Las carcajadas desencajando mi alma al mismo ritmo que mi mandíbula. El cálido, sensual y áspero roce de la onza de chocolate derritiéndose en mi boca. Las primeras y minúsculas gotas de lluvia repiqueteando contra mi frente. El aroma que exhala la acera frente a la tentadora panadería. Una ducha larga, tranquila, fresca en verano y casi hirviente durante el invierno. El trinar de un mirlo que me devuelve a los despertares infantiles, cuando la única preocupación consistía en la siempre temida entrega de notas. Los olores a coco y/o vainilla que ofrezco cada día a mis budas y que me regalo a mí misma cada atardecer. El sabor de la tortilla de papas que me prepara, amoroso, mi padre una vez que mi madre, entregada, se deja el tiempo y sus manos en picar los ingredientes. Las sorpresas que la vida me regala cuando menos las espero, busco y deseo. El brillante rastro que dejan las amargas lágrimas al derramarse por mis mejillas, recordándome que no existe mayor privilegio que poseer la capacidad de sentir. Una plácida y subyugante lectura en una tarde de verano, desnuda sobre las frescas sábanas de algodón, teniendo como único testigo al siempre leal ventilador, que esparce, generoso, sus imprescindibles y necesarios soplidos.

Los saltos alegres y pizpiretos de mis perras cuando observan que la ansiada cadena pende de mi mano, a la espera de anclarse a sus coloristas arneses. Las canciones que entono junto a mi abuela, romances de amores perdidos y de sueños rotos que jamás han de cumplirse, porque si lo hiciesen, dejarían de cantarse y de existir.El tacto de mi piel cuando la mirada, las manos y los labios del ser amado la recorren lenta y parsimoniosamente. El gesto del rostro de los demás al comprarles regalos sin una fecha concreta, envolverlos y entregárselos, así, de un modo inesperado. Los primeros sorbos de ese capuccino que tanto me apasiona a base de café descafeinado, soluble, en un tazón de leche desnatada, junto a una docena de sacarinas, con lo que hasta yo dudo de cómo es posible que algo tan poco real pueda saber de un modo tan rico. Sentarme en algún lugar cercano a la base de mi adorado Padre Teide, durante su siempre fría madrugada, cruzar mis piernas, cerrar mis ojos, elevar la mirada, respirar hondo y, justo cuando mi mente se convierta en una molécula más de la infinita nada, replegar mis párpados y, de este modo, volver a sentir las caricias divinas en forma de un majestuoso y rutilante océano estrellado. Una sabrosa y opípara cena en compañía de mis seres queridos. Pasear, callejeando, sobre el asfalto chorreante en una fría tarde otoñal, mientras una hoja reseca y danzante me recuerda que todos somos llevados hasta el lugar donde debemos estar gracias al incansable y perenne hálito vital. Volver a ser la niña que siempre seré cuando, al jugar con otro infante más, rodamos por los suelos durante un agotador ataque cosquillero. Escribir sobre un papel en blanco, con tinta azul, mientras mis lágrimas salpican el lienzo con pequeñas y borrosas nubes sentimentales. Caminar descalza sobre los fríos azulejos de casa...