Esta mañana, tras comprobar la fresca temperatura marcada por el termómetro de mi ventana, cuando ya estaba dispuesta a estirar mi collar de cervicales para buscar con la mirada el portón del jardín, me sorprendió el dulce beso de una ondina entre barrancos angostos e inacabados bocetos.

Llegó hasta mí como suelen hacerlo las bellas señoras de las aguas, de forma sorpresiva y seductora. Poco a poco, sus palabras subyugantes me envolvieron y me dejé arrastrar por una corriente de imágenes inolvidables hasta el fondo de un lago de tuneras, verdes riscos, centelleantes palmeras de espuma y oscuras arenas.

Los hipnóticos cantos de las sirenas de mi río de vida me convirtieron en el dulce retrato que un joven pintor plasmaba en su lienzo nacarado, usando un pincel de cimbreantes algas y recordándome al desprendido enamorado que regala un racimo de colores, en forma de flor, a la protagonista de sus oníricas fantasías.

Los ecos de aquellas voces continuaron sumergiéndome en la aurora de una nueva existencia aún más rocambolesca y desconocida que la hasta ahora vivida. Entre torbellinos de formas amorfas, de gotas de sombra y de olvidos presentes, luchando contra la fuerza que me arrastraba, logré erguirme y abrir los ojos y, entonces, descubrí que me hallaba justamente en el centro de una inmensa burbuja silenciosa que vagaba sin rumbo fijo, dejándose mecer por un torrente submarino y siendo sacudida por la vibración de los sonidos acuáticos nacidos de las gargantas mudas de aquellas criaturas que me habían introducido en el lienzo de mi joven pintor.

De alguna extraña manera, hasta mi burbuja llegaban las sensaciones que obligaban a mi joven artista a parirme en una explosión de luz y sentimientos.
Su miedo al no ser, la necesidad de seguir siendo, la esperanza de llegar a ser, el recuerdo de lo que fue y la intemporalidad del que es me iban dando forma y textura. Yo disfrutaba de cada movimiento de su alma, de cada caricia de su mirar, de su sed de parirme al fin en una burbuja de locura y sinrazón. A medida que su entrega se transformaba en un acto de sagrada creación, notaba cómo me poseía la henchida pasión de ser su obra, la protagonista de sus pesadillas conscientes y de sus fantasías oníricas y temía con sumo pavor la llegada del momento en que su pincel de algas se pudriera en el pozo del olvido y yo pasase a formar parte de una gama de colores relegada.

¿De qué servía ser una obra maestra si ya no me acariciaban sus ojos?¿Si ya no iba a ser mi joven pintor el que me admirase, para qué continuar existiendo, contemplada por escrutadores rostros que nada me decían y que menos me importaban? Por eso, de algún modo que aún desconozco, desde el fondo de mi frágil burbuja, opté por soplar sobre la tímida y estática llama de la lamparilla de aceite que siempre acompañaba a mi maestro y que él mimaba como si fuera la chispa de cordura imprescindible que le mantenía anclado al mundo lógico de razones impuestas.

Así, despacio, la llama fue penetrando en mi y fuego y creación nos fundimos en un ardor de rojos ardientes, azules refulgentes, dorados movimientos y oscuros vapores que, después, arrastrados por el aire, inundamos hasta el último rincón de la estancia y acabamos siendo aspirados por el que previamente nos había obligado a existir ajenos a él cuando, aterrado por el ocre aroma, apareció, desencajado, en el umbral de la puerta.

No temas joven creador, el aire al que diste forma, ahora respira a través tuyo protegiéndote con una burbuja invisible de oleosa espuma que te permita escuchar el canto de la ondina como si fuese el beso de la amada a la que regalar encarnadas rosas de soledad compartida.