Aullidos de magia
-----------------

El gato volvía a intentar llegar hasta la ventana del hada. Por más que ella se empeñase en dormir para, desde sus sueños, susurrarle en su picuda oreja que no podía ser, que aquel alféizar no era lo suficientemente amplio para ambos, el rollizo felino continuaba, tozudo, arañando la pared en cada uno de los intentos por llegar hasta ella.

El hada entreabrió sus rasgados párpados y entonces fue cuando, de un modo apagado pero continuo, alcanzó a escuchar el aullido del lobo. Su boca sonrió mientras su alma suspiraba. Su amigo lobo había regresado, ¿o es que nunca se marchó?. Aún recostada contra la esquina de la ventana que le servía de lecho y ya con la mirada despierta se dejó arrastrar por recuerdos compartidos con aquel viejo lobo.

La manera en que el fiero animal se enternecía al olerla y redescubrir en ella el mágico dulzor de las amargas almendras la fascinaba casi tanto como el tacto aterciopelado de su lengua cuando la recorría perdiéndose entre húmedas caricias. Adoraba esa naturaleza brutal y a veces brusca de su amigo. Cuando se sentaba en el frío suelo, refugiada entre sus patas delanteras y elevando sus cuellos, uno admirando a la Luna y la otra admirando al aullador amigo, un estremecimiento constante la recorría por entero.

Replegada sobre sí misma, apretándose contra la suave y cálida piel en que se había transformado su marmórea esquina, consiguió que los aromas a hierba fresca, a madera de haya y a vetusta ceniza que, mezclados, conformaban el olor de su amado lobo, la poseyeran por completo. Entonces volvieron a pasear por la roca caliza de ojos profundos desde donde los buitres leonados los observaban, sorprendidos y subyugados por el compartido caminar de tan singular pareja.
Una vez más disfrutaron de los silentes abrazos de los helechos gigantes mientras la exhuberante laurisilva derramaba sobre ellos su sensual lluvia horizontal creadora de vida. De nuevo compartieron la serena cúpula estrellada en la que se reflejaban cual espejo de inexistentes presentes.

El alba la volvió a descubrir entregada a la subyugante contemplación del plácido respirar de su querido lobo. No existían distancias. No existían silencios. No existían vacíos. La magia de un mudo aullido les había unido en el pasado y mientras el corazón de él desease seguir embriagando a la Luna y los latidos de ella se acelerasen al ser testigo de dicho encuentro, el futuro de compartir una mirada se transformaba en un presente eterno.

El lobo se sentó a descansar junto a la loba disfrazada de hada.
El gato seguía, tozudo, intentando llegar hasta ellos.