Poder comer todo el chocolate que me apeteciera en un momento determinado sin aumentar ni un gramo. Que mi pensamiento tuviese el poder de desplazar a mi cuerpo allá donde mi corazón desease ir. Que en el verano no se subiese de 22 grados y en invierno no se bajase de 1.

Vivir cada día como si fuese el primero: con las mismas fuerzas, ansias, ilusiones, voluntad, esperanzas y sed de conocer, saber, aprender y experimentar que un recién nacido bebé.

Quererme, exigirme, aceptarme, respetarme, admirarme y cuidarme tal y como debo y enseñar a los demás a hacerlo con una rutilante sonrisa en el rostro.

Ir al cine cada día, acompañada de quien desease que se sentara a mi lado, en una silente y oscura sala para nosotros solos. Ser diferentes mujeres sin dejar de ser yo. Saber hacia dónde me encamino sin perder la magia de lo no desvelado.

Que María naciera en casa, a los pies de la cama en que fue concebida, de forma consciente y siendo extraída de mi seno por las manos del que allí la creó.

Ser capaz de AMAR sin necesidad de ello, sin retener, sin manipular, sin motivo ni final, porque no poseyendo es como se tiene a los demás.

Poder vivir sin una obligación laboral. Una casa en mitad de la montaña con mucho terreno, animales, huerto, estanque, piscina, sauna, gimnasio, invernadero y horno. Que los objetos se limpiasen por sí mismos.

Que la gente caminase despierta, sabiendo lo que es y por qué está aquí, conociendo que los problemas no son más que oportunidades para seguir creciendo, teniéndose a sí misma y estremeciéndose al reconocer su mirada en el espejo.

Que algún día un incipiente adolescente se topase con un polvoriento y olvidado tomo de "Los cuentos de la ventana del hada" y lo hiciese suyo al perderse entre las imágenes que los sueños decidieron escribir.

Ser recordada con un sereno, profundo y sonriente pensamiento. Que todo el año hubiera fresas. Que el agua del grifo fuera agua Perrier.

Compartir mesa y mantel con Alejandro Jodorowsky y olvidarme de la mesa, del mantel y de los suculentos platos. Poder rodar la película que siempre he deseado dirigir. Ser capaz de pintar una vaca y que no parezca un dinosaurio.

Saber hacer aparecer un conejo de una vetusta chistera. Que se respetase y amase a un cactus como se empieza a respetar y a amar a un perro. Que el poder no fuese tomado como una consecuencia del dinero, sino como el fruto del conocimiento.

Poder enterrar a mis seres queridos, con mis propias manos y llorando de alegría. Que los viejos fuesen sabios y los jóvenes también. Que no se usase a un inocente animal para experimentaciones varias.

Ser y estar en mí...