Encerrar la vida en un par de maletas. Parece un ejercicio duro y difícil de lograr y a la par se vuelve ya una costumbre más que habitual. Desandar el camino andado para, quizá, reencontrarme con lo mismo que dejé, aunque un amigo me dijo hace poco que no intente revivir lo pasado porque el pasado fue y ya, ni es, ni será y creo que tiene toda la razón.

Dejarme abrazar, de nuevo, por los trinos de cuatro enanos emplumados, espiar a un minúsculo peludo y ayudar a recuperarse a una huidiza coneja son algunas de las labores que ansío poder realizar en breves horas. Trotar por el parque, arrullada por los árboles que vuelven a renacer como cada primavera. Pasear entre desconocidas gentes a las que vuelvo a reconocer.

¿El futuro? ¿Para qué preocuparme de lo que aún no es? Opto por ocuparme de lo que soy, viviendo el ahora y estando atenta a lo que la propia vida me quiera hacer llegar.

Puede que al final recorra en otoño el camino pensado para esta primavera o puede que no.
Puede que el invierno se torne verano austral a orillas de un lago azul o puede que no.
Puede que mi propio reflejo en tonos verdosos me devuelva a las mariposas o puede que no.
Puede que tras dos meses de silencios una dulce canción renazca en mi ser o puede que no.

Puede que en un abrazo vuelva a sentirme yo o puede que no.