.

Se mantuvo quieta y los labios respondieron al ruego de los ojos avellanados del hada. Se aproximaron tanto hasta su propia boca que pudo sentir como propia la inenarrable mezcla de sensual perfume, fermentada malta y cálido tabaco que conformaban el sabor de esos anhelantes labios que esperaban una respuesta por su parte...Y entonces, al entreabrir los suyos sobre la humeante boca, justo cuando saboreó la sutil acidez del limón supo que, en aquel mismo lugar inexistente, a través de la eterna fugacidad de una caricia similar, en un tiempo tan pretérito como futuro, había nacido el bosque.
No importaba la naturaleza de los amantes creadores de dicho milagro. No importaba la causa que motivaba dicho encuentro.
Lo esencial, invariable y perpetuo lo constituía la chispa creadora que surgía al entregarte por entero al deseo del humo, que no era más que el sueño de tu propio deseo.
Abrió los ojos y contempló la doblez de sus rodillas. El humo se había ido de su lado. Ya no podía besarla aunque ambos lo deseasen.
En algún lugar desconocido comenzaba a crecer un mágico y precioso bosque de hadas.
Puede que algún día el humo regresase. Puede que pronto ella fuera en su busca. Puede que todo fuese un sueño...O no.































































































Maldito duende dijo
Me ha gustado el cuento, sí, sí. Pero este duende está muy cansado ahora mismo como para comentar mucho más. Besitos.
21 Marzo 2006 | 12:10 AM