LOS CUENTOS DEL HADA

Rostro de aromas
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Una tarde de Febrero una gota de agua salpicó el rostro del hada tras chocar contra una de sus tintineantes alas. La fresca humedad de ese trozo de nube líquida la despertó del extraño sopor que la mantenía hechizada, estática e inánime, arrinconada en esa esquina del marmóreo alféizar.
Elevó su perdida mirada hacia el grisáceo cielo y un risueño aroma de delicados manjares obligó a su casi perfecta naricilla a espiar entre el olor a olvido y los variados perfumes del viento. Desconocía de qué lugares procedían la penetrante mandarina, el sensual chocolate, el cálido café y la embriagante vainilla que, tenaces, se abrían paso hasta el interior de su mágico cuerpo. Pero lo más llamativo era que así, todos juntos, revueltos, mezclados dentro de su cabeza y de su mente de hada, tomaban la forma de un rostro. Nuevo y conocido, ajeno y cercano, anónimo y familiar.

Por vez primera en muchas semanas sintió la necesidad de elevarse, de agitar su alma en pos de la luz de una mirada que, estática, permanecía en su retina. Desplegando sus, hasta ahora, alicaídos apéndices comenzó un novedoso vuelo, desconociendo hasta dónde la llevaría. Se limitó a dejarse arrastrar por su deseo de volver a sentirse libre, única, plena.
Danzante, como la grácil bailarina que siempre había sido, fue disfrutando de las viejas callejuelas, las que siempre había adorado y tan bien la habían acogido. Y mientras lo hacía, la mandarina, el chocolate, el café y la vainilla continuaban delimitando ese bello rostro de perfectos rasgos que parecieran haber sido dibujados por el más delicado pincel del artista más entregado.
Seducida por aquella orgía de sabores y colores sin fin, envuelta en un orgásmico abrazo de olores y palabras prosiguió su volátil paseo. Bajo su diminuto estómago se asomaban el gorro de lana blanco de la niña aferrada a su ingrávido globo, la oscura melena del joven estudiante harto de escuchar que el saber no ocupa lugar y el peludo e inquieto rabo del perro pastor que, por unos segundos, pareciera perderse persiguiendo sombras que los demás no saben o no quieren ver.
Las gentes, los árboles, las plazas, los adoquines, las mariposas nocturnas, los gatos callejeros y las farolas sonreían a su paso. Todo a su alrededor resplandecía mientras los alegres sonidos de una banda de músicos callejeros la animó a transformar su alocada danza en una coreografía de chispeantes risas, abiertas carcajadas, espléndidos pensamientos y alegres deseos. Aquellas maravillosas notas le hicieron descender hasta casi pasar rozando por entre cuellos, hombros y barbillas mortales y, entonces, sucedió: durante unos eternos segundos sus ojos de avellana se reconocieron en el oscuro mirar del joven y apuesto clarinetista.
Durante ese espacio de tiempo, que al mortal le pareció un instante y a ella una existencia por vivir, se admiraron además de verse.

El músico deseó ser una molécula de oxígeno batida por sus transparentes alas. El hada anheló ser ese beso final que el humano espíritu crease en forma de nota musical.
Asombrado, impactado, anonadado por ese fugaz y sutil descubrimiento nocturno la persiguió con su mirada hasta que su luz se apagó tras la esquina de la torre de la iglesia. Jamás sabría que ella había clavado su atención en él por su extraordinario parecido con el rostro que una mandarina, un chocolate, un café y una vainilla inexistentes y embriagantes habían diseñado dentro de su alma.
"La novedosa y joven cocina canaria" destacaba el cartel de la pared mientras el hada suspiraba al descubrir que la sonrisa que reflejaba el cristal de la ventana era la de su propio espíritu iluminando su cara.































































































Andrés 2.0 dijo
Qué bien. Me alegro de que el hada vuelva a volar libre y plena, y a experimentar la magia de una mirada.
No hay pena que el tiempo y un buen montón de chocolate no curen...
15 Febrero 2006 | 01:22 PM