EVOCACIONES
Sentada, contemplando el pasado de lo que hoy es
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Hoy es uno de esos días en los que hasta el vuelo de una tozuda mariposa, empeñada en fundirse con la luz que la deslumbra, me lleva a perderme en los ojos de la niña que me mira del otro lado del espejo...
Recuerdo el espejo del salón, justo frente a la entrada principal de mi casa. Grande, ovalado y metálico, a medio camino entre una brillante lágrima y un implacable sol, rodeado por extraños apéndices forjados, similares a explosivas llamaradas. Recuerdo cuánto me gustaba agarrar una silla de la mesa del comedor, colocarla junto a él y, subiéndome, permanecer arrodillada con la punta de mi nariz en contacto continuo con la helada superficie.
Así, en silencio, podía permanecer incluso horas. Perdía las nociones de tiempo y espacio y comenzaba un nuevo viaje.

Sé que para los demás sólo era una niña coqueta observando su rostro en un espejo. ¡Qué lástima que no se hubiesen fijado un poquito más en aquella mofletuda regordeta!
Si lo hubiesen hecho, se habrían dado cuenta, rápidamente, de que la nena no miraba su cara, ni siquiera existía ya una faz que estudiar: sus ojos se limitaban a reconocer una serie de manchas desenfocadas. Sin embargo, era su alma infantil la que, sintiéndose ya libre, a través de su mirar, protagonizaba apasionantes viajes que la arrastraban o a rememorar situaciones reconocidas pero olvidadas o a construir nuevas ensoñaciones.
Poco a poco, el ensimismamiento de mi mente abría de par en par las puertas del castillo de mi espíritu y, de nuevo, en la plaza de armas de mi ser, me reunía con todos los que siempre han formado parte de mi feudo existencial. Algunos se hallaban compartiendo mi nueva vida, con otros intuía que me reencontraría un poco más tarde y el resto, la gran mayoría, esperaba a que el escribiente de historias creara nuevas hazañas que les llevasen a conocer los campos y aldeas más allá de la segura y tranquila fortaleza.
Siempre descubría algo nuevo, algún detalle, por mínimo que fuese, que constituía la respuesta a la pregunta que me llevó hasta el otro lado del espejo. Unas veces se trataba de un simple gesto de alguno de mis amigos. Otras, el silente clamor del lugar era el que me hablaba, por medio de estremecedores susurros que conseguían derruir la muralla de temores y miedos.
Siempre encontraba el mismo gesto de satisfecho entendimiento cuando la gritona voz de mi abuela, se encargaba de plegar mi castillo y guardarlo en el sobre de mi memoria gracias a un tajante "bájate de ahí, que te quedarás bizca".
Entonces sí, sólo entonces, la chispeante mirada de la infantil mofletuda reconocía su rostro de este lado del espejo.









Andrés 2.0 dijo
Hola, Clito.
Soy tu nuevo lector. Te escribo aquí para decirte que me gusta este blog y que lo seguiré a menudo.
Un saludo y un abrazo, de un nene curioso a una nena soñadora.
6 Febrero 2006 | 09:06 AM